DE PROYECTO A VENEZUELA

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
amermart@yahoo.com
@AmericoMartin

La política alcanza su máxima expresión cuando admite la competencia entre las mejores ideas e iniciativas

Bill Clinton “Mi Vida”

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         El epígrafe que me he permitido incluir indica que para el ex-presidente Clinton no se mueve en la política ni la entiende quien segrega a los que no piensen como él. Tampoco vive en lo que corrientemente llamamos la “antipolítica” puesto que sus cultores no le niegan a nadie su derecho a disentir. Digamos entonces que el gobierno del presidente Chávez no está en la política ni en la antipolítica, sino en un mundo de fantasías que evocan algún imperio de cuentos infantiles.

La pregunta más socorrida que asalta a los venezolanos en el extranjero es cómo se explica que la inflación, la deuda pública, el desabastecimiento, la inseguridad y el desempleo se hayan hecho crónicos en un pequeño país dotado del inmenso privilegio de disponer en abundancia de los energéticos que mueven al mundo

Hasta los escolares saben que en el corazón de la inflación están el déficit fiscal, vale decir: el ingreso que no alcanza para sostener el gasto presupuestado y la caída de la producción frente a una demanda recrecida ¿Pero cómo es posible semejante fenómeno en Venezuela si la sostenida cotización internacional del petróleo alcanza alturas siderales? ¿Adónde se fueron los fabulosos ingresos fiscales y de divisas del país, que no fertilizaron el desarrollo de nuestra capacidad productiva?

         Inútil pasar revista al desastre económico, social y moral que por años ha hecho naufragar a este abrumado país. Pertenece al dominio de la fantasía que el presidente Chávez y no pocos de sus seguidores sientan que dirigen una revolución a la que supuestamente se consagran con voluntad misionera. La fantasía incluye la estólida creencia de que si Chávez se va vendrá el diluvio, y que los venezolanos respaldan su mando vitalicio.

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         Por imperio de la ley física de la acción y reacción, la sistemática demolición material y moral del país tenía que generar una respuesta social y política muy consistente. Al principio, como es lógico, desordenada, maximalista y por lo tanto ineficiente. La astucia del presidente consistió en impedir el diálogo y arremeter ferozmente contra la mayoría, con el fin de dividir al país en ciudadanos de primera y de segunda, cuidadosamente envueltos en una atmósfera de odio que no vivimos ni siquiera bajo las dictaduras de Gómez y Pérez Jiménez. Para prueba: la infame lista del infame Tascón.

Muchas veces hemos oído al presidente autodefinirse  “estratega”, falacia alentada ruidosamente por su empalagoso entorno. Todos sus atropellos serían eslabones que jalonan el camino hacia la suprema felicidad. Pero esa risible sobrevaloración de sí mismo, le impide percibir el crecimiento del malestar colectivo. Es en ese hirviente malestar que la oposición ha tomado cuerpo, su estrategia se ha afinado, su lenguaje también. Su mayor logro, la unidad, está a la vista. Las primarias, un procedimiento complejísimo de elección con participación del país, exhibe un auspicioso avance.

¿Mientras tanto qué hace el gobierno? Contra la terca realidad vuelve con la lata de “la conspiración en marcha”, casi no habla de elecciones salvo cuando ocasionalmente lo hace el presidente; no dice cómo ni cuándo elegirá sus candidatos. En fin: un marcado desinterés, no digamos en la buena marcha del proceso electoral, sino incluso en su simple realización. Razón de más para que perseveremos en esa dirección.

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La decisión de la CIDH obligando al gobierno a habilitar a Leopoldo López y por consecuencia a los inhabilitados sin sentencia judicial, ha puesto al presidente en plan de desasirse del sistema jurídico interamericano y del Derecho Internacional Humanitario, probablemente para encargarse de las elecciones sin enojosas tutelas. La teoría del presidente es que si las decisiones judiciales no lo favorecen es porque sus sentenciadores son peones del imperio. Se hizo parte en el juicio y como no se salió con la suya se retiró abruptamente dando portazos y vomitando groserías. Aferrado a una idea primitiva de la no intervención, créese dueño de vidas y haciendas; por eso, si su desacato en el caso de López pasa al olvido, pudiera sentirse animado a hacer lo mismo con el resultado electoral. De allí la enorme importancia de elevar al rango de gran causa la lucha porque no sea burlado el pronunciamiento de la CIDH.

El problema para él es que el esfuerzo electoral opositor no va a cejar. Si desconoce la voluntad soberana de los electores, lo hará contra un movimiento muy fuerte, muy moralizado, con mucho ánimo de vencer y por cierto de no dejarse arrebatar la victoria. Como en la víspera de antiguas batallas, las fuerzas opositoras, aferradas la constitución, están mostrando sus recrecidas fuerzas. Tres actos impresionantes lo ilustran: el de Antonio Ledezma, el de Acción Democrática y el de Proyecto Venezuela.

Como es el más reciente quisiera decir algo sobre el esfuerzo de Henrique Salas Römer para cabalgar sobre el descontento nacional. Eso ha sido posible, diría, por dos grupos de razones: primero, Carabobo, dirigido con claro éxito por Henrique Fernando; y segundo –como me fue dado apreciar en el emotivo acto del VI Aniversario de PV- la actualización de su oferta política, de cara a los próximos retos electorales.

Los partidos políticos no habían desaparecido. Helos aquí deslastrados de anacronismos y asumiendo la modernidad.

La política, en la mejor de sus acepciones, tiene ahora la palabra; signo señor, de que en enero de 2013 usted tendrá que bajar la Santamaría e irse pescar a otras aguas.

 
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