EL PRESIDENTE SOLO SE PARECE A SI MISMO

EDUARDO MAYOBRE
emayobre@cantv.net  

 Todos esperamos que mejore, no sólo su salud, sino su comportamiento, pero no tenemos muchas esperanzas de que ello ocurra. Porque, amarga el decirlo, enfermo o no, el Presidente sólo se parece a sí mismo. Y eso es terrible.

Quería cambiar de tema.

Mi artículo de hace dos semanas trataba sobre el deterioro que vivimos y utilizaba como ejemplo la experiencia chilena que desembocó en la tiranía militar de Pinochet.

Pero después de publicado, y leyendo sobre ese asunto, me encontré con una cita del senador chileno de inicios del siglo XX, Enrique Mac Iver, que me persigue como una condena, según se diría en lenguaje tanguero, y me es difícil dejar de comentar.

Dice: “Cuando comenzamos la vida pública, recibimos de nuestros antecesores un país floreciente, feliz y honrado, la primera de las repúblicas hispanoamericanas; entregamos a nuestros hijos, amarga el decirlo, una patria en decadencia, pobre y desacreditada”. Lamentablemente estas palabras expresan la experiencia de mi generación y las cercanas a ella. No es difícil identificar a quienes la han sumido en tan triste situación. Las barbaridades del militarismo que se presume socialista, que ha derrochado o malversado la riqueza nacional y ha desnaturalizado una democracia que fue difícil construir, están a la vista. Pero siempre queda la interrogante de cómo fue posible que llegara al poder, por vías democráticas, una amalgama de ignorancia, revanchismo y utopismo capaz de descarrilar a un país con tradición de paz y democracia y riquezas apreciables.

Sería fácil señalar responsables: empezar por la gran campaña antipartidos políticos que terminó siendo una cruzada contra la democracia y sus instituciones; destacar el oportunismo de quienes se quisieron aprovechar del auge del neoliberalismo después de la caída de la Unión Soviética para ganar las indulgencias del imperio, y apelar al viejo perejimenizmo que subsistía en el ejército e hizo que Chávez se disfrazara de “tarugo”, y su antigua mujer, María Isabel, de doña Flor, en los primeros días del actual régimen.

También se pudiera invocar a los resentidos permanentes, como los notables que notoriamente pedían una salida de facto; los jacobinos anticorrupción, que en la mayoría de los casos terminaron corruptos, o una oligarquía obsoleta que creía que había llegado la hora de la venganza. Pero todo eso, aunque verdadero, no anula el hecho de que se dieron las condiciones para la degradación y decadencia, y que, en consecuencia, tenemos una patria desacreditada que abandonan sus jóvenes mejor formados y en la cual da temor permanecer.

Ante este resultado es pertinente preguntarse en dónde se falló.

En mi artículo de hace dos semanas destacaba que, al igual que otras naciones de América Latina, el hecho de que el petróleo hubiera dejado de ser la locomotora capaz de arrastrar a los otros vagones era una de las causales.

Pero el petróleo ha cobrado nuevos bríos, al menos en sus precios, y hemos sido incapaces de aprovecharlos. Mientras tanto, como decía Mac Iver: “Entregamos a nuestros hijos, amarga el decirlo, una patria en decadencia, pobre y desacreditada”.

Pero a mi generación, y a las cercanas a ella, todavía les queda la esperanza de que su herencia no sea el estropicio. Primero, en sentido moral: que el país no sea un antro de malandros y matones políticos. Segundo, en sentido institucional: que no seamos las víctimas del pillaje de quienes tienen el monopolio de las armas y de las soldadescas o milicias a las que se les entregan las instituciones de la República para que muestren su fidelidad y fidelismo al comandante.

Tercero, en sentido social: que la pobreza no sea una excusa para mantener a quienes la padecen bajo el control de los jefes políticos que le lanzan mendrugos.

Cuarto, en sentido económico: que no continúen desperdiciándose los recursos de la nación en obras inconclusas y dádivas sin sentido, y que sirvan, por lo menos, para evitar la inflación y el desabastecimiento.

Para quitarnos la mácula de haber permitido que Chávez y su combo llegaran al poder, sólo nos queda la misión de sacarlo de él, para lo cual la vía de las elecciones luce ahora despejada. Los trabajadores, los vecinos y hasta los distraídos ya estamos hartos del personaje. Todos esperamos que mejore, no sólo su salud, sino su comportamiento, pero no tenemos muchas esperanzas de que ello ocurra. Porque, amarga el decirlo, enfermo o no, el Presidente sólo se parece a sí mismo. Y eso es terrible.

 

 
Eduardo MayobreEduardo Mayobre
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