LA DEVOCIÓN Y LA SANGRE

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com  

El siglo XXI, desde temprano, apresuró su proceso de moralización de la realidad y de la política.

El terrorismo santifica o sataniza todo lo que toca

Hace diez años yo todavía vivía en México. Gioconda y Txomin estaban de visita en casa. Iban a salir a Tepoztlan y, de pronto, los detuvo el humo en el televisor. Como a muchos, al principio, las imágenes nos resultaron increíbles.

Un avión enterrando su nariz en un rascacielos del sur de Manhattan era algo más que una falla mecánica, que un desorden de luces en un tablero de control de mando. El segundo avión constató que no se trataba de un accidente. Lo más parecido al fin del mundo estaba ocurriendo. En vivo y en directo. El espectáculo del Apocalipsis tenía ya sus primeras imágenes propias.

¿Cuántas horas pasamos los seres humanos, desde cualquier latitud y en cualquier idioma, pegados a una pantalla, siguiendo segundo a segundo ese relato de suspenso y horror? Contra todo pronóstico, el atentado en las Torres Gemelas se escapaba de cualquier referente fílmico y construía su género particular. El desconcierto formaba parte de la angustia.

Quizás ningún guión habría tomado en cuenta tanta perplejidad. El derrumbe definitivo de los dos edificios ocurrió con la misma sorpresa y rapidez. Ningún artificio técnico podía llevar más allá lo que ya había sucedido. Ni las repeticiones ni la cámara lenta podían ofrecer más impacto que el que ya había decretado la contundente realidad. La historia no necesita efectos especiales para tener rating.

En un mundo cada vez más propenso a escenarios apocalípticos, dominado por retóricas grandilocuentes y definitivas, el 11 de septiembre de 2001 se prestó rápidamente para convertir la especulación en un ejercicio profético. El abanico de posibilidades fue inmenso. Quienes pensaban, con todos sus matices, en la “justicia” voluntaria o involuntaria del crimen: “Estados Unidos se buscó ese problema”; quienes creían que el hecho legitimaba, desde ya, la “venganza” del país norteamericano e inauguraba los tiempos de una revancha sagrada; quienes sostenían que todo formaba parte de una gran mentira, que tras los sucesos sólo había una conspiración para iniciar una guerra santa en el planeta…

El siglo XXI, desde temprano, apresuró su proceso de moralización de la realidad y de la política. El terrorismo santifica o sataniza todo lo que toca.

Es poco o nada lo que puede sumarse a lo dicho durante estos diez años. En un reportaje, publicado en El País, John Carlin realiza un viaje al 11 de septiembre, tratando de encontrar alguna respuesta a las preguntas que todavía continúan abiertas. “Todo ello ­escribe Carlin, aludiendo a la tragedia­ habría podido evitarse.

“Una torpeza, un fallo de comunicación entre la CIA y el FBI, una pista fundamental que no se pasaron, despejó el camino a los terroristas”. Tal vez sea cierto. Una diminuta negligencia en el cumplimiento puntual de unas normas quizás pueda ayudar a entender por qué pudo efectuarse el atentado. Pero no logrará explicar el espanto humano que realmente produjo.

Aquí entra entonces la imagen de Khalid al Mindhar y Nawaf al Hazmi. Jóvenes de 25 y 26 años de edad. Dispuestos a cualquier cosa por la causa. También ellos subieron a un avión. Y se sentaron en su asiento. Escucharon y vieron, con absoluta parsimonia, el mensaje de seguridad, las instrucciones de rigor. Hay dos salidas de emergencia. Los chalecos salvavidas están ubicados debajo de sus asientos. Las mascarillas de oxígeno caerán de manera automática.

Se prohíbe fumar. También ellos sintieron cómo el avión comenzó a moverse lentamente. Quizás hablaron por sus celulares justo antes del despegue. Miraron moverse a las aeromozas, que chequeaban que todos los pasajeros tuvieran ajustados los cinturones. Sintieron también el milagro de un pesado hierro que se alza de pronto y empieza a flotar en el aire. Eran los únicos que sabían que nadie regresaría a tierra, que ese día todos iban a morir.

En la película Paradise Now, Hany Abu Assad intenta indagar en la difícil complejidad de dos jóvenes decididos a realizar atentados suicidas. Es un relato perturbador y controversial que, en cualquier caso, demuestra la fragilidad humana. ¿Qué hace falta para ser un “guerrero santo”? ¿Qué se necesita para decidir acabar de golpe con la vida de otros, desconocidos e inocentes? Amos Oz pensaba que lo más difícil de entender y de aceptar era que para los terroristas los crímenes son buenas acciones. “El 11 de septiembre fue un acto de amor”, escribió. Es una frase dura de tragar. Por eso retrata bien la tragedia. ¿Qué hace falta para creer que matar es un acto de salvación? ¿Qué se necesita para morir asesinando? ¿Qué separa la devoción del fanatismo?

 
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