El esfuerzo de Damiao

Diego Plaza Casals

El nombre de Leandro Damiao era totalmente desconocido hace apenas año y medio, sin embargo, ahora, es el delantero centro de la selección brasileña. Un camino duro y labrado a base de esfuerzo…

A sus 22 años es objetivo de grandes equipos (‘Lancenet’ publicaba esta semana que el Barcelona le sigue de cerca), su precio ronda los 20 millones de euros y en su contrato son 50 millones de euros los que se fijan como cláusula de rescisión. Nada de esto hubiese sucedido si Leandro Damiao no hubiese perseguido su sueño. A diferencia de compañeros suyos como Neymar, Damiao no fue una estrella precoz, no le solicitaban entrevistas con 18 años y nadie apostaba por él hace apenas un par de temporadas. Su éxito se basa en la constancia, en el sacrificio día a día que pronto lo sacará de Brasil rumbo a Europa. Su ascensión está siendo meteórica, dos títulos sudamericanos en apenas un año (Libertadores y Recopa) donde, con sus goles, participó activamente. Cuántos técnicos de su pasado estarán deslumbrados con sus actuaciones.

Damiao comenzó de mediocentro, sin llamar la atención ni despuntar en el Jardim Alegre, era un mediocampista espigado (1’87 metros) que pasaba sin pena ni gloria por los terrenos de juego más humildes. Pasó por equipos como XV de Outubro o Atlético Tubarao hasta llegar a 3º división brasileña con el Atlético Ibirama, allí, los técnicos le comunicaron que no era lo suficientemente bueno y que no tendría nada que hacer en el fútbol profesional. Como el propio Damiao ha reconocido, fueron momentos duros, sin mucha esperanza, pero su padre estuvo a su lado, le animó a seguir adelante e invirtió el poco dinero que tenían en que su hijo continuase con su sueño. Ese empujón fue respaldado con un cambio de posición, se convirtió en delantero y allí explotó todas sus cualidades físicas y su potencia. Las ganas de ayudar a su familia mediante el fútbol hicieron el resto. Anotó goles importantes en el Ibirama y llamó la atención de Internacional.

Otra persona importante en su desarrollo fue Luís Fernando Roese (Ortiz), campeón del Mundo en 1992 de Fútbol Sala, él le enseñó movimientos técnicos y pulió sus cualidades de cara al marco contrario, hasta convertirlo en un goleador. Su progresión le llevó a atravesar tres divisiones distintas en sólo tres años hasta poder decir: “He cumplido mi sueño”, sustituyó a Sobis en la final de Copa Libertadores 2010 y anotó el gol que le dio el trofeo a Internacional ante Chivas. Meses después, destrozó a Independiente en la Recopa Sudamericana con dos goles en Porto Alegre. Su instinto goleador va a más y Mano Menezes confía en él para la selección brasileña, sus cualidades, que recuerdan a las de Luís Fabiano, le convierten en un delantero ‘distinto’ a todo lo que tiene Brasil.

 

 
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