Revoluciones malversadas (II)

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com
Twitter: @manuelfsierra 

El 19 de julio de 1979 entraban a Managua, acompañadas de un desbordante júbilo popular, las columnas de jóvenes combatientes sandinistas. Anastasio Somoza Debayle, el último heredero de una larga dinastía, abandonaba el poder y el país. De este modo, culminaba una lucha librada durante décadas contra lo que parecía hasta entonces, una inconmovible tiranía.

Los soldados sandinistas cumplían la última fase de la resistencia. Ésta sin embargo, no había sido fácil y debió articularse con el apoyo de gobiernos extranjeros y organismos internacionales. La salida de Somoza fue  negociada con Estados Unidos, y forzada por la OEA y los países del Pacto Andino, encabezados por Venezuela. La reunión final para constituir la junta de transición se realizó el 11 de julio en la casa de playa en Puntarenas del presidente costarricense Rodrigo Carazo, con la presencia de Omar Torrijos, el ex presidente José Figueres, y Carlos Andrés Pérez (quien meses antes había dejado el mando y estuvo vinculado al proceso de la insurrección).

El nuevo gobierno era una sumatoria de partidos y organizaciones con diferentes matices ideológicos. No fue fácil la discusión para conformar un equipo que tenía el objetivo fundamental de construir la democracia en una nación devastada por el despotismo y avanzar en políticas sociales hasta ahora pospuestas. La Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional fue integrada por Violeta Chamorro, Moisés Hassan, Daniel Ortega, Sergio Ramírez, y Alfonso Robelo. Se iniciaba una tarea de reconstrucción con apoyo de la comunidad internacional para constituir unas fuerzas armadas que sustituyeran la Guardia Nacional somocista, la reivindicación de instituciones plurales, el castigo a los responsables de muertes y crímenes hasta entonces impunes; y desmontar un entramado económico construido y gerenciado para los intereses personales del dictador.

Daniel Ortega - Violeta Chamorros - Anastasio Somoza

El Frente Sandinista de Liberación Nacional fundado en 1963 era el factor más importante en la alianza de gobierno. Su secretario general Daniel Ortega, se había incorporado a la lucha clandestina desde los 14 años, había sufrido prisiones, conocido el exilio, y junto a su hermano Humberto, diseñado los elementos de la insurrección armada en vinculación con el ejército de Fidel Castro. Los otros integrantes de la junta pertenecían a organizaciones de orientación moderada.

La euforia desatada por el triunfo iba a provocar una temprana decantación en el alto gobierno, que había de resultar lógicamente favorable a la tendencia militarista de Ortega. De esta manera, la unidad inicial se fue resquebrajando en asuntos esenciales aunque mantenía el compromiso de apuntalar la experiencia democrática. En 1980, Ortega se transforma de facto en Jefe del Estado, e inicia la radicalización del proceso de la mano de la Cuba fidelista. Comienza la confiscación incontrolada y anárquica de viejos latifundios norteamericanos y de los favoritos del somocismo, que termina por afectar los medianos empresarios. Lo mismo ocurre con industrias que después de intervenidas, decaen en su producción, son cerradas y provocan desempleo. En una nación con escasos recursos se configuraba una crisis que afectaba a los sectores campesinos y trabajadores que en teoría, tendrían que haber sido los beneficiarios de la revolución.

La experiencia nicaragüense coincidió con la estrategia militar de Reagan en Centroamérica, territorio que para algunos habría de convertirse en un nuevo Vietnam. Los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala, guardaban lógicamente relación con el gobierno de Managua. Washington en respuesta, apretó las tuercas del bloqueo a una economía de subsistencia y sin capacidad para obtener financiamiento. Al mismo tiempo, se inició la operación militar de “los contra”, que reclutó desertores y mercenarios con asesoría norteamericana y que dispuso de una clara superioridad bélica. En esos días, se registró también el viraje de la Unión Soviética en su política de ayuda a los movimientos del Tercer Mundo, y Cuba, el aliado directo del sandinismo entró en las tribulaciones económicas del “Período Especial”.

El descontento popular se generaliza y habría de expresarse en las elecciones presidenciales del 25 de febrero de 1990, avaladas y supervisadas por instancias internacionales, y en las cuales la UNO, una alianza de 14 partidos encabezada por Violenta Chamorro, ganó la Presidencia de la República. La revolución no había sido derrotada por sus enemigos, por cuanto Chamorro y Ortega formaron parte de la junta de 1979, pero había resultado inferior a las expectativas de las mayorías.

Es cierto que se esperaba una ofensiva final de “los contra” acuartelados en Honduras, pero la derrota sandinista fue provocada por políticas inviables impulsadas por la emoción revolucionaria, pero imposibles de que fueran materializadas en un contexto que demandaba una gestión mucho más apegada a la realidad.

Los gobiernos posteriores dieron marcha atrás a las principales medidas del sandinismo. Se recuperaron tierras y empresas expropiadas, y se buscó en condiciones precarias la creación de un esquema de economía mixta, pero todo ello en un país sobre el cual gravita demasiado el costo de la miseria y del atraso. Cuando Daniel Ortega, después de varios intentos fallidos ganó la presidencia el 2006, lo hizo no con el apoyo del sandinismo real, sino de fuerzas que se habían opuesto a sus políticas; estigmatizado por denuncias de corrupción, y con figuras, incluso de “los contra” de los años 80.

Como señala la legendaria comandante Dora María Téllez, ahora opositora de Ortega: “Éste no es un gobierno de izquierda, es un gobierno populista de derecha, su principal aliado ha sido el gran capital y sus políticas han favorecido la concentración de capital en pocas manos y la creación de una capa de corrupción en el país”.

 
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