CRISIS MORAL

Antonio López Ortega


ANTONIO LÓPEZ ORTEGA

La necesidad de hacer comparaciones entre países hispanoamericanos, para no irnos muy lejos, es el mejor atajo para descubrir que en todos los indicadores Venezuela se retrasa y desubica, como si las anacronías fueran su secreto designio. Todos nuestros vecinos hacen su economía a punta de exportaciones, cuando nosotros nos hemos vuelto importadores natos, con 90% de nuestras necesidades alimentarias entrando por puertos. Cuando la industria petrolera a escala mundial se diversifica, nosotros volvemos al sacrosanto hueso de la producción de crudo, sin que la comercialización de derivados tenga significación alguna. Chile reduce año tras año sus indicadores de pobreza; los nuestros crecen como una bomba de tiempo. Ni hablar de las cifras de delincuencia, lo que nos remite a una guerra civil secreta, en la que los venezolanos se diezman unos a otros.

Hay quien se roba las tuercas que sujetan un neumático para venderlas a una chivera sin importarle el destino del chofer al que se le desprende la rueda en plena autopista. Se diría que las luces, según el precepto bolivariano, es una necesidad permanente, pero nunca como ahora la moral social, del colectivo, había estado tan pisoteada por propios y extraños. Una actitud desalmada, inconsciente, en la cual sólo los intereses personales privan, parece signar nuestra hora de manera fatídica.

Por vocación histórica y cultural, me niego a creer que nuestros fueros estén dominados por el sectarismo o la falta de solidaridad. Muy al contrario, en un breve paseo por los valores intrínsecos de la cultura popular venezolana descuellan nociones como participación, sentido de pertenencia o libertad, valores todos muy propios de las democracias modernas. Se diría entonces que el mal modelaje, la debilidad de nuestro liderazgo o el resentimiento de algunos sectores históricamente aplazados han entrado en sintonía con las capas menos civilizadas de nuestra vocación democrática, volviéndonos oportunistas de ocasión. La danza de los millones que desde o alrededor del Gobierno bailan unos cuantos para su provecho exclusivo, con fortunas que aparecen de un día para otro, no es un escape compartido por la mayoría de la población, para quienes el esfuerzo, el trabajo y el esmero siguen siendo líneas ductoras que se transmiten de padres a hijos.

Y sin embargo, en el paisaje político y civil que veremos a partir de 2012, la crisis moral que heredaremos de estos tiempos será un fardo penoso que obligará a correcciones, enmiendas y juicios. Quien se ha enriquecido a costa del Estado, quien ha faltado a sus deberes como funcionario público, quien se ha prestado para recibir tajadas del narcotráfico, quien ha pisado los bajos fondos de la delincuencia para encargar asesinatos, quien ha huido con su fortuna mal habida hacia el exterior creyéndose impune ante los tribunales nacionales, imaginan que el país y su escoria es un paisaje inmutable, donde el mal reinará para siempre y donde ningún asomo de rectificación se hace posible.

Hay que conocer a fondo los elementos esenciales de la cultura venezolana para entender que este país se ha hecho a punta de sueños, esfuerzos y desvelos. La civilidad la han hecho venezolanos íntegros, y no ladrones, dictadorzuelos o botarates.

La larga senda que desde la Emancipación nos sumerge en las innumerables guerrillas del XIX para arrojarnos desde 1936, con la muerte de Gómez, a una apuesta modernizante, que ni siquiera ha cumplido los cien años, mantiene su rumbo. Que contra ella conspiren militares incompetentes o políticos doctrinarios, todos finalmente inmorales, forma parte del paisaje que va moliendo la caña para dejar el bagazo por fuera. La senda no se ha perdido, a pesar de los accidentes y espejismos del camino.

@elnacional

 
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