EL TONTO DE OBAMA

ÁNGEL F. FERMOSELLE

Afirma Fidel Castro que el presidente norteamericano, Barack Obama, es tonto. La verdad, a mí no me lo parece. Es muy improbable que el presidente elegido democráticamente en un país sea tonto; más improbable aún si ese país no es otro que la más grande potencia mundial, y más todavía si el aludido ha logrado la primera victoria en las urnas presidenciales norteamericanas de un afroamericano.

Pero al líder cubano de 85 años, que ha pasado los últimos 52 en lo más alto del poder, le parece tonto. Fidel, eterno como las malas hierbas, incansable como el rebelde que fue, que es, no ha perdido un ápice de su alma revolucionaria ni, tampoco, de su exquisita habilidad como dictador. Tal vez por eso, por la combinación de ambas circunstancias, se permite burlarse con semejante desenfreno y ligereza del dirigente norteamericano.

Y eso que el presidente de Estados Unidos le ha tendido la mano. Obama parece dispuesto a mejorar considerablemente las relaciones cubano-estadounidenses, incluso hasta el punto de levantar el embargo que atenaza al régimen desde 1960. Un bloqueo que ha sufrido no solo el régimen sino en gran medida la población cubana y que ha sido, ya desde entonces, uno de los mejores argumentos antiamericanos que ha utilizado, con notable éxito, La Habana.

Eso sería histórico, desde luego. Pero el presidente necesita un argumento, una justificación, para poder decretar el fin del bloqueo comercial, económico y financiero de Cuba.

Delirando contra EEUU

Castro, que sí parece tonto, no se la da. A pesar de que el país flota de milagro sobre el Caribe en medio de la pobreza más absoluta, a pesar de que los ciudadanos llevan medio siglo sufriendo los terribles estragos de la revolución de los barbudos, Castro se enroca en su propio criterio, el mismo que ha moldeado cada aspecto de la vida cubana estas últimas décadas, para continuar delirando contra EEUU.

Será que, o bien resulta que él es el tonto, definitivamente, o todo lo contrario, y tal vez le va bien así. Esto último parece más probable: solo se lo hace. Porque si a Obama le avala su brillante trayectoria académica, con su licenciatura en la Universidad de Columbia o su doctorado magna cum laude en Harvard, entre otros muchos logros, Castro tiene más que acreditada su capacidad intelectual: no todo el mundo es capaz de gobernar un país durante más de medio siglo, aunque su régimen se parezca mucho más a un secuestro multitudinario realizado en una extensión geográfica de la que es imposible escapar, que a un paraíso tropical que sirva de ejemplo del buen gobierno.

En cualquier caso, ahí sigue Castro, esquivo y desafiante ante las críticas y demandas internacionales, departiendo con los otros dos presidentes castristas, el boliviano y el venezolano, y dirigiendo los destinos del territorio que conquistó en 1959, antes de que naciera el presidente número 44 de Estados Unidos.

De hecho, cuando nació Obama, el comandante en jefe, con su traje verde oliva y su arma en la cadera, ya gobernaba Cuba desde hacía más de una década. Ahora lleva más de cinco y, aunque oficialmente no está al mando, se enfunda su chandal y todos en la isla se ponen firmes mientras él persevera en su lucha contra la enfermedad tanto como en su afán, consumado hace tiempo, de continuar siendo el peor vecino de la historia de Estados Unidos.

Continuar eternamente

Obama, que a un año del final de su mandato está ya en precampaña electoral, intenta elevar su índice de popularidad, que ha descendido notablemente en los últimos meses hasta situarse en torno a un deficiente 40%, buscando apoyos entre los grandes grupos de inmigrantes nacionalizados que forman buena parte del electorado norteamericano. Entre los 50 millones de hispanos destaca, claro, el poderoso e influyente ‘lobby cubano’.

El presidente de EE.UU. ofrece un cambio sustancial en la política de Washington hacia La Habana si el régimen envía signos de cambios políticos y sociales significativos. No ha pedido, específicamente, elecciones ni el nacimiento del multipartidismo en la isla. Pero Castro se ha apresurado a censurar la propuesta calificando de tonto a Obama, al tiempo que su hermano Raúl, enredado en múltiples tareas de “reorganización del Estado”, anuncia el cierre del emblemático Ministerio del Azúcar.

Dice el menor de los Castro que ese ministerio ya no cumple ninguna función estatal. Quizá sea porque, en medio del constante proceso de naufragio económico del régimen, Cuba ha pasado de ser uno de los mayores productores de azúcar del mundo, con 8 millones de toneladas en 1990, al escaso millón de hace dos años. Ni con el azúcar, eje de la salsa, la idiosincrasia y el radiante arrebato del pueblo cubano, puede el putrefacto régimen que manejan los hermanos. Pero tontos, en el más estricto sentido de la palabra, no son.

En realidad, el político nacido en Honolulu busca la reelección: cuatro años más. El revolucionario nacido en Holguín no aspira a tanto: le parece suficiente seguir para siempre. Aunque los dos mandatarios diverjan en cuestiones fundamentales, en objetivos y en procedimientos, a mí, la verdad, ninguno de los dos me parece merecedor del calificativo de tonto. Más bien, todo lo contrario.

www.america. es

 

 
Top