LA BREZNEVIZACIÓN DE VLADIMIR PUTIN

José Ignacio Torreblanca

JOSÉ IGNACIO TORREBLANCA

Putin no ha logrado institucionalizar ni estabilizar el sistema político más allá de su propia persona: dicho en otros términos, se parece más a la Venezuela de Chávez.

Aquí lo tienen, es Vladimir Putin en el 2024. Seguro que les recuerda a Leónidas Brezhnev, que fue Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética entre 1964 y 1982. Esta foto ha circulado como la pólvora por la blogosfera rusa tras conocerse que Putin optará otra vez a la Presidencia de Rusia.  Me la ha mandado mi colega de ECFR Ben Judah, que ha escrito un interesante análisis sobre las implicaciones del anuncio de Putin. También me ha enviado el link a esta viñeta, que nos retrotrae a los tiempos del Politburó.

Putin, según nos cuenta él mismo en un libro que resume horas de entrevistas, confiesa que era un mal estudiante, un niño pendenciero que recuerda muy bien dos cosas: que le partieron la nariz y que a muy temprana edad ya quería ser del KGB, para desesperación de sus padres. Aquel niño ha sido ya presidente ocho años y primer ministro otros cuatro, y ahora tiene ante sí otros doce años de presidencia ya que cambió convenientemente la constitución en su momento para extender los mandatos presidenciales a seis años.

En Moscú, dicen, el anuncio no ha sido una sorpresa, pero el efecto psicológico ha sido demoledor. Gorbachov, que en 2007 alabó a Putin como un modernizador, ha mostrado ahora su decepción y ha dicho públicamente que la reelección de Putin contribuirá al estancamiento de Rusia. Lilia Shevtsova se lamenta en Novayagazeta de que el anuncio es la confirmación definitiva del declive de Rusia: cuanto más fuerte es Putin, más se cierra la posibilidad de que Rusia se modernice. Victor Erofeyev, tampoco se sorprende. Argumenta que hacía tiempo que todos habían dejado de creer en que Medvedev tuviera la capacidad (o incluso la voluntad) de desbancar a Putin y modernizar el país. Los rusos de hoy en día, se lamenta, son más xenófobos y nacionalistas que el propio Putin por lo que éste ganaría sin dificultad las elecciones sin necesidad de amañarlas. Desolador.

El pesimismo entre los demócratas y modernizadores rusos es completo. En muchos medios se habla de “Brezhnevización”, un término que apunta a la vuelta a algo parecido a la época de Brezhnev, recordada por los rusos como dominada por el estancamiento económico y el descreimiento político. Igual que ahora, la elite política y económica de entonces sabía que el sistema había fracasado pero esa verdad no era muy conveniente y, al fin al cabo, a ellos les iba estupendamente, entonces con los privilegios que disfrutaban como miembros del partido, hoy como oligarcas que controlan todo el poder político económico.

Para muchos analistas, la perspectiva de que Putin gobierne Rusia veinte años cierra irreversiblemente la ventana de esperanza que algunos mantenían abierta en torno a la democratización de Rusia. Sin embargo, su régimen no es tan estable como parece. Nikolas K. Gvosdev sostiene en The National Interest que Putin no ha logrado institucionalizar ni estabilizar el sistema político más allá de su propia persona: dicho en otros términos, se parece más a la Venezuela de Chávez, un petroestado con un líder carismático, que al México del PRI, que por lo menos logró una fachada de alternancia y estabilidad.

En cuanto a las implicaciones internacionales, hay un cierto acuerdo: el impacto será leve a corto plazo, pero negativo a largo.  Gideon Rachman sentencia en Financial Times: “el oso ruso está de vuelta” y señala cómo a Europa se le amontonan las dificultades en su política exterior en un momento en el que atraviesa una crisis económica cuya salida todavía no se vislumbra. Y Ben Judah argumenta en líneas similares que Putin 3.0 no será una amenaza a corto y medio plazo, pero a largo plazo, una Rusia cerrada sobre sí misma será muy mala para Europa. El “poder blando” de Europa está más que agotado: como advertía, Gleb Pavloski, uno de los principales asesores de Putin en un libro imprescindible (¿Qué piensa Rusia?) del que afortunadamente tenemos traducción: “Rusia no es como Europa ni aspira a ser como ella”. Todo muy claro.

Sobre el autor

José Ignacio Torreblanca es Profesor de Ciencia Política en la UNED, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations y columnista de EL PAIS desde junio de 2008. Su último libro “La fragmentación del poder europeo” (Madrid / Icaria-Política Exterior) ha sido publicado en julio de 2011.

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