LA NECROFILIA COMO PROBLEMA POLÍTICO

Tulio Hernández


TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net

Hay una profunda conexión entre su ansia personal de pasar a la historia elevado a la categoría de un héroe mitológico y su obsesión por jurungar el territorio de los muertos

Mucho antes de que apareciera la ambigua saga noticiosa de la enfermedad era común escuchar a muchos venezolanos convencidos de que Hugo Chávez practicaba rituales de ocultismo, espiritismo o santería, para hacerse invulnerable y apropiarse de la energía requerida para gobernar sin pausa hasta más allá de 2030.

Entre los rumores colectivos que fluían por doquier se hablaba de leones enterrados vivos en las llanuras de Barinas; babalaos de cabecera que llevaban a Miraflores osamentas humanas saqueadas del Cementerio General del Sur; incluso, de ceremonias en las que el teniente coronel bebía la sangre aún tibia de un gallo sacrificado para que Yemayá o Shangó le dieran los poderes de un Superman esotérico. Era, como les gusta decir a muchos escritores, una vasta producción de leyendas urbanas.

Hasta que el cáncer entró en escena. Negada primero por los voceros oficiales como una patraña perversa de la Unidad Democrática y reconocida luego como una verdad por la propia víctima, la enfermedad desató aún más la imaginación colectiva llevando agua al molino de quienes sostenían que la apertura, meses atrás, del sarcófago del Libertador había sido hecha no para un análisis científico sino para una invocación de santería. No olvidemos que la madrugada del 16 de julio de 2010 muchos se santiguaron mientras anunciaban que, tarde o temprano, los, a su juicio, profanadores de la tumba, recibirían un castigo divino.

Quienes desde las Ciencias Sociales miramos con respeto otras prácticas religiosas distintas de la tradición católica sabemos que hay en todas estas consejas una buena parte de desconocimiento y especulación. Pero no deja de ser un dato duro de la realidad que las mismas hayan adquirido tanto peso en el imaginario colectivo introduciendo en la vida política elementos de orden mágico-religiosos.

Sófocles se pronuncia

Entre las muchas explicaciones que circulan por allí hay una deslumbrante. Como todo relato asociado a la tragedia griega. Se trata de una interpretación psiquiátrica que recurre no al pecado cristiano, sino al peso recurrente de los arquetipos junguianos. Hugo Chávez, como Creonte en la Antígona de Sófocles, penetró en el territorio de los muertos y desde ese mismo territorio va a recibir contestación ejemplar. Análoga a la que forjó Antígona para vengar a su hermano, cuyo cadáver permaneció insepulto por órdenes del tirano.

Obviamente se trata de un paralelismo literario y la tragedia actual aún no tiene desenlace, pero lo que sí queda muy claro es que hay en Hugo Chávez una fascinación personal por el pasado y, sobre todo, por las figuras heroicas, que le impide dejar en paz a los muertos y sus restos corpóreos.

Mientras el país necesita respuestas a preguntas del tipo ¿Cómo haremos para entrar en la sociedad del conocimiento? ¿Cómo para salir de la pobreza, liberarnos de la inseguridad o competir con éxito en la economía global? El jefe único dedica su tiempo y su energía personal a responderse enigmas del tipo ¿Serán o no estos los restos del Libertador? ¿Murió tuberculoso o envenenado por los abuelos de Uribe? ¿Dónde estarán los restos de Manuela Sáez? ¿Por qué no repatriamos la osamenta de Guzmán? Indudablemente, hay una profunda conexión entre su ansia personal de pasar a la historia elevado a la categoría de un héroe mitológico y su obsesión por jurungar el territorio de los muertos. La necrofilia es una patología muy bien estudiada por las ciencias de la conducta. Toda persona tiene derecho a tener sus patologías. Pero un jefe de Estado no lo tiene a malbaratar los dineros y energías públicos para satisfacerlas.

En un momento Antígona parece derrotada: “…la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana”, afirma con amargura. Pero al final, cuando ya todo está consumado, es Creonte quien, desfalleciendo, exclama: “Todo aquello en que pongo mano sale mal y sobre mi cabeza se ha abatido un destino que no hay quien lleve a buen puerto”. Luego, el tirano queda sólo en escena y el Corifeo concluye diciendo: “Las palabras hinchadas por el orgullo comportan, para los orgullosos, los mayores golpes…” y la obra termina. Sófocles se ha pronunciado.

 
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