CAZAGÜIRES

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com 

Pregonar que el oficialismo ya perdió tiene el enorme peligro de creérselo, de suponer que ya la faena de derrotarlos políticamente está hecha. Son los cazagüires de 2012

He buscado el origen puntual del término y no he tenido demasiado éxito. La referencia más clara que poseo, además, tiene que ver con mi experiencia personal: el uso de la expresión se remite a mi infancia y a una cancha de fútbol. Llamábamos cazagüire a aquel jugador que, en vez de patear la cancha y correr tras el balón, rondaba la portería del equipo enemigo, aguardando que la pelota llegara hasta sus pies para poder sorprender al arquero y fusilarlo con un gol.

No era una actitud que valoráramos. Incluso, más allá del resultado, nos parecía deshonesta. El cazagüire se movía poco, vivía al borde de su presa, atento, esperando un pase que le permitiera ejecutar el arco contrario. Se encontraba siempre más cerca del resultado que del juego. De alguna manera, sentíamos que el cazagüire no estaba en el partido.

En el sentido más ontológico del verbo. No lo estaba viviendo. Que su definición era no sudar. Que su idea de equipo se reducía a tratar de que todos le pasaran en algún momento la pelota. Que más que jugar permanecía siempre agazapado, en solitario, esperando su oportunidad.

No se necesitan demasiados gramos de malicia para saber que todo esto viene a cuenta de las primarias de la oposición. A medida que ha ido pasando el tiempo, me sorprende más la cantidad de candidatos que de pronto aparecen, reaparecen, vienen y van, regresan, se estrenan o resucitan… También siento lo mismo con algunos grupos de gente o con algunas personas que, aquí o en el exterior, parecen comenzar a realizar esa misma gimnasia. Se ponen el uniforme. Empiezan a dejarse ver. Quieren entrar en la cancha. Quieren estar cerca de la red. La figura del cazagüire, de pronto, aparece como una sombra inevitable en la arquería de 2012.

Hay quien piensa que todo este movimiento es prescindible, que no cuenta. Otros, con frecuencia, suelen ponderar positivamente el variopinto liderazgo de la oposición frente al único e inequívoco orden vertical que tiene el oficialismo. En más de una ocasión, ese argumento ha servido para paliar alguna crisis de dirigencia, mientras se promueven las ideas de la democracia y de la pluralidad, contrapuestas al autoritarismo militar del partido de gobierno.

Es obvio que, aunque no seamos formalmente una dictadura, el poder en el país se ejerce cada vez más de manera dictatorial. Sin duda, el personalismo es una forma de tiranía.

Suprime el control de las instituciones, anula la experiencia ciudadana, impone un único carisma sobre cualquier diversidad social. Pero nada de esto implica que, como un rebote natural, tener un festival de candidatos a unas elecciones primarias de la oposición sea todo lo contrario, un ejemplo profundo y vigoroso de democracia y de participación.

También puede resultar confuso para mucha gente.

La composición del electorado venezolano es compleja. Hay un enorme grupo con fidelidades frágiles. Con dudas. Un enorme grupo que está pendiente, sin soltar sus aprensiones, vigilando cada acción, cada actitud. De lado y lado. Cualquier hecho, cualquier mensaje, es importante.

Puede no resultar tan fácil justificar la inversión de dinero y de publicidad en candidatos que, a todas luces, no tienen ningún chance. Puede no ser tan sencillo, en tiempos de emergencia histórica, darle sentido a candidaturas sólo comprensibles desde el amor propio de sus protagonistas.

La heterogeneidad democrática, como explicación, quizás no da para tanto.

No se trata de prohibir ninguna expresión política. Cualquiera tiene derecho de postularse a lo que quiera. Pero, también, cualquiera tiene derecho de cuestionarlo y debatirlo. Desde la misma oposición, no conviene reforzar el discurso que usa el poder para satanizar a sus adversarios.

El exceso de candidatos, activos y financiados, también se presta para el cálculo, para suponer que sólo están ahí tratando de negociar, que lo único que buscan es producir un mínimo caos, un mínimo acuerdo, una pequeña tajada de futuro. Tampoco es saludable confundir la democracia con el desnalgue.

Sospecho que todo esto nace además de un peligro todavía mayor: el triunfalismo que parece envolver e impulsar a ciertos sectores.

Son unos adelantados. Hablan como si estuvieran en noviembre de 2012, mientras el país continúa en las dificultades de este octubre.

Pregonar que el oficialismo ya perdió tiene el enorme peligro de creérselo, de suponer que ya la faena de derrotarlos políticamente está hecha. Son los cazagüires de 2012. Quieren estar cerca de la portería, esperando. Quieren ganar sin jugar. Todavía no entienden que la cancha cambió, que los equipos son otros. Que hay que sudar el partido.

 

 
Top