HUBO UNA VEZ CAP

Carlos Blanco

CARLOS BLANCO
Twitter @carlosblancog

Conocí a Carlos Andrés Pérez por José Vicente Rangel. En 1983 yo formaba parte del Comando de Campaña de Rangel en esa que sería su tercera candidatura. Luis Miquilena era el articulador de la campaña y quien siempre tuvo a JVR como su gran proyecto político hasta que esa amistad murió. En 1983, en la casa de Alfredo Baldó Casanova, tuvimos dos reuniones, José Vicente, Luis Miquilena y quien esto escribe, con Jaime Lusinchi y CAP. Se veía venir la victoria de AD, y CAP era partidario de un entendimiento entre “las fuerzas progresistas”.

Cuando Lusinchi designó la COPRE en diciembre de 1984, se comenzaron los trabajos que culminarían en el Proyecto de Reforma Integral del Estado. CAP abrazó este proyecto desde el comienzo. El 23 de enero de 1988, con ocasión del 40 aniversario de la caída de la dictadura, en un gesto de singular audacia se abanderó de la reforma del Estado al que buena parte de la dirección de su partido se oponía. Allí comenzaron los roces más fuertes con AD.

En 1988, en una reunión de la COPRE con los candidatos presidenciales de entonces, CAP y Eduardo Fernández, principalmente, cuando varios de los asistentes creían que iban a colocar a CAP en una posición difícil al respaldar la elección de gobernadores propuesta por la COPRE, éste pidió la palabra de primero para proponerla. Pocos se podían creer la audacia de este hombre cuya actitud era contraria a la de algunos de los más importantes líderes de AD. Más adelante, como Presidente Electo, propondría a la COPRE impulsar el Pacto para la Reforma con los partidos políticos.

Sus relaciones con AD no fueron buenas. La dirección adeca lo enfrentaba porque consideraba que el partido no estaba adecuadamente representado. También él fue, a veces, arrogante con su partido. Entonces le dijo a uno de esos dirigentes que lo criticaba: “lo que tú quieres es que yo meta familiares tuyos en el gobierno; allí se te acaba el problema de la falta de representación del partido”.

Una vez me llamó a Miraflores, venía de una reunión del Comité Directivo Nacional (CDN) de AD, y apenas entro me dice: “Ministro, vea a ver qué hace con Alfaro que le dedicó el CDN a usted”. Se refería a mis críticas a la falta de apoyo a la reforma del Estado de los partidos y especialmente del suyo. Entonces hablé con Alfaro con quien discrepé mucho pero con quien desde ese momento mantuve de tiempo en tiempo una relación cordial.

CAP se quejaba de la falta de cambios en AD. Solía decir “Acción Democrática es un cascarón vacío” y estas cosas llegaban a los oídos de los adecos lo cual hacía más difícil las relaciones; aunque CAP mantuvo siempre las reuniones partido-gobierno. Llegó a pensar que la modernización de AD debía pasar por la incorporación de gente con ideas nuevas; aspiró alguna vez a que varios de sus colaboradores pudieran sumarse a sus filas, aunque luego entendió que no los iban a dejar ni asomarse.

Una noche fui a cenar con los generales Carlos Peñaloza, Comandante del Ejército en ese momento, y Ramón Santeliz, viejo amigo y conspirador, pero que ya se había dejado de estas cosas. Peñaloza me hizo un recuento pormenorizado de la conspiración en marcha, irritado como estaba porque no se atendía al desastre que venía. Con estas informaciones recuerdo haber ido con CAP a los actos de la Armada en Mamo; cuando le conté, me espetó: “Ministro, no se ponga como fulano (mencionó a un colaborador suyo) que se cree policía”. Fin de las conversaciones sobre la conspiración.

La única vez que vi llorar a CAP fue cuando murió Jóvito Villalba. No sabía ni entendía sus vínculos emocionales con Jóvito pero lo consideró su maestro y su amigo. Nunca supe las interioridades de esa amistad, pero jamás lo había visto ni lo volví a ver llorar.

El 27 de febrero de 1989, apenas 25 días después de tomar posesión de la presidencia, estalló El Caracazo. Sin embargo, ese día todavía no se sabía la magnitud de la rebelión. A las 6 pm despegamos en helicóptero desde Miraflores para tomar el avión presidencial en Maiquetía hacia Barquisimeto, íbamos con él, que recuerde, Reinaldo Figueredo, Moisés Naím y yo, además de los oficiales de la Casa Militar. Al levantar el vuelo vimos autobuses quemados en los lados de El Calvario y aun sin saber la magnitud de lo que venía, CAP dijo luego “esto es una lucha de pobres contra ricos”, idea que después cambió por una interpretación más compleja de los hechos.

En esos años JV Rangel y CAP eran bastante amigos. En noviembre de 1992, me reuní con Rangel quien me manifestó que el fiscal Escovar iba a acusar a CAP; obviamente JVR quería que el Presidente estuviera informado. Fui a Miraflores, le informé y la respuesta fue: “¡Imposible, yo no he cometido ningún delito!” Más adelante, en reunión donde estábamos Jesús Carmona, Armando Durán y yo le manifesté al Presidente que lo iban a enjuiciar y respondió: “Me meterán preso, pero ni siquiera voy a buscar abogado porque yo no he delinquido”. Él no creía posible que el juicio prosperara. Una vez destituido de la presidencia, en mi presencia, alguien le sugirió que dijera los favores que supuestamente le había hecho a JVR y su respuesta fue un gesto indignado en contra de esa sugerencia. Jamás dijo nada personal en contra de quien había sido su amigo.

Al ver cómo se derrumbaba su gobierno afirmó: “Yo me he dado cuenta que la experiencia a veces no sirve de nada”. Un hombre de cien batallas, que había despachado al lado –literalmente al lado- del escritorio de Rómulo Betancourt en la época de la Junta Revolucionaria, que había ocupado una parte importante de la historia contemporánea de Venezuela entendió que ante lo nuevo la experiencia en lo viejo sirve de poco.

En plena crisis cuando se iba a producir la caída de Pérez, íbamos en automóvil quien esto escribe junto al embajador cubano de entonces, Norberto Hernández Curbelo, y este comentó: “¿Sabes cuál es el verdadero problema de CAP?”, ante mi mirada sorprendida por esa pregunta retórica, se respondió: “El problema de CAP es que es un verdadero demócrata”.

El día que iba a ser sentenciado por la Corte Suprema, invitó a varios de sus colaboradores y ex ministros a un almuerzo en Miraflores. Allí tuvimos la última comida colectiva. Ambiente tenso; algunos tenían esperanzas en tal o cual magistrado. Fue un almuerzo triste, con demasiado sabor a final. El Presidente permaneció grave, con pocas palabras, hasta que le dieron la noticia. Dijo algo así como que “ya esto está terminado”. Se levantó hacia su despacho a escribir el discurso en el cual confesó que “habría preferido otra muerte”.

En la noche de ese día, la magistrada Hildegard Rondón de Sansó que había votado contra CAP, se presentó llorando en La Casona, arrepentida de lo que había hecho, el ya ex presidente se apartó de la reunión que sostenía para secar lágrimas de magistrada…

Después vino el dolor de los dolores, la expulsión de AD cuando estaba preso y abandonado en El Junquito…

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