La indignación y el ejercicio del voto

Vladimir Villegas

VLADIMIR VILLEGAS
vvillegas@gmail.com  

El mundo está presenciando el surgimiento de protestas populares que ponen en evidencia el descontento que agobia a una parte de la población del planeta, inconforme con la falta de empleo, la ausencia de seguridad social o la absoluta falta de libertad individual y colectiva, sin dejar de lado severos cuestionamientos al ejercicio inmoral del poder.

En el mundo árabe se han venido abajo los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia, y se mantienen las movilizaciones en Siria, mientras que en España y Grecia también se han lanzado a la calle miles de ciudadanos cuestionando en algunos casos la corrupción del poder y en otros las políticas económicas que se han traducido en pérdidas del empleo, reducción de beneficios sociales, endeudamiento, empobrecimiento y desesperanza.

El descontento también está tocando la puerta de Estados Unidos. Hay protestas en Filadelfia, Chicago, Los Ángeles, Boston y otras ciudades contra la usura de la banca, el alto costo de la seguridad social y, en general, contra la conducta de la clase política en el ejercicio de la función pública. Lo mismo pasa en Chile. Los estudiantes tienen rato en la calle reclamando el derecho a una educación gratuita. Los indignados están reproduciéndose por todas partes. Es la muestra de que el mundo reclama cambios.

La indignación de quien protesta en el Medio Oriente por la falta de libertad, por el hastío frente a dinastías como la de Gaddafi o Mubarak se emparenta con la de quienes se resisten frente a las inequidades que generan sociedades capitalistas desarrolladas. Y tienen mucho en común con las que llevaron a la caída del Muro de Berlín y la derrota del socialismo autoritario en Europa del este.

El estudiante chileno que reclama por el inalcanzable costo de las matrículas tiene tanta razón como el joven libio harto de la dictadura en la cual degeneró el régimen de Gaddafi. Y los ciudadanos que se quejan en las calles de Chicago o Seattle no están locos, como tampoco quienes exigen cambios y apertura en Cuba, tanto en lo económico como en lo político.

Venezuela también tiene su cuota de indignación, y se expresa aún en pequeñas pero reiteradas protestas, ruidosas o silenciosas, frente a la inseguridad, frente al abuso de poder, el desconocimiento de la contratación colectiva, el desastre asistencial, la inflación, la crisis habitacional, el deterioro de los servicios públicos, la exclusión, la corrupción, y la terrible falta de capacidad que las instituciones están demostrando ante estos y otros problemas.

 

En general es una indignación que corre por dentro, y que no se expresa por el miedo, la desesperanza y en no pocos casos por un inocente sentido de la solidaridad con el Presidente.

Esta indignación puede y debe expresarse electoralmente en los comicios previstos para el año próximo. Pero dependerá en gran medida de la capacidad que tenga la amplia gama de factores opositores para dar respuestas acertadas a tantos problemas existentes en el país y presentar propuestas creíbles, que generen adhesión en buena parte de quienes mantienen un respaldo inercial al Gobierno, más fundamentado en un vínculo emocional que en un razonamiento político en frío.

Ni el modelo político bipartidista ni el actual son las respuestas a la Venezuela de hoy.

 
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