LA MANO QUE ACARICIA

JESÚS HERAS – 

Steve Jobs descubrió un hermoso sendero hacia el porvenir. No se trataba de la computación o del internet, etapas ya recorridas, sino de convertir esas herramientas en un instrumento para llevar a cada hogar, envueltas en un delicado “pañuelo”, el contenido que el consumidor, sin saberlo, acariciaba en sus sueños.

Al gran precursor del automovilismo, Henry Ford, en una ocasión le preguntaron por qué no pedía a los consumidores que definieran lo que querían, a lo que éste respondió Si hubiera preguntado a la gente que querían, me hubieran pedido un caballo más rápido.

Con Steve Jobs la pregunta fue otra. Alguien quería saber por qué sus productos gustaban y, en cambio, productos similares fracasaban. Su respuesta fue igualmente lapidaria.  Gustan porque lo hacemos para nosotros mismos.  Nótese el doble mensaje. Fabricar algo como si fuera para nosotros mismos es una parte de la verdad, pero hay otra. Querer para el consumidor, “lo que queremos para nosotros mismos” es casi una Mandamiento de la Ley de Dios.

La revolución de los jazmines no fue un hecho local, eso lo sabemos. Después de derrocar a Ben Ali y Mubarak al norte de África, saltó al medio Oriente, de allí a Europa, y acto seguido, cruzando de vuelta el Mediterráneo hacia el sur y el Canal de la Mancha hacia el norte, afloró casi simultáneamente en Israel e Inglaterra. En cada sitio, la revuelta cobró un carácter diferente, pero a quienes protestaban – sin realmente saber lo que deseaban-, los unía un sentimiento de rebeldía frente a lo establecido.

Ahora la protesta llega a EE.UU. cobrando connotaciones clasistas.  Frente al extremismo del Tea Party que terminó favoreciendo al Gran Capital, ha surgido la otra cara de la moneda, manifestantes que corean “Abajo Wall Street, Arriba Main Street”, o sea, arriba el ciudadano común.  Son los desempleados que produjo la burbuja de la vivienda fabricada por banqueros que, impulsados por la avaricia, alimentaron la demanda, otorgando créditos a quienes no tenían capacidad para pagar.

Pero, cosa curiosa, mientras estas manifestaciones se producían frente a la Bolsa de Valores, a pocas cuadras al norte, en el mismo Manhattan, miles de neoyorkinos pasaban la noche a la intemperie, esperando para adquirir el último teléfono nacido de las manos de quien, en poco más de una década, convirtió una institución al borde la quiebra, en la segunda empresa más grande del mundo.

Wall Street, símbolo del gran capital, es odiado por un segmento de la población, el mismo segmento que adoró a Jobs, figura emblemática de todo lo que ese gran capital ha sido capaz de producir.

¿Paradójico? No, no lo es. La mano que sirve para destruir también sirve para la más tierna caricia. Y Steve Jobs, en los albores de una nueva Era,  fabricó para el consumidor, lo que éste en sus sueños anhelaba sin saberlo.

 
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