UN FRACASO LLAMADO AFGANISTÁN *

DAVID ALANDETE

Después de 10 años en guerra y 33.000 víctimas, el país asiático es todavía un lugar devastado e ingobernable: la insurgencia siembra el caos y la inseguridad, mientras los intentos occidentales de avanzar en la reconstrucción y creación de instituciones chocan con una realidad hostil.

Polvo y ráfagas de calor asfixiante barren Kabul. El teniente de la Guardia Nacional Michael O’Rourke se reúne con un destacamento de sus hombres para salir a pie, con un intérprete, a Udkhel, una aldea aledaña a la base regional de Camp Phoenix. Es una misión militar, pero su objetivo y sus medios son muy distintos a lo que cualquier soldado pudiera esperar en un país que ya lleva 10 años en guerra.

La finalidad de la misión de O’Rourke es que sus hombres lo protejan mientras se sienta a dialogar con un líder tribal. “Normalmente llegamos a la aldea un pequeño grupo y el intérprete”, indica el teniente. “Nos sentamos con el líder tribal. Dialogamos con él. Tratamos de darle un empujón para que mantenga sus infraestructuras, sin prometerle demasiado. Es un pequeño tira y afloja”.

Esa es la nueva estrategia bélica de Estados Unidos en Afganistán, sobre todo en zonas relativamente seguras como Kabul. Por necesidad, ante la inminente retirada, la artillería pesada ha dejado paso al intento de construir una nación desde cero. El trabajo es difícil.

Para muchos, imposible.

Después de 10 años y 33.000 muertos, el frente afgano es un lugar arrasado, hostil e ingobernable. Más allá de las barricadas de la zona verde de Kabul, donde viven los diplomáticos, sólo hay vida decente en bases como ésta. Aquí hay aire acondicionado en los barracones, y hasta tiendas y cafeterías. Afuera sólo hay miseria. En los márgenes de la carretera, entre escombros y caminos a ningún lado, lo único que se ve son niños.

Las tropas reiteran que Kabul es una zona segura. “No hay insurgencia. Hay delincuencia, como en todos lados. Y de eso ahora se encarga la Policía Nacional Afgana, que ha mejorado”, señala el sargento Travis Senseny, que coordina los puntos de acceso a la base y que ha prestado servicio en nueve provincias del país. “Eso no es el este o el sur, lugares más hostiles. Esta zona puede ser amistosa”.

A pesar de ello, esto es la guerra. Todo soldado que sale de la base lo hace armado hasta los dientes: rifle, munición, chaleco antibalas y casco. Más de 30 kilos de peso en un día como éste, a 35° centígrados. En estas misiones, el principal obstáculo son los niños, que, a centenares, piden cualquier cosa que les caiga a las manos.

Fuera de las 11 bases que los aliados tienen en la provincia de Kabul no hay desagües.

Afganistán ha sido arrasado, una y otra vez, desde 1978. En todo el país sólo hay 1 vía ferroviaria: mide 200 metros y sirve para que paren los trenes que vienen de Uzbekistán. 78% de las rutas no está asfaltada.

La carretera que conduce desde el aeropuerto hasta aquí ­de las más usadas de la zona y el inicio del camino al bastión talibán de Jalalabad­ es un tramo plagado de baches. Al lado de Udkhel hay cementerios improvisados y, junto a ellos, grandes bloques de hormigón.

Son fragmentos inacabados de infraestructuras abandonadas.

Dinero occidental tirado en la cuneta. Aquí, la lealtad es algo muy volátil. La determinación de construir y mantener instalaciones tan elementales como un depósito de agua, también.

Los mandos militares, miembros del ejército más poderoso del mundo, se han dado cuenta de que es imprescindible hacer algo más que disparar. Son estos soldados los que ahora han recibido el encargo de erigir desde cero las instituciones e infraestructuras más básicas.

“La parte humanitaria es de las más importante que hacemos en esta base. Nos sentamos a negociar con ellos. Vemos cómo llevan los proyectos pagados con dinero extranjero”, dice una vocera de la brigada Yankee número 26 de la Guardia Nacional, que gestiona la base hasta el próximo año. “Nuestro lema es no prometer demasiado, pero luego entregar más de la cuenta”. Sus superiores afirman que han aprendido de los errores.

Una guerra sin adrenalina

Ejército en retirada. “La esencia misma de la contrainsurgencia aquí es ganarse la confianza de la población, lo que te otorga información valiosa y una vía a la victoria final”, indica el teniente George Gay. “Si no lo haces, te alejas de la población y ésta acaba apoyando a la otra parte. Durante todo el tiempo que hemos estado aquí, no siempre comprendimos cómo eran las cosas y eso hizo que muchos civiles respaldaran a los talibanes”.

No todos tienen la paciencia que demuestra el teniente Gay. Muchos de los 11.000 soldados que hay en las 11 bases en Kabul no han disparado un solo tiro desde que llegaron. Las tropas jóvenes salen en misiones como éstas con resignación, aunque sus jefes les repiten que son cruciales. Pero el ansia de la guerra no se aparta esquivando una pedrada. Algunos quieren sentir la adrenalina de estar en la línea de fuego, en una guerra en la que, últimamente, los insurgentes se limitan a perseguir a civiles y se suicidan en esos intentos.

“Me gusta la lucha”, expresa el soldado José Sánchez, que ya prestó servicio en la Guardia Nacional en Irak, en 2009, y que vino a Afganistán este año.

Ahora mismo registra camiones que entran a la base. Quiere ir al sur, donde aún hay una línea de combate clara. “Para eso me anoté en el ejército. Lo veo difícil porque la guerra está finalizando. Y los enemigos se esconden. No atacan como deben atacar. La situación actual es buena para esos soldados que se quieren ir”, añade. En teoría, les quedan aún 3 años aquí. En los últimos meses se retiraron 1.600 soldados de la Guardia Nacional y del Cuerpo de Infantería de Marines. No los reemplazó nadie. Hay 101.000 militares de Estados Unidos en esta guerra y se espera que 33.000 estén de regreso en un año. El plazo final para marcharse, fijado por el presidente Barack Obama, vence en 2014.

Ataques a la población civil

Esa decisión no es muy popular entre las tropas. Estos hombres no lo dicen abiertamente, pero consideran que el trabajo que queda por hacer puede durar muchos años más.

Es un hecho patente que este país no está preparado para tomar las riendas de su propia seguridad. Las deserciones ­25.000 entre enero y junio­ son moneda corriente entre los 300.000 soldados afganos, que se quejan de turnos de trabajo imposibles y pagas miserables. En ocasiones, se alían con el que se supone que es el enemigo.

El gran problema, sin embargo, son los civiles. “El éxito de los estadounidenses defendiendo sus posiciones es tal que ha llevado al enemigo a atacar objetivos civiles. Cuando lo hacen, es una gran pérdida para nosotros, porque se entiende como un fracaso en la defensa de la población. Y para ellos, sea como sea, siempre es un éxito, porque demuestra que tienen una gran presencia en zonas urbanas”, indica el teniente Gay. “Debemos ganar 100% de las veces. A ellos sólo les basta con ganar una sola”.

El caos habitual. El martes, a la 1:30 pm, después de que el teniente O’Rourke repasa la ruta, revisa la composición del escuadrón y establece las pautas de seguridad para encontrarse con el líder tribal en Udkhel, suenan las alarmas: “Atención Camp Phoenix. Ha habido un ataque. Repórtense a la cadena de mando”. En este preciso instante queda patente lo problemática que será la retirada estadounidense y la asunción de responsabilidades por parte de las tropas afganas.

Seis insurgentes han atravesado, disfrazados con burkas, todos los filtros de seguridad en la zona verde de Kabul. Se han atrincherado en un edificio a 300 metros de la Embajada de Estados Unidos. La atacan con granadas y rifles de asalto. Otro comando ha activado chalecos explosivos contra diversos puestos de la Policía Nacional Afgana. Kabul ­o mejor dicho, la zona diplomática de Kabul, fortificada y segura­ entra en un caos que ya es habitual. Civiles occidentales refugiados en bunkers. Afganos masacrados.

Soldados como espectadores

Alarmas que paralizan toda la actividad de una ciudad que decían era segura.

El teniente O’Rourke ordena romper filas. Los hombres se reportan a la cadena de mando. Algunos se desplazan en convoys de la Fuerza de Reacción Rápida hasta la zona verde. Allí, de nuevo, son espectadores. Contemplan, listos para pasar a la acción, cómo las fuerzas afganas despejan el edificio, sembrado de explosivos. Tardan 20 horas en cumplir su misión. “Si hubiéramos sido nosotros, eso se hubiera resuelto en 5 minutos”, asegura luego, de vuelta a la base, un soldado de la Guardia Nacional que prefiere no revelar su nombre. “Si todo lo hacen a ese ritmo, no sé cómo nos vamos a marchar”.

Afganistán, la guerra más larga de Estados Unidos, no es Irak, de donde las tropas se marcharon el año pasado. Aquí no hay un Estado, más allá de las pocas manzanas de la zona verde. “No hay personas que hayan recibido educación secundaria y universitaria, como en Irak. Esta gente puede tomar decisiones que no son las más adecuadas”, asegura el sargento John Fernández, que vino a Afganistán por primera vez en 2007, a entrenar a la policía fronteriza.

“Es el efecto de décadas de guerra. Los rusos, los señores de la guerra, los talibanes… Todo eso ha tenido un efecto. Se ve en el estado en el que se encuentra el país. Debemos solucionar eso en el largo plazo, será una tarea larga y compleja. Y el que diga que no se engaña. Podemos irnos, pero si lo hacemos, debe ser porque dejamos un país mejor que el que encontramos. Si no es así, a la larga podríamos tener que regresar”.

No hace falta más que llegar desde esta base hasta la zona verde para darse cuenta de la miseria que hay más allá de la burbuja diplomática. Estas calles, sin asfaltar, son un coladero de insurgentes capaces de sortear todos los obstáculos y puestos de control para llegar adonde más le duele a Estados Unidos: la capital. Porque si en tantos años este ejército ni siquiera ha podido asegurar Kabul, una ciudad que siempre fue hostil a los talibanes, poco habrá logrado en realidad.

La guerra se libra en otro sitio

Muchos terroristas llegan de Pakistán, al este, a través de una frontera casi abandonada. Otros entran por el oeste, desde Irán, para comprar y vender armas y opio, con el que financian su campaña de terror.

Allí entrenó a soldados el sargento Fernández, que en su vida civil sirve también en la policía de frontera de Estados Unidos. “Lo más importante es que el soldado no se sienta abandonado, que sus condiciones sean dignas”, señala. “Asegurar la frontera, en definitiva, es crucial, porque por ahí llegan insurgentes y dinero”.

La porosidad de la frontera oriental es un grave problema.

La supremacía militar llevó a que el centro de la insurgencia, desde el que se planifican estos ataques, se trasladara a Pakistán. Mientras estos soldados pasan sus días tratando con civiles, es la CIA la que, desde puestos secretos, lanza misiles no tripulados contra Al Qaeda en el país vecino. Así murió Osama bin Laden en mayo, y así cayó el número dos de la red terrorista, Atiyah Abd al Rahman, en agosto.

Ese es el problema de esta guerra: que se está librando en otro sitio. Y que a un ejército experto en grandes luchas se le ha encargado ahora crear desde cero una sociedad civil que, simplemente, no existe.

@elnacional


* Título original – UNA DERROTA LLAMADA AFGANISTAN – subtítulos nuestros

 
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