16 años de referencia ética

LUIS GARRIDO
luirgarr@hotmail.com

La historia de Venezuela desde sus tiempos remotos registra hechos y anécdotas donde la política es asiento de objetivos y metas que no diferencian conductas, propósitos y protagonistas. De allí que el tirano se arrope con una bandera en nombre de sus fechorías y, en cambio, el impulsador de ideales haga suya la política como fuente propulsora que va más allá de lo personal, para convertirla en sueños posibles en los cuales la libertad de los pueblos se registra como una conquista de grandes alcances.

No se entiende la política sin partidos, porque éstos constituyen el correaje que mueve la maquinaria como órgano rector de la enseñanza, disciplina y orientación de las masas militantes. Son de tal importancia, que en las dictaduras se crean plataformas humanas alimentadas con los recursos de la corrupción para que a través de la movilización portátil estimulen el delirio de los dictadores; pero en el concepto sano y muy por encima de las desviaciones perniciosas, los partidos aún con las imperfecciones que conllevan a una crisis de representatividad, son la cara lavada y el asiento sólido y firme de la democracia.

Estas apreciaciones nos llevan a afirmar que siendo la política sinónimo de civilización, se produce un contrasentido entre la necesidad de los partidos y la conducta reprobable de algunos líderes; explicación que encontramos en aquello de que “cada cabeza es un mundo”, siendo el ser humano dueño de sus decisiones. Hay políticos que trazan su ruta entre las ventajas oscuras que proporciona el poder, mientras otros cultivan la referencia ética que, además del éxito personal, se manifiesta en la tranquilidad de su conciencia.

La organización no es la que cede los espacios ni arría sus banderas, los líderes son los que se agotan o se deterioran en imagen. Incontables son los que hemos visto pasar de la izquierda a la derecha y de la derecha a la izquierda, confundiendo oportunismo con habilidad. Muchos de esos partidos han desaparecido en la soledad porque sus líderes persiguiendo el aprovechamiento indigno- desnaturalizaron el sano concepto de la ética política.

Unos cuantos ejemplos que sepultan la cobardía y enaltecen el decoro, pudiéramos señalar; pero no hace falta retroceder a pasados lejanos cuando Carabobo tiene el de Henrique Salas Römer y su Proyecto Venezuela, que en tan corto tiempo y enarbolando como bandera su nombre y sus referencias éticas, alcanzó posiciones relevantes que le dieron estatura sobresaliente en los espacios del liderazgo nacional. Aun cuando el Proyecto Venezuela nace sin estatutos ni planillas de inscripción, a los dieciséis años de ese nacimiento mantiene encendida la brasa de la lealtad, para animar el espíritu de combate y el calor del coraje en función de la vigencia del partido.

El Proyecto Venezuela, pudiera ofrecerle al futuro político del país un modelo distinto de conducción en la vida interna de los partidos; pero ya de por sí, con su caminar de éxitos y metas cumplidas retando la tradición, nos ofrece una muestra de esa fuerza importante que se ha colocado en el tablero de los partidos para darle su aporte de sustentación a la democracia venezolana.

 

 
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