DE LA DEMENCIA Y EL PODER

Julio Cesar Pineda

JULIO CÉSAR PINEDA
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La transparencia sobre la salud de los que quieren ser elegidos, permitiría elegir conscientemente

Ilustra Pascal De Sutter, en su libro “Ces fous qui nous gouvernent”, (Estos locos que nos gobiernan), el tema de la demencia de algunos políticos y jefes de Estado, con el caso de Paúl Deschanel, quien en enero de 1920 ganó la elección en Francia al destacado político Georges Clemenceau. Este líder, luego de una extraordinaria carrera política, y una gran expectativa en su acción de gobierno, igual que a nuestro Diógenes Escalante en septiembre de 1945, el de las “Camisas Voladoras”, el destino le jugó una mala partida. Un Cisne Negro hizo presencia en su salud mental y lo llevó a renunciar 8 meses después de su elección, por su excéntrica conducta y su incipiente locura. El 24 de mayo de ese año, después de tomar un tren de París, desapareció del vagón presidencial porque se había lanzado a la vía, vestido con una pijama de rayas. Un poco maltrecho solicitó auxilio a los trabajadores que lo confundieron con un mendigo o borracho, afortunadamente alguien lo reconoció y le dio el trato correspondiente. Fue un duro golpe en su credibilidad y en la majestad de su cargo, porque la prensa y la gente lo ridiculizó con la imagen de “el hombre del pijama que se cayó del tren”.

Sufrir en silencio o…

Este psicólogo afirma que no se perdona al líder, al jefe político, mostrar debilidades, especialmente cuando su personalidad ha sido fuerte e inquebrantable. Quebrarse física o mentalmente es terrible, es lo que llaman los ingleses el burn-out. Esto le está vedado al líder aunque continúe en sus funciones con el peligro que impone el nivel de stress por sus responsabilidades. Al referirse al dolor y a las enfermedades de los políticos señala que estos como todo ser humano están sujetos al dolor físico, pero sus obligaciones no les permiten el descanso necesario o la calma, para su restablecimiento tanto físico como psicológico. Se pregunta si acaso esos dolores crónicos no afectan sus funciones mentales o al menos la agudeza de su juicio, especialmente cuando toman grandes decisiones, comprometiendo a su Estado y a su pueblo. Prefieren sufrir en silencio y ocultan su tragedia para mantenerse en el néctar del poder y no decepcionar a sus seguidores o dejar morir el proyecto que tratan de encarnar.

Conociendo sus dolencias físicas, sus crisis psicológicas y los abusos de medicamentos que afectaban su capacidad en la dirección del Estado, él sugiere la necesidad del retiro dentro de una racional transferencia de responsabilidades.

Repetía François Mitterrand, que “el poder es una droga que termina volviendo loco a quien lo prueba”. El poder y el círculo cercano a él genera una inclinación narcisista, vinculada a la gloria, con la predisposición a transmitir la mejor imagen, ocultando deficiencias. El discurso es seductor. Y una tentación a la exaltación. Quien tiene el poder vincula su persona al Estado, donde los intereses y el proyecto son los mismos. Manifiesta exagerada confianza con desprecio a la crítica. Se cree omnipotente y hasta inmortal, absolutamente necesario e imprescindible. Fue lo que pude observar, en esa cercanía que da la diplomacia en su más alto rango como embajador, en algunos jefes de Estado, mesiánicos como fue el caso de Gadafi y Saddam Hussein.

Para éstos poseídos de la hybris, solo les queda sufrir en silencio, ocultando la fragilidad y transmitiendo una imagen del superhombre. La némesis termina siempre castigándolos.

En los países con menor cultura política, como ha sido el caso de África, y en algunos países de América Latina, el populismo facilita las historias de líderes con cierto toque de locura y ofertas desmesuradas dejando de lado políticas racionales y académicas. Más allá del marketing político, hoy la psicología política y la reflexión filosófica imponen su acento en el estudio de los liderazgos, en su racionalidad y en su emotividad, exigiendo transparencia en la capacidad de los mismos y en la frontera entre la salud mental y física para el ejercicio del poder.

En “Los enfermos que nos gobiernan” de P. Accose y P. Rentchnik, publicado en París en 1996, los autores presentan la propuesta a los ciudadanos de esos mandatarios enfermos, de exigirles bajo el derecho que tienen de ser informados, el estado real y transparente de las condiciones y salud de las personas a quienes eligieron. Una verdadera transparencia sobre la salud de los que quieren ser elegidos, permitiría a los votantes elegir conscientemente, dejando de lado a quienes la enfermedad les hace incompatibles con el ejercicio del poder.

@ELUNIVERSAL

 

 
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