SOBRE LA DESMORALIZACIÓN POLÍTICA

Victor Maldonado

VÍCTOR MALDONADO C
victormaldonadoc@gmail.com
Twitter: @vjmc

Nadie debería dejar de leer el capítulo I del Arte de la Guerra escrito por Sun Tzu. Comienza con una advertencia imposible de evitar y de olvidar: “la guerra es un asunto de importancia vital para el Estado: la provincia de vida o muerte; el camino a la supervivencia o ruina. Se debe estudiarla profundamente”. Si la política, parodiando a Carl Von Clausewitz, es la continuación de la guerra por otros medios, entonces no cabe duda que muchas de sus reglas son aplicables sin demasiadas enmiendas, y que por la vía de la política también nos exponemos a la disyuntiva entre la devastación y la prosperidad.

La guerra y la política tienen pocas reglas de contención ética, aunque el Arte de la Guerra refiere unas cuantas, sobre todo asociadas a la eficiencia. Pero da por descontado que lo importante es la victoria a cualquier precio. Habrá certámenes más limpios que otros, pero no cabe duda que la historia la escriben los vencedores. Si no que lo diga Chávez, el corrector más insensato de la tradición patria. Así que el principio de que todo es válido en la guerra y en el amor, por más que haya sido advertido en todos los tiempos, no ha evitado que pueblos enteros hayan caído en errores fatales de ingenuidad y candidez a la hora de creer.

La mejor forma de ganar una guerra, o de obtener un triunfo político es la desmoralización del enemigo. Permite cantar victoria sin tener que luchar, y sin el desgaste de una batalla. Desalentar es entonces la primera lanza de cualquier estrategia, y se intenta sin importar el costo. Rumores sobre la fortaleza invencible del adversario, o posicionar tempranamente su imbatibilidad forman parte de cualquier manual de estrategia política. Y eso es lo que se está haciendo en Venezuela, contando además con la ingenuidad de las masas y esa condición histeroide que ha marcado a nuestro gentilicio en los últimos tiempos. Desanimar a la sociedad democrática no resulta tan difícil. Basta con que salga un vocero con credibilidad y diga que sus encuestas indican que Chávez remonta hasta llegar al 60% de popularidad. Y listo. Es suficiente con que alguien exponga que descubrió una inédita “conexión mágico-religiosa” entre Chávez y el pueblo venezolano para que todo comience a derrumbarse.

En la política, así como en cualquier guerra, todo se reduce a la fortaleza moral y la vigencia de las convicciones sobre si vale la pena o no seguir luchando. ¿Cuánto cuesta colocar en el ambiente una versión de la realidad falsa pero verosímil? Todo depende, pero sabemos que todo hombre tiene un precio. Esto último también forma parte de los gastos asociados a cualquier conflicto. Mentir tiene su rédito, tanto para el que miente como para aquel a quien le conviene esa mentira. Por ahora sabemos que a Chavez le conviene que creamos y asumamos su supuesta popularidad, además adobada por ese matiz místico con el que alguno quiere adornarlo. La tramoya está montada y nosotros somos el auditorio perfecto para la consternación temprana.

En política, y en la guerra, la verdad no es importante. Lo verdaderamente sustancial es lo que la gente asuma como cierto. Se pueden montar verdaderos ejércitos de cartón piedra, o darle validez a los ovnis, e incluso poner en duda que el hombre puso alguna vez un pie en la Luna. Chávez cree que a Bolívar lo asesinaron, y su pana Mahmud Ahmadineyad insiste en que no hubo holocausto. Que la gente, su gente, lo asuma o no, depende de un vocero creíble. Pero no son ellos nada más. La política es como el iceberg. Nosotros solo vemos la parte que emerge, sin imaginarnos lo que está sumergido. Por ejemplo, se ha preguntado Ud. ¿cómo se monta la popularidad de un candidato? En la trama aparecen los mismos voceros que afirman la imbatible ascendencia de Chávez, pero que ahora se voltean y dicen que, por otra parte, el candidato tal o cual, está colocado más allá de cualquier acaso. Con eso logran ganarle al enemigo sin luchar, que es la suma de todas las habilidades.

Venezuela se ha venido a menos. Cualquiera puede ponerle precio a su vocería y jugar a los dados con la realidad. Cualquiera puede ser el valedor de una elección y de un candidato, mientras en sus bolsillos suenan esas treinta monedas que le permitirán un retiro pudoroso en Miami o comprarse una casita en el Country Club. Lo único que nos puede salvar de la suerte de ser presa fácil de tantos estafadores es que hagamos las preguntas adecuadas cada vez que se presentan. ¿Quién es el cliente? ¿A quién le conviene? ¿Quién paga? ¿Por qué ahora? Se sorprenderían de las respuestas, porque ¿quién controla y valida la veracidad de estos oráculos?

 
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