UN PASO ADELANTE

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com 

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La gente se confunde con esos “pasos” de Lenin. Conforme a la reputación del viejo revolucionario bolchevique, el título del ensayo que publicó en 1904 sintetizaría una astuta estrategia basada en el engaño: cedes un poco de terreno, te reagrupas atrás, el enemigo se desordena y ahí avanzas. Si has retrocedido un paso, ahora podrás avanzar dos.

Perfecto, sólo que falso. Cuando escribió semejante opúsculo, el personaje no tenía asido el rábano por las hojas como para disponer fuerzas sobre un mapa. No era tampoco el supremo jefe, sino apenas el líder de los bolcheviques dentro del partido, una de dos alas enfrentadas. El hombre estaba confundido, molesto y hasta alarmado. El partido comunista, entonces llamado “socialdemócrata”, no terminaba de salir adelante. Las contradicciones eran como el ancla de un trasatlántico. Cada vez que daba un paso adelante unos tirantes lo halaban dos atrás.

Vladimir Lenin

Cinco o seis décadas más tarde, los comunistas del mundo se ufanaban de las muchas ventas de la obra del maestro, incluida la que acabo de mencionar.

–Lo leen más que a la Biblia, les escuché decir sin pizca de incredulidad porque en efecto, después de la II Guerra Mundial, de la extensión del comunismo sobre Europa oriental, y de la revolución china, el interés por su obra creció como pandemia. Con la adhesión de Cuba al sistema fundado por Lenin y Stalin, las ediciones de las obras de Lenin se multiplicaron también en América Latina.

Tengo por costumbre releer libros clásicos, desde Homero y Virgilio hasta tiempos más recientes. Incluyo igualmente a teóricos del marxismo, pese al colapso del socialismo real. Pero asombra el escaso vuelo teórico de Lenin, su simplismo, su “astuto” esquematismo. Con razón y a diferencia de la Biblia, desapareció de los anaqueles. Con decirles que ni Soto Rojas los ha vuelto a ojear, no digamos el presidente Chávez que nunca pasó de las pestañas.

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Evoco la angustia del Lenin de 1904 por la falta de progreso de su partido, con la de su tardío epígono, el presidente Chávez, por lo que le ocurre al suyo. El panorama es desolador y omnipresente. Abarca partido y gobierno, cuyas grietas parecen ya estructurales; vale decir, no se vislumbra cómo pueda frenarse el retroceso, tomar tierra y recuperar la marcha.

Se habla de los “indignados” en varias partes de Europa, una especie de reedición del noble inconformismo de los hippies, llamados rebeldes sin causa de los 60. Se pedía no pisar el césped y ellos, para quebrar las reglas, lo hacían, eso sí, pacíficamente, a lo Gandhi. ¿Que las barbas eran de mal gusto? ¡a dejárselas crecer!, y así. Triunfaron de la manera más inesperada: las barbas y la informalidad se integraron al sistema. Hoy los indignados tienen mejores razones para protestar.

¿Por qué no se manifiestan aquí?, escucho decir. Pero bueno ¿qué más? En el mes pasado, las protestas en Venezuela se mantuvieron en el nivel de las 500, misma cifra de cada uno de los 8 meses precedentes. La diferencia –diría, a nuestro favor- es que las causas son claras y múltiples. No son manifestaciones abstractas. Reflejan el naufragio del actual gobierno, que lejos de resolver problemas los crea todos los días. Las notas desbordan ese pentagrama. Van desde la inseguridad, la vivienda, la contratación colectiva, las Universidades, las calles y carreteras en mal estado, la salud, la propiedad privada, la electricidad, el agua, hasta excepcionales temas de contenido más estratégico, como el de la defensa de la soberanía que la incuria gubernamental compromete.

Como el gobierno está sencillamente desbordado, se refugia en cosas tan extravagantes como el cáncer presidencial, de modo que pueda suscitarse un sentimiento de amor por el mandatario que sufre, a pesar de que no pasa día sin que anuncie que ni trazas quedan de células malignas. A falta de promesas, que lucen inverosímiles después de 13 años de absoluto dominio, la enfermedad del presidente, cualquiera que sea su gravedad, se ha convertido en su verdadero y casi único programa electoral.

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En el ámbito político el zaperoco es hasta más visible. Angustiado por el reto electoral del año que viene, el presidente reencauchó el Polo Patriótico, que él mismo había desinflado al imponerle a sus leales la militancia en el PSUV. Se le sacudieron sus tres aliados importantes: Podemos, PPT y PCV, razón por la cual pretende darle vestidura nueva con el adjetivo “Gran” y mucho polvo de arena. Está agobiado por el dilema de Lenin: un paso adelante pero no dos, sino cuatro atrás.

Chávez, según el doctor Salvador Navarrete, es un hombre muy pero muy desconfiado. Duda de su entorno y por eso aparte de cometer la grave imprudencia de entregarse a Cuba, ordenó medidas duras por fuera y huecas por dentro. Arremeten los sicarios a marchas de candidatos de oposición, se multiplican maniobras de albañal para dividir a Podemos y PPT, “ejecutan” a Leopoldo López al declarar “inejecutable” la sentencia de la CIDH. ¿Por qué hace semejantes tonterías? ¿Qué le costaba acreditarse ante el cada vez más preocupado ordenamiento jurídico internacional? ¿Por qué no acató una decisión que, sin darle  a la oposición más de lo que ya tiene, denigra severamente al gobierno?

Se une la oposición en defensa de López, al paso que se eleva su moral al observar que si bien el gobierno tiene mala intención, carece de piloto, y palo y palo, como la guaracha de Billo.

En fin, el diablo ciega a quien quiere perder

 
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