CUESTIÓN DE LÍMITES

Victor Maldonado

VÍCTOR MALDONADO C.
victormaldonadoc@gmail.com
Twitter: @vjmc

La diferencia fundamental entre una sociedad moderna de otra que no lo es tiene que ver con la forma como resuelve sus conflictos y diferencias. Muchos siglos han pasado desde que la divinidad otorgó el primer conjunto de leyes. Conmueve apreciar en el Museo del Louvre un monolito sobrecogedor que data del año 1760 a.C. en cuyas paredes se tallaron las primeras prescripciones para intentar regular el orden social. Me refiero al Código de Hammurabi que, de acuerdo a la leyenda, fue el regalo del dios Shamash al rey de Mesopotamia. Normas escritas en piedra de basalto que sobrevivieron el paso del tiempo y llegaron a nuestros días para recordarnos que fue la ley del Talión el primer intento de regular esa desaforada ansia de venganza que a veces se confunde con justicia y que nos muestra la larga trayectoria de tres mil setecientos sesenta años embarcados en la aventura de construir un orden justo, reconociendo el mérito, administrando castigos y reflexionando sobre la proporción, una palabra mágica, difícil, que nos obliga al discernimiento para apuntar con precisión. Ojo por ojo…

Más recientemente, en 1511 todavía nos preguntábamos quienes podían tener el atributo de persona humana y por lo tanto dignidad. No era fácil para los arrogantes europeos de aquel entonces, embarcados en la tarea de conquista, definir si los indios lo eran. Las leyes de Burgos concluyeron que los indios eran libres, pero que debían someterse a la evangelización forzada. Mucho más adelante le correspondió a los africanos reivindicar su condición, y a la civilización occidental construir un criterio universal que acogiera a todos, sin importar raza, creencia o condición social. Apostamos por la simpleza universalista: “Hombres son aquellos seres que poseen competencia comunicativa, o que podrían poseerla”. Y por lo tanto titulares de derechos universales, absolutos, innegociables, inalienables, y protegidos por la autoridad y los organismos internacionales. Derechos para transitar sin mayores peligros otro de los requisitos del orden social que es la constitución de una autoridad que maneje por cuenta de todos la administración de la justicia y el monopolio de la violencia, con proporción.

Los límites nos salvan de nuestra propia furia, porque el hombre no ha dejado de ser su propio depredador y su propia rapiña. De allí la importancia de la ley fundamental del Talión, ahora superada por leyes más complejas y límites más precisos. No matarás es la reivindicación originaria del derecho a la vida, y no robarás es la contraparte imperativa y categórica del derecho humano que tenemos todos a la propiedad en términos de su uso, goce, disfrute y disposición de los bienes. Insisto, que no se puede enajenar sino en los términos que la Constitución prescribe.

Límites y proporción son esenciales a la hora de hablar de justicia, que le da a cada uno una satisfacción apropiada, sin causar más males que bienes, pensando en el mantenimiento del orden social y en la preservación de los frágiles equilibrios que nos salvan de la violencia y de la pobreza, también originaria. No entenderlo así sólo puede condenarnos a la barbarie de un régimen de vida áspero y brutal. No ha sido fácil. Y sigue siendo harto difícil mantenernos dentro de esos confines, porque el odio, la insatisfacción y la revancha son pasiones que ciegan.

Si existe algo que se llame vergüenza social, entendida esta como un apenarse por nuestra propia condición colectiva, desvalida de principios esenciales, eso me ocurrió cuando aprecié de nuevo la celebración nacional por la confiscación ilegal e inconveniente de CONFERRY. Las redes sociales se llenaron de “bien hecho, se lo buscaron” que santificaban en el contexto de la opinión pública otra decisión arbitraria. De nuevo el dar vivas al verdugo que sin proporción ni límites aplicó con severidad las leyes más primitivas, más antiguas que las prescritas por el milenario código mesopotámico. Observé con dolor que ni siquiera estábamos aplicando la ley del talión, y que por mal servicio nos condenábamos nosotros mismos a la espantosa erradicación de nuestros derechos, entregándonos a las fauces de la iniquidad que algún día nos va a engullir definitivamente.

Por eso la trascendencia de los derechos. Por la ceguera de las circunstancias. Por la osadía del tumulto que grita y empuja, pero que no razona. Ni un atisbo de “por qué hemos llegado a esta situación”, tampoco alguna preocupación por una nómina pública que engorda en términos inversamente proporcionales a las soluciones que provee. Pero tampoco una alusión a los principios, a la garantía que tenemos todos, débil, frágil, frente a un régimen armado y violento que de seguir así nos va a colocar en situación de ruindad y desesperanza. No hay lucha posible si nosotros renegamos de nuestros derechos y del principio de la libertad. Estamos perdiendo la batalla, pero somos nosotros los que lo estamos logrando al alimentar esas ganas infinitas que tiene Chávez de devorarlo todo.

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