EL HOMBRE MÁS IMPORTANTE DEL MUNDO

Alvaro Vargas Llosa

ÁLVARO VARGAS LLOSA

Jobs estuvo al frente de Apple hasta el 25 de agosto de 2011, seis semanas antes de su muerte.

Steve Jobs ha renunciado recientemente al cargo de máximo ejecutivo (CEO) de Apple porque ha aceptado que su misteriosa enfermedad no es compatible con seguir al mando.

El asunto es grave. No es el futuro de Apple, cuyas ventas anuales bordean los 100.000 millones de dólares –dos veces la economía de Uruguay—, lo que me preocupa: o el equipo que formó hará las cosas bien, o el mercado competitivo de la tecnología electrónica llenará ese vacío con otros visionarios como él. Tampoco me preocupa si las acciones bajarán o subirán porque a mediano y largo plazo eso sólo depende de los méritos del negocio.

No, el asunto es grave por el simbolismo. Entre los cuatro o cinco líderes de la imaginación en el mundo, Jobs era el que más imaginaba. En un momento en el que si algo tienen embotado nuestros dirigentes es la imaginación para desfacer los entuertos de que son responsables, el adiós del hombre que más imaginaba no es cosa estimulante.

Jobs era el monarca de esa capa de la sociedad estadounidense que desmiente la idea de que Estados Unidos ha entrado en decadencia irreversible. Aunque la decadencia financiera y política es indiscutible, Jobs, de cuya imaginación individual se derivan nada menos que 313 patentes, era la prueba irrefutable de que Estados Unidos sigue siendo la vanguardia innovadora de la humanidad. No dejará de serlo porque Jobs esté fuera del mando de Apple. Pero que ya no lo esté hace más concebible la desconcertante posibilidad de que eso ocurra algún día.

La capacidad de imaginar, de traducir lo imaginado en materia y de hacer de ese birlibirloque creativo un negocio universal –convirtiendo en necesidad cotidiana inventos que no existían la víspera— había vuelto a Jobs el símbolo del liderazgo norteamericano en aquello de innovar y emprender. Ambas cosas son la esencia de Estados Unidos, donde se innova y emprende más que en ninguna parte todavía, y lo que mantiene a este país a la cabeza.

Si las elites del antiguo régimen hubieran sido como Steve Jobs, no habría habido Revolución Francesa. A nadie le apetece guillotinarle el gaznate a un tipo que abandona la universidad, se encierra en un garaje para diseñar la computadora personal, funda una empresa de la que lo echan, vuelve a ella doce años después cuando está moribunda y la convierte, a punta de productos milyunanochescos de nombres mágicos –iTunes, iPod, iPhone, iPad— en la respuesta tardía al viejo anhelo de Mayo del 68: la imaginación al poder.

En este 2011, apenas un año y ocho meses después de lanzado al mercado, el iPad le generará a Apple más ingresos que todas sus computadoras Mac (linaje que se remonta a 1984) ¿Quién concibe hoy un mundo en el que para comunicarnos, producir, comerciar, aprender y entretenernos prescindamos de algunos de los cacharros de Apple?

Apple seguirá o no siendo Apple. Pero el ocaso de Jobs me da cierta angustia.

•               El Mundo.es

 

 
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