El ocaso de los tiranos

MANUEL FELIPE SIERRA – 

Hombres, mujeres y niños hicieron cola durante cuatro días frente a la cámara frigorífica que guardaba el cadáver de Muamar Gadafi en Misrata. Horas antes, el mundo había visto a través de los medios, el ajusticiamiento del ex dictador en un drenaje de Sirte, su pueblo natal. Culminaban así 42 años de una de las dictaduras más odiadas del planeta y de un sangriento conflicto de ocho meses que implicó la participación militar de la OTAN.

Ocho años antes, el 13 de diciembre de 2003, Saddam Hussein “el hombre fuerte” de Irak fue capturado en su escondite de Tikrit, su localidad natal, después de ser derrocado gracias a la intervención de EE UU y otros países. El 30 de diciembre de 2006 fue llevado a la horca después de un juicio por delitos de lesa-humanidad.

En algún momento, las dictaduras de Irak y de Libia, como otras en un pasado más lejano, desbordaron la resistencia de sus opositores nacionales. Se hizo inevitable entonces el auxilio de factores internacionales para restablecer las reglas del Estado Moderno.

La opinión pública en ambos casos siguió en vivo y en directo el destino final de personajes que, en su momento, desafiaron al mundo, que cubrieron sus crímenes con el manto de supuestas ideologías y que, en mayor o menor medida, llegaron a contar con el apoyo de sus compatriotas.

Ambos tuvieron la oportunidad de entregar el poder o facilitar transiciones que ya resultaban perentorias e inaplazables. Sin embargo, no lo hicieron a tiempo, confiaron en el uso ilimitado de las armas y en el miedo social que les había servido de invalorable apoyo para la prolongación de sus mandatos.

El 11 de septiembre de 2001 fanáticos islámicos a las órdenes de Osama Bin Laden atacaron las torres gemelas de New York y el Pentágono en Washington. Dos años después (sin que tuviera vinculación directa con las operaciones de Al-Qaeda) Sadam veía apagarse un poder que consideraba eterno.

El 17 de diciembre de 2010 el joven Mohamed Bouazizi se inmoló en la plaza de Sidi Bouzid en Túnez. Su sacrificio no sólo significó la huida del dictador Ben Ali sino que encendió la pradera de las Revoluciones Árabes que han dado cuenta de varios déspotas, Gadafi ha sido el último, pero las consecuencias definitivas aún resultan impredecibles.

Se ha dicho que las dictaduras más férreas, como los seres humanos, terminan siendo vencidas por los años. Hoy, pese a su fortaleza, ceden ante acontecimientos aparentemente irrelevantes, pero que tienen el milagroso efecto de cambiar la historia.

Una forma espectacular y festiva han tomado estos implacables “tiranicidios”.

 
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