¿LA NOCHE QUEDÓ ATRÁS?

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
@AmericoMartin

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El doctor Salvador Navarrete guarda silencio en su exilio mexicano mientras en Venezuela lo persiguen las furias. Los hechos fluyen por un carril conocido en la historia del abuso de poder. Navarrete emitió una opinión médica sobre la salud del presidente,  fue citado por el Sebin y partió apuradamente a México. Las autoridades venezolanas, que han hecho un delito monstruoso de cualquier opinión no autorizada sobre el cáncer presidencial, han montado la típica empresa de demolición moral que usan las autocracias contra las osadías y disidencias.

La cosa tiene su abolengo. Cuando el estalinismo decidió desatar una feroz campaña de descrédito contra Trotsky como premisa para clavarle en el cuello una pica de alpinista, el desdichado revolucionario habló de la gran empresa de falsificación que se había erigido en su contra. Empresa, dijo. Empresa repito yo ahora pensando en Navarrete. Una empresa destinada a destruir moralmente a quienes caigan en desgracia, no importa el prestigio que hasta el minuto fatal hubieran acumulado.

Es inescrutable el motivo que llevó al asediado profesional de la medicina a emitir el dictamen que el mundo conoce. No me corresponde ni lo haré, entrar en la evaluación de ese dictamen. No puedo dar por cierto o incierto su contenido. Tampoco esclarecerlo es la razón de este artículo. La verdad se sabrá más allá de las manipulaciones.

Hugo Chávez - Fernando Lugo - Dilma Rousseff

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Siendo un hombre de reconocido prestigio y habiendo pertenecido al partido de gobierno, no se le conocían vínculos con la oposición ni con fracciones internas, pero su pertenencia a la disidencia suave encabezada por el ex rector Fuenmayor revela que no estaba conforme con la forma como se conducía el sedicente proceso revolucionario. Su padre, su abuelo, algunos de sus tíos y él mismo eran respetados en el país, sobre todo por la izquierda, a la que siempre estuvieron vinculados desde antes de la irrupción del audaz teniente coronel que ya lleva 12 años en el poder.

El informe médico es dramático. Predice profesionalmente el tiempo de vida que resta al presidente y explica detenidamente la naturaleza del cáncer que lo afecta, rompiendo el secreto más celosamente impuesto por el gobierno. Por otra parte, el presidente no era paciente suyo, de modo que su diagnóstico se completó –como Navarrete reconoció- en conversaciones con otros reputados profesionales de la medicina. Esa circunstancia fue aprovechada por el gobierno para descalificarlo. Sin embargo, siguen las interrogantes principales: ¿Por qué emitió semejante pronóstico? ¿Lo hizo alentado por sectores del gobierno o del PSUV? Y puesto que mencionó el papel de los militares en el caso de la salida del presidente no faltará quien se pregunte si la audaz iniciativa tiene relación con ellos

Son preguntas difíciles de responder con algo más que conjeturas, y por eso lo recomendable es esperar a ver si hay nuevos episodios en la cadena de estos sucesos

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Pero lo más misterioso es que la descalificación de Navarrete se concentra en negarle validez al informe, sin decir nada sobre el absurdo secreto que rodea una enfermedad cuyo único vocero es el propio enfermo. Ningún médico, ni siquiera los tres que rechazaron oficialmente  a Navarrete, han agregado nada a lo que ha informado el presidente Chávez. Se desmiente al que habló, sin aclararle al país lo que necesita saber.

El presidente paraguayo Fernando Lugo y la presidente de Brasil Dilma Rousseff, padecieron de lo mismo que ahora Chávez, con la diferencia de que el universo siguió paso a paso la evolución de la enfermedad de ambos magistrados a través del único canal válido: los partes de los médicos que los trataron. Lugo ni Rousseff añadieron ni quitaron una palabra. Y como todos sabían lo que había que saber no hubo rumores o especulaciones como las que tan obsesivamente recorren a Venezuela. Lo de Lugo fue ejemplar. Dejó temporalmente su cargo  al vicepresidente para recluirse en una clínica de Sao Paulo. Lo interesante es que el vicepresidente Federico Franco no es persona del partido, entorno, confianza o intimidad del presidente. No es Jagua o Maduro, sino el jefe de la oposición. Como en Paraguay las instituciones y la economía funcionan, que la cabeza de la oposición supliera la del gobierno no escandalizó a nadie. Y por eso el desenlace fue vistoso. Regresó Lugo, Franco le devolvió el coroto y la vida siguió su curso, con aburrida normalidad.

La prueba de que al par que la situación económica, nuestra política es un enloquecido carrusel, está en las pueriles mentiras oficiales, comenzando con el disparate de que el presidente seguía gobernando desde Cuba y por lo tanto nadie podía calentar su silla. Nadie, ni sus más sumisos seguidores pues a Chávez lo asfixia la desconfianza, que es un vicio autopropulsado en los sistemas organizados alrededor de un mandamás rodeado de instituciones de oropel.  El sedicente sistema revolucionario está concentrado en un puño que si se abre, todo se caería. De allí su lógica reaccionaria. Si el presidente tuviera que ausentarse, sería como sacarle la frágil banqueta sobre la que su gobierno está sentado. A diferencia de casi toda Latinoamérica, las instituciones no son confiables y por eso el personaje cree que si no se perpetúa se hundirá Venezuela.

El silencio oculta verdades; también desata luchas internas de efectos asesinos que serían inofensivas a la luz del día. Pero luz es lo que no hay en nuestro abrumado país. Si no que lo desmienta Alí Rodríguez.

La noche, permíteme Jan Valtín, no quedó atrás.

 
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