Nadie hace Versace mejor que Versace

Sofía Ruiz de Velasco

“Nadie puede hacer Versace mejor que Versace”. Con estas palabras titula el Facebook de la marca italiana un álbum con estampados vintage de la casa. Estampados creados por Gianni Versace. Porque nadie hace Versace mejor que Versace. Cuando Gianni fue asesinado en 1997 la conmoción por la violenta pérdida y la solidez de su testamento evitó disputas dentro de la empresa. Donatella se encargaría del diseño, mientras Santo se ocupaba de las finanzas. En el momento en que su pareja, Antonio Damico, Lady Di, Elton John, los Versace, Maurice Béjart y otros amigos ilustres lloraban la pérdida del modisto italiano, los diseños de Gianni se convertían en un tesoro. A partir de entonces el exceso, el sexo, el juego y el poder, señas de identidad de la casa de la medusa, fueron dando paso bajo la batuta de Donatella a diseños sexys y coloristas pero menos barrocos, menos revolucionarios, menos intensos.

Naomi Campbell, Stephanie Seymour, Gianni Versace, Nadja Auermann, Claudia Schiffer y Shalom Harlow. Era 1995.

Quizás era el paso lógico del cambio de era. Quizás era el cambio de emperador. Con la distancia suficiente para mirar con romanticismo a los 90, Donatella ha decidido desempolvar los archivos de la casa Versace. Se los ha ofrecido generosamente a Lady Gaga, asegurando que a su hermano le habría encantado vestirla. Lo ofrece al público Versace con la  reedición de una tirada de las famosas camisas de seda estampadas de Gianni. Con el estampado original, claro. Nos los ofrece a todos en versión low cost con su colección para H&M, que es puro Gianni (pasado por el tamiz de Donatella y del gigante sueco). Ella misma ha confesado que su intención es enseñar a la gente joven cuál fue la aportación de Versace a la moda, qué provocó que las mujeres se volvieran locas en los 90 por los diseños de su hermano.

Gianni Versace fundó su casa de modas en 1978. Siempre provocador, algo insolente y divertido, alcanzó el éxito en los 90. Era el perfecto comercial, su ropa se vendía en una horquilla de precios que la hacía asequible para bolsillos aspiracionales (probablemente fue Versace quien inventó este concepto con Versace Jeans) y alcanzaba precios desorbitados para quienes visten marcas del sector lujo. Diversificó su negocio produciendo vajillas, ropa de cama y otros productos siempre con su sello. Comprendió pronto que la imagen era esencial para posicionar su marca.

Eran los 90. Versace fagocita toda la energía ochentera de color, marginalidad, sexo y libertad. Añade a esa imagen la del lujo italiano ostentoso. Logra en sus colecciones sacar el lumpen de los bajos fondos y hacerlo deseable para una señora de bien. Versace creó una mujer poderosa que mandaba un mensaje sexual evidente. Y no, no era una mujer florero. No era una mujer objeto. Al contrario. La mujer de Gianni Versace no quería complacer a un hombre, quería pasarlo bien y autorizaba al resto del mundo a darse por enterado. Ella dominaba la escena.

La ostentación de la sexualidad de los diseños de Versace necesitaba de un vehículo eficaz. La estrategia del diseñador fue obvia, y perfecta: pagar fortunas a las supermodelos (aquellas top models) para que desfilaran para él o protagonizaran sus campañas. Muchos habrían matado por estar en el lugar de Gianni Versace en momentos como este, donde Stephanie Seymour, Karen Mulder, Helena Christensen, Linda Evangelista, Cindy Crawford y Claudia Schiffer rodean al diseñador. Las propias modelos se derretían por trabajar con él. El cuarteto Evangelista, Turlington, Crawford, Campbell cierra en este vídeo un desfile de Versace. Él consiguió vestir de cuero dominatrix busco a Jacq’s a los cuerpos más deseados de los 90 (sumad a la lista anterior los nombres de Tatjana Patitz, Nadja Auermann, Carla Bruni, Kate Moss…).

 

Liz Hurley, en el estreno de "Cuatro bodas y un funeral" (1990).

Una buena imagen sin contenido no es nada. La ropa de Versace era escandalosa. Elevó la ropa callejera a la pasarela. Cuero, tachuelas, corsés y tirantes conformaban un look sado suavizado. Y los imperdibles. Oh, ¡benditos imperdibles! Liz Hurley, en el estreno de ‘Cuatro bodas y un funeral’, apareció con el famoso vestido de los imperdibles al lado de un soso Hugh Grant al que dudo que nadie mirara. Y ese vestido fue la constatación de que se puede ir vestida sin que se note. Nada más de la calle que una minifalda con un jersey de punto corto. Nada más de campaña de moda que las tops que dominaban el mundo vestidas con minifalda brillante y mini jersey de lana jugando con la inocencia y la sensualidad. ¿Vestidos de plástico? Nunca para algo serio. ¿Vestidos de plástico de Versace? En todas las ocasiones.

Y luego están los estampados que lucían como nadie Linda Evangelista y Cindy Crawford. El estampado Miami, lleno de palmeras, conchas y corales. El estampado de la medusa. Los de grecas romanas. Los de frescos barrocos. Llenos de colores todos. Combinados hasta que dieran dolor de cabeza. Pero eran otros tiempos y aquello que ya hacían en los ochenta marcas de a pie como Le Garage, se convertía de pronto en un símbolo de estatus. Era como mezclar Dallas y Dinastía con Robert Mapplethorpe.

Versace fue una especie de Warhol de la moda. Comercial, fascinado con los bajos fondos y con las referencias populares, pero riquísimo y dueño de un imperio. Se codeó con personajes de todo tipo. Lady Di fue una de sus buenas amigas y clientas. El traje blanco de la portada de Vanity Fair fotografiada por Mario Testino semanas antes de su muerte es solo uno de sus hits. El morado largo con collar de vueltas, el azul de un solo hombro… Versace igual vestía a Lady Di que a Courtney Love, Liz Hurley, Liz Taylor o Maradona. Todos dispares y todos con algo en común, porque para lucir con garbo un Versace había que tener personalidad. Ahora que Versace está al alcance de cualquiera ya hay quien ve en el lanzamiento de la línea con H&M un paso más en desempolvar los orígenes de la firma, que incluye la salida del armario de los archivos de Versace para Lady Gaga y la reedición limitada de las camisas de los noventa. ¿Una maniobra estrictamente comercial? Puro Gianni. Porque nadie hace Versace mejor que Versace.

 
Top