ETA y las FARC

MARÍA TERESA RONDEROS

Envidia es lo único que nos puede producir a los colombianos el reciente comunicado de ETA de que renuncia a la lucha armada. Con todas sus diferencias, estas dos organizaciones clandestinas se parecen en su antigüedad: ETA celebró su primera asamblea en 1962 y las FARC, se crearon como guerrillas comunistas en 1964. Aunque los escépticos aún no se la creen, pues no puso fecha a su disolución ni a la entrega de armas, ETA ha demostrado que su decisión de dejar la guerra para siempre no es sólo de boca, había cumplido un alto al fuego desde enero pasado.

Aquí ha llegado ETA obligada por los golpes militares y financieros, dicen los analistas españoles. Pero las FARC también han sido apaleadas por tres gobiernos sucesivos, pero siguen en pie de guerra, impermeables al sufrimiento que causan a los campesinos pobres, llenas de miedo de negociar una paz desde la debilidad militar. Desde que la fuerza pública  lanzó una ofensiva en su contra en 2002, luego de una fallida negociación de paz,  les mató varios de sus máximos jefes, le diezmó sus filas a la mitad, y  los tiene arrinconados en sus selváticas retaguardias.

Un estudio de la Fundación Ideas para la Paz que acaba de salir, concluye que las FARC no han recuperado la iniciativa militar de la que gozaron por allá en los años 90. Dice el informe que en el primer semestre de 2011, el Estado duplicó a la guerrilla en acciones armadas, pero que aún así, estas últimas consiguieron hacer 279 sabotajes a la infraestructura, emboscadas, hostigamientos y ataques contra instalaciones militares. Eso sin contar los miles de muertos y heridos graves que le han causado al ejército y a la población civil con sus minas antipersonales. Como van las cosas –sostiene la FIP– la guerrilla puede resistir por muchos años, y al Estado le saldrá cada vez más costoso en recursos y en vidas mantener su ofensiva en terrenos cada vez más inhóspitos.

Los dos, Estado colombiano y guerrilla, saldrían ganando si negocian una paz aceptable hoy. El Estado podría destinar los más de 10 mil millones de dólares que según Sipri  que hoy gasta en helicópteros, municiones y demás recursos militares, en pupitres y carreteras y afianzar así la legitimidad que ha perdido en tantos territorios, y que es precisamente lo que sigue arrojando a jóvenes sin futuro a las filas guerrilleras. Las FARC evitarían sucumbir del todo en el barro de la delincuencia, a donde ya se empiezan a confundir con otras bandas criminales, y más bien, desde la acción política legal, contribuir a la verdad y la reparación de sus víctimas.

Hay algunos rumores de que el jefe de las FARC, ‘Alfonso Cano’ está buscando una salida negociada. Y el gobierno, que ha seguido sosteniendo la única posición políticamente tolerable (que no habrá negociación si las FARC no liberan a los secuestrados y cesan sus ataques), presentó hace poco una reforma constitucional al Congreso para cambiar las normas que hagan posible un eventual arreglo futuro.

Pero estos movimientos son aún muy tímidos para vislumbrar un final posible al conflicto armado. Además aquí, se podría decir lo mismo que escribió en enero, el columnista de El País, Daniel Innerarity, ante el anuncio de ETA de que iba a detener su fuego, “nos hemos acostumbrado a tratar los temas de ETA con una mezcla de escepticismo y náusea”. Sólo tendríamos que cambiar la sigla de ETA por la de FARC.

En España, como ETA cumplió su promesa de enero, hay algún lugar para soñar con el fin del terror. Mientras en Colombia, los tiempos son oscuros aún, y es difícil imaginar siquiera que los ciudadanos de las actuales generaciones podremos ver algún días ese titular de “FARC anuncia el fin de medio siglo de actividad armada”.

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