Reelección: una “misión” contradictoria

Argelia Rios

ARGELIA RÍOS
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Convencer a los venezolanos de que su bienhechor bolivariano no padece de la misma adicción al poder que sus amigos caídos en desgracia, resulta cuesta arriba. Revertir esa idea es la dura misión que les toca a los propagandistas del Comandante

El reto era apremiante. Antes de conocerse la mala nueva, ya resultaba cuesta arriba convencer a los venezolanos sobre la pertinencia de la reelección del presidente Chávez. A comienzos de 2011, con la primavera árabe en la escenografía, el objetivo lucía más que desafiante: la revolución necesitaba -como sigue necesitando- razonarle a los venezolanos los motivos por los cuales el hiperlíder merecería un nuevo voto de confianza. Las protestas que se extendieron en el Medio Oriente, en contra de “Libertadores” devenidos en sanguinarios déspotas, se sumaban al listado de obstáculos que “el proceso” requeriría superar para justificar las aspiraciones del Comandante.

Convencer a los venezolanos de que su bienhechor bolivariano no padece de la misma adicción al poder que sus amigos caídos en desgracia, resultaba, y resulta, cuesta arriba. En el trajín de renovar las justificaciones y las razones de esta otra reelección, la terrible noticia de la enfermedad vino a minar todavía más el reto de la nomenclatura roja. Ahora sus integrantes están viendo amplificadas las trabas del cometido, tanto por la dolencia misma del jefe del Estado, como por la detención y ajusticiamiento del “amigo ” Mohamar Gadafi, a quien no le bastaron 42 años para saciar su voraz apetito de poder. Si ya era difícil recrearle al país una atmósfera de irreprochabilidad al ánimo continuista de Chávez, su grave dolencia -junto al molestoso fantasma árabe, revivido con la captura y muerte del “mártir” libio-, se ha convertido en un monumental problema para la claque bolivariana.

En el mes de junio, los focos de la poderosa maquinaria mediática del “proceso” no tuvieron más opción que dar un drástico giro, para transformar el cáncer del Presidente en el tema central de la campaña. Así, con ese vuelco arrojado -preñado de contradicciones- quedaba en desuso todo el programa de “reciclaje” de motivaciones, que se había inaugurado a principios de año, con la Gran Misión Vivienda. La iniciativa buscaba dotar de fundamentos suficientes la aspiración reeleccionista de Chávez. Con luces y fuegos artificiales, el mandatario se proponía renovar las expectativas del electorado y sustituir a las desgastadas misiones sociales, cuya utilidad para estos fines caducó hace ya mucho tiempo.

El caso es que, en medio del tratamiento para someter a la agresiva enfermedad -y nuevamente con la escenografía árabe en la trastienda-, Chávez sigue batallando para convencer a los venezolanos de que se encuentra en pleno ejercicio de sus facultades físicas. Su batalla es tan ardua como ésa que libra contra el cáncer, cuyas visibles secuelas contradicen, en los hechos, la pertinencia y las motivaciones de su reelección. Revertir la idea de la adicción al poder es la dura misión de los propagandistas del Comandante.

 

 
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