GOLPE AL CORAZÓN DE LAS FARC

MAITE RICO

La estrategia de Juan Manuel Santos arrincona a la guerrilla. Se calcula que la organización solo cuenta con 6.000 miembros, frente a los 18.000 que tuvo en los noventa

 “Le estamos respirando en la nuca”. Con esta gráfica expresión, el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, explicaba hace unos meses que el Ejército tenía cada vez más acorralado a Alfonso Cano, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). No era un farol. Esta pasada madrugada, Cano y varios de sus hombres han caído en un enfrentamiento en el departamento del Cauca. El golpe más contundente al corazón del grupo armado que ha ensangrentado el país durante casi medio siglo.

La Operación Odiseo, que ha acabado con el líder máximo de las FARC, comenzó en la mañana del viernes, con un bombardeo a una base guerrillera en las inexpugnables montañas selváticas del occidente andino. Cuando las tropas terrestres llegaron al campamento, encontraron unas gafas, una billetera y unos viejos periódicos… Cano había escapado del ataque, pero andaba cerca. Horas después era abatido, junto a varios de sus hombres, en un choque armado.

A Cano, de 63 años, le pisaban los talones desde que, en mayo de 2008, sucedió en el mando de las FARC a Manuel Marulanda, Tirofijo. El octogenario fundador de la guerrilla había muerto de un infarto en su campamento. Del nuevo líder se dijo que era “intelectual y dialogante”, y hubo quienes aventuraron una inminente apertura de la vía negociadora.

Es cierto que Guillermo León Sáenz, que era su verdadero nombre, tenía formación académica (había estudiado Antropología en Bogotá) y organizaba cursillos de marxismo leninismo. Su procedencia urbana y clasemediera lo distanciaban de los viejos dirigentes guerrilleros, campesinos y agraristas. Pero su ortodoxia ideológica y su disciplina marcial parecían desmentir su “talante dialogante”. A principios de 2008, por ejemplo, ordenó el ajusticiamiento de 40 de sus hombres por faltas menores de disciplina.

De sus dotes negociadoras tampoco ha quedado mayor constancia: Cano ignoró los llamamientos tanto del expresidente Álvaro Uribe como de su sucesor (y ex ministro de Defensa) Juan Manuel Santos, que tras asumir el cargo, hace un año, envió mensajes muy directos al jefe de las FARC. Es más, en los últimos meses, la guerrilla, si bien muy debilitada, había intensificado los ataques contra civiles y fuerzas de seguridad.

Con la muerte de Alfonso Cano, Santos se apunta un éxito decisivo en la estrategia de puño de hierro con guante de seda que puso en marcha con Uribe. Por un lado, presión militar constante. Por otro, mano tendida para los guerrilleros que dejen las armas. La combinación ha sido letal para las FARC. Miles de hombres se han desmovilizado para acogerse a los programas de reinserción (se calcula que la guerrilla no cuenta hoy con más de 6.000 miembros, de los 18.000 que llegó a tener en los años noventa). Además, en los últimos años, la ofensiva militar ha arrinconado a las FARC en las áreas más inhóspitas y ha quebrado su sistema de comunicaciones.

Desde 2007, y fruto del trabajo de los servicios de inteligencia colombianos —sin duda, los mejores de América Latina—, los cabecillas del grupo armado han ido cayendo uno a uno, muertos o detenidos: desde Raúl Reyes al Mono Jojoy, desde Martín Sombra al Negro Acacio.

Sin coordinación y sin liderazgos claros, el futuro de la organización se complica todavía más. Los dos nombres que suenan con más fuerza como reemplazo de Cano (Luciano Marín, alias Iván Márquez, y Rodrigo Londoño, alias Timochenko) viven desde hace años en la vecina Venezuela. Sobre el terreno, la línea de mando y control está cada vez más desarticulada.

Algunos analistas creen que este golpe puede forzar a las FARC a aceptar la rendición y a negociar el desarme. Santos, incluso, impulsa un controvertido proyecto de reforma temporal de la Constitución para crear unos mecanismos de “justicia transicional” que faciliten el abandono de las armas. Pero pocos echan las campanas al vuelo. Desde hace años, las FARC, que engrosan las listas internacionales de organizaciones terroristas, han dejado de ser “la guerrilla más antigua del continente” para convertirse en uno de los nuevos carteles del narcotráfico.

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