ILICH RAMÍREZ

Américo Martin

Desde la cima del Ávila
Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com 

 

Los dos venezolanos que más admiro son Douglas Bravo y Carlos Andrés Pérez
Carlos, llamado “El Chacal”

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Si hay un personaje que espera  ser novelado ninguno mejor que Ilich Ramírez, seudónimo Carlos, remoquete El Chacal.

El narrador de esta novela cultivaría el estilo “realista mágico” por lo insólito, lo  surrealista. Su declaración sobre las muertes que ha causado y el alegato de que Fidel se ha cargado más gente que él, muestra su índole más profunda.  Ha vivido en un clima de valores invertidos que asumió con pasión aventurera. El vasco Zalacaín, de Pío Baroja.

No escribo para criticarlo sino para entenderlo si tuviera elementos suficientes, que no los tengo. Relataré las conversaciones que tuve con él en un encuentro casual cuyos pormenores difícilmente olvidaré. Yo era diputado y había sido invitado a un encuentro internacional a celebrarse en Bagdad. Me alojaron en un hotel importante a la vera del Tigris, el río de los caldeos inventores de la escritura y de los babilonios de Hammurabi.

Bajé a comprar dinares y mientras firmaba mi cheque de viajero observé que alguien miraba por sobre mi hombro. Abrí ostentosamente el pasaporte para facilitarle  su tarea. Lo hice a conciencia de que en Bagdad se concentraban policías de todas las nacionalidades, espiándose unos a otros.

Podía ser de la Stasi, del Mossad, de la CIA, de la KGB, la Surete o del llamado G2 fidelista, qué se yo. Sin pertenecer, según creo, a ninguna, guardaba relaciones hostiles y/o amigables con varios de ellos.

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Camino lentamente hacia el restaurant del hotel. La sombra me sigue. Impasible, sigo andando, hasta que oigo que me llama por mi nombre. ¿Cómo te va Américo?  Volteo. Es alto, catire, gordo sin exageraciones. Se ha quitado los falsos anteojos y me vuelve a preguntar: ¿Sabes quién soy?  Eres Carlos, le respondo con más firmeza que certeza. Es menor que yo. Lo recuerdo vagamente de las lides liceístas. Militaba en la juventud comunista; creo haberlo visto en tumultos estudiantiles de los primeros años 60, cuando yo era presidente de la FCU.

Carlos “el Chacal” era uno de los terroristas más buscados del mundo. Percibí su satisfacción porque lo reconociera sin asombro. ¿Me aceptarías una invitación a conversar? Por supuesto, le respondí sin vacilar. Me animó el hecho de que no hubiera perdido las maneras confianzudas de mis compatriotas. Hablaba con educación y  un punto de timidez.

Saltó de los primeros vagidos insurreccionales en Venezuela al grupo de George Habash, fundador del FPLP, cuya filiación marxista y su ubicación a la izquierda de Yasser Arafat, le facilitarían el camino. Ya metido en el corazón del Medio Oriente, se movía constantemente por el desierto. Héroe para unos revolucionarios y traidor para otros, se acostumbró a todos los ambientes. En aquel momento era un protegido del Baas y no obstante permanecía en clandestinidad

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El presidente de Iraq era Hassan Al Bark, pero el jefe real era el pistolero Saddam Hussein. No sé cuál de ellos lo protegía. “Protección temporal” se me ocurrió decirle, no olvides que estos gobiernos árabes son cambiantes

-¿Qué haces cuando tus amigos deciden atacarte?

-En última instancia voy al desierto con beduinos errantes. Con ellos me siento bien

Había desdeñado conversar conmigo en el restaurant del hotel y en cambio me propuso que nos trasladáramos a un lugar ubicado al lado del bíblico río. Entonces me percaté de la presencia de dos altos y atléticos alemanes que lo escoltaban. Supuse una de dos cosas: que sus conexiones con la Stassi debían ser tan profundas como se decía o que a lo mejor eran militantes de la banda Baader-Mehinjof, grupo que exhibía como un trofeo el asesinato del primer ministro italiano, el demócrata cristiano Aldo Moro, y llevaba una cuenta interminable de sangre derramada y actos terroristas de la peor especie.

Nos sentamos, él con la vista puesta en la puerta, los dos alemanes atentos y en mesas distintas. Abrió un maletín de cuero y pude ver una pistola Magnum posiblemente sin seguro, lista para ser usada.

 Le gustaba tomar Campari. No recuerdo cuantas copas nos tomamos esa vez pero como nunca he sido bebedor, no seguí haciéndolo, tampoco él. Aquel licor espeso y dulce alivió sin embargo el ambiente y la conversación fluyó. Nos vimos varias veces, por iniciativa suya, como es natural. Hasta que un día se fue. Me entregó una chaqueta de cuero.

-Esta chaqueta es solicitada por todas las policías de Europa. La llevé durante el secuestro de los ministros de la OPEP. El venezolano Valentín Hernández y yo hablamos afectuosamente.

Medí en el vuelo de regreso el universo que separaba sus ideas y actividades de las mías. De lo que conversamos  recuerdo muchas cosas. Evocaré dos:

-Idi Amin, un amigo tuyo, comía carne humana.

-Lo dudo. Tiene sentido del humor. Por cierto, admiro a dos venezolanos: Douglas Bravo y Carlos Andrés Pérez

Me asombra oírlo. Pérez era acusado de duro con los revolucionarios. Había nacionalizado el petróleo y guardaba excelentes relaciones con los árabes, cosa que influiría más en sus afectos que la banalidad de perseguir o ser perseguido. Le pregunté si proyectaba regresar.

-Quisiera, pero no duraría dos días. La policía francesa me sigue los pasos.

No hay nada escrito. Chávez lo ha visto vanagloriarse de sus hazañas y aunque no sea muy proclive a disparar, envidia a quienes lo hacen sin miedo. Quiere traerlo en triunfo al país.

La vida es extraña ¡Qué duda cabe!

 
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