“La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura”

La clave de nuestro sistema es el balance entre la formación individual y de grupo. En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Cuando un muchacho toca por primera vez ante sus padres, nace un nuevo ser humano, señala el maestro, creador y director del Sistema Nacional de las Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, quien acaba de recibir el prestigioso Echo Klassik de la industria musical alemana.

Jesús Ruíz Mantilla

1) El maestro considera que los géneros de la gran música tienen su raíz en lo popular

Este economista apasionado de las matemáticas que se decidió por perseguir la utopía de la dirección musical, quizá embrujado por las notas de la Quinta sinfonía de Chaikovski, su favorita, tuvo un día un sueño. Fue a la manera de Martin Luther King: “Llenar Venezuela de orquestas”. Eso, dicho hace 36 años movía a la carcajada, a la burla. Pero él no se arredró. Empezó con 11 músicos en un garaje dispuesto con 25 atriles. El primer día de ensayo sobró espacio. Hoy no caben a lo largo y ancho del país, donde ha abierto 280 escuelas. Hoy es una realidad que ha implantado, además de un sistema pedagógico revolucionario donde se multiplican los prodigios como el ya reconocido joven director Gustavo Dudamel, los incontestables resultados de una inclusión social que ha abierto nuevos horizontes a 400.000 niños y jóvenes -la mayoría, con escasos recursos- en un país azotado por la violencia, el crimen y la inseguridad. Y lo ha hecho a través de la música. Como un visionario. Adaptando las fronteras no a la escueta realidad de los informes, sino a sus propios anhelos. ABC de la Semana reproduce sus reflexiones en la conversación sostenida con el periodista José Ruíz Mantilla, del diario El País de Madrid.

– Cuesta mucho trabajo calificar de orquesta “juvenil” a la Simón Bolívar. La que es formación más importante del sistema, ¿ya ha roto la cáscara, propiamente?

– El hecho es que se trata de una orquesta joven, orgullosa de su condición porque se expresa en términos de vitalidad y entusiasmo sin menoscabo de la excelencia. Ya está fuera de la cáscara, pero ese aspecto no es importante. De lo que se trata es de salir al encuentro con la música y su verdadero sentido. Su verdadera razón de ser, que para nosotros es un mensaje que trasciende lo estético, lo musical.

– ¿Para llegar adónde?

– A algo parecido, en cuanto al contagio, a lo que supuso el boom literario latinoamericano hace años. Ellos han creado un boom que se extiende a otras orquestas, que inspira para configurar una generación de jóvenes con una visión diferente. Una visión que encuentra su máxima justificación en el legado social. Este aspecto transforma nuestro trabajo de manera radical.

 

– ¿En qué sentido?

– Ya no solo sirve la música al mero disfrute, sino que entra de lleno en la esfera de los valores. Ya no se atiene al efecto que pueda causar en la crítica especializada o en ciertos sectores de la élite, sino que busca abrirse a un público más amplio que se deje contagiar precisamente por los orígenes de quienes forman las orquestas: niños y jóvenes, muchos de ellos salidos de barrios marginales, con medios y bajos recursos, comprometidos con sus entornos y sus países y su identidad latinoamericana como prueba de una energía distinta.

– ¿De qué tipo?

– Más unida, más solidaria, con una nueva faz y empujes renovados en cada generación venidera. Los niños que llegan detrás de estos multiplicarán su nivel.

– ¿Cómo logra el sistema un talento global?

– Por el efecto demostración.

– A ver…

– Muy fácil. Por el impacto que un grupo determinado dentro de un conglomerado artístico ejerce sobre el resto de sus componentes. Dando ejemplo, así de sencillo.

– O de complicado.

– El hecho de que esté sentado frente a un atril junto a alguien que toca mejor que yo es una palanca que me impulsa a ascender, a mejorar. Yo viví esa experiencia cuando formaba parte de una orquesta escuela en el Estado Lara.

El efecto contagio

– ¿Y aprendió esa clave de aquella experiencia?

– Allí estudiaba violín junto a una muchacha que tocaba brillantemente. Trabajar con ella, la necesidad de adecuarme a su nivel para ir al unísono, me hizo mejor. Nunca lo olvidé. Y con el tiempo comprobé que ese efecto persistía en todos los grupos. Al principio consigues resultados heterogéneos, pero, al final, los niveles superiores acaban arrastrando a los inferiores. Nunca ocurre al revés, si fuera al contrario, la orquesta se disolvería.

“No dependemos de los Gobiernos, sino de esos frutos que damos” – José Antonio Abreu

– ¿Cómo se llamaba la muchacha?

– Se llamaba Pastora Guanipa. No es que fuera una virtuosa; sencillamente, tocaba mejor que yo. Tuve la suerte de que me colocaran al lado, porque me obligó a demostrar mi valía, y es algo que después compruebo que ocurre todos los días en nuestras orquestas.

– Puro efecto contagio.

– Dinámica de grupo que funciona aún con más fuerza en el campo coral y vocal. La proximidad es mayor, y la voz propia remonta y remonta hasta límites desconocidos.

– Pero ahí existe una frontera física.

– Sí, pero cuando se exprime en él la técnica vocal, el cantante logra traducir lo mejor de sí mismo en beneficio de un efecto conjunto. Se aprecia en el campo infantil. Si el niño canta sin orientación, grita, no controla su garganta ni su respiración.

– Para el efecto contagio en grupo, ¿no es necesario antes una sólida formación individual?

– La clave de nuestro sistema es ese balance entre la formación individual y el trabajo en grupo. No existía eso en la educación musical. El esfuerzo del trabajo propio debe aplicarse a una disciplina de grupo permanentemente, si no, queda en nada.

– ¿El espejo del compañero y el espejo del profesor? ¿O existe algo más?

– Se deben dar tres circunstancias para que funcione todo el engranaje: la disposición individual, la dinámica de grupo y una dirección que ejerza un liderazgo apto para obtener el mejor efecto posible. Esos tres factores son los que proporcionan un gran nivel, cuando falta alguno de ellos, el resultado es irremediablemente mediocre. El sistema se encarga de articular los tres, cuando se conjugan sabiamente se logran los resultados. Esa es la mayor clave de nuestra coherencia pedagógica.

– ¿Y todo encaminado a un objetivo social?

– No puedes encaminar eso en virtud de una comodidad. En el aspecto social, la inclusión es el principio básico. Nuestro lema son los pobres primero y para los pobres los mejores instrumentos, los mejores maestros, las mejores infraestructuras. La cultura para los pobres no puede ser una pobre cultura. Debe ser grande, ambiciosa, refinada, avanzada, nada de sobras. Además, ellos multiplican su efecto, porque son enormemente agradecidos ante el esfuerzo. No es práctico incorporar a su vida esa faceta como si fuera un florero.

– ¿Pero cómo se logra hacerles comprender en determinados ambientes donde la lucha por la supervivencia es una guerra diaria que la música puede ser crucial para ellos? ¿Qué argumento les resulta más válido?

– Cualquier muchacho de un barrio marginal, sometido a las tensiones de la violencia, la inseguridad, el asesinato, el robo, puede elegir tocar un instrumento como algo intrascendente. Pero la mera presencia de ese instrumento en la casa puede volverse fundamental y cambiar su vida. Cuando vives en una cloaca y un maestro toca a tu puerta, con ese sencillo gesto ya estás realizando un acto de inclusión. El instrumento es el cebo, del resto se encarga el sistema. Ambos combinados obran el milagro.

– Habrá fallos, habrá fracasos.

– Muy raro, parece mentira que un simple instrumento obre eso, cuando después se ven atrapados en la red del sistema, raramente regresan a la marginalidad. Nunca más. La marginalidad se ha demostrado algo reversible a través de la música y el trabajo bien organizado. Por una razón muy sencilla.

– ¿Cuál?

– Porque una vez que se empiezan a apreciar los resultados, el muchacho se convierte en un héroe. Cuando hace años se produjo una tragedia en La Guaira, a algunas personas afectadas se las reconoció por su instrumento. Era lo que les diferenciaba en el barrio. Esa es su seña de identidad. Me gusta recordar a Teresa de Calcuta en esto cuando dice que la verdadera pobreza no es la falta de pan, ni de techo, la verdadera pobreza viene de la sensación de no ser nadie.

– Eso es una muerte en vida.

– Yo lo veo constantemente. Cuando un muchacho toca por primera vez ante sus padres, ese día nace un nuevo ser humano. Se produce una revolución en la vida del niño: a partir de entonces es alguien, adquiere una insólita dignidad que da lugar a una especie de constelación de anillos en la que se agrupa su familia; después, los vecinos, la gran comunidad, el gran anillo que lo protege. Las orquestas han cambiado muchas áreas peligrosas en Caracas y las grandes ciudades o en Estados alejados, junto al Amazonas, donde me propuse fundar núcleos del sistema. Lugares donde, si no llegaban los instrumentos, los padres fabricaban los suyos propios con restos de hojalata para tocar en bodas y bautizos. Ni se imagina la gente la emoción tan grande que pudieron sentir cuando les llegaron los de verdad.

La explosión del ritmo

– ¿Los mandatarios entienden tanta abstracción? Usted ha pasado por todos. Ocho presidentes en su país. Parece por encima del bien y del mal.

– Nunca diría eso. No me han podido negar su apoyo jamás porque ahí están los resultados. No dependemos de los Gobiernos, sino de esos frutos que damos. Al principio nos costaba e íbamos a los alcaldes y a los gobernadores a convencerles de la necesidad de implantar núcleos. Hoy son ellos quienes acuden a nosotros, y no solo en Venezuela, llegan a que les montemos su escuela. Todo el mundo quiere su propia orquesta y su propio Dudamel. Hoy, nuestro país entiende que la música le ha colocado en una situación de prestigio internacional. Creo que es importante hacerles ver que existe un progreso en la presencia de la música para articular la sociedad. Además, los ciudadanos cada vez demandan más el arte y la dignidad del artista. Cada vez los ensalzan más y reconocen la labor de los grandes creadores.

– En eso, mucha gente se mostrará escéptica, los artistas sobre todo.

– No puedo hablar por otras partes del mundo desconocidas para mí, pero en lo que se refiere a América Latina siento una enorme receptividad ante el artista y el creador porque son figuras que rescatan a sus sociedades del materialismo, el esnobismo, la cerrazón y lo endogámico.

– Incluso los artistas de más raigambre popular. El sistema implantado por usted no olvida las raíces. ¿Cómo se complementan los mambos con Mahler?

– Los géneros de la gran música tienen su raíz en lo popular. Parten de esa base para elevarlo después a algo más sofisticado. Bach estuvo atento a la esencia de la música del pueblo en su día, algunas danzas son el tema de sus suites para violonchelo, por ejemplo. La música latinoamericana no se puede entender sin esa identidad en el caso de compositores como Villalobos, Ginastera, Piazzolla. ¿Quién es Gershwin en la música del siglo XX sino un músico popular? ¿De dónde sale el jazz? En cuanto a la música que más impacto tendrá en esta época estoy convencido de que será toda aquella que fomente la explosión del ritmo. Sobre todo en nuestro ámbito, la juventud se engancha por ahí.

 
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