LA TARA DEL HOMBRE FUERTE

Tulio Hernández


TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net 

La inauguración la pasada semana del mausoleo dedicado a la memoria de Néstor Kirchner trae de nuevo a la mesa el debate sobre una de las asignaturas pendientes de las democracias de América Latina: la superación de lo que a muchos nos gusta llamar “la tara del hombre fuerte”. Nos referimos a esa suerte de minusvalía colectiva y debilidad institucional que se expresa en la tentación recurrente de los sistemas políticos de la región a buscar protección y rendir culto a las figuras de comandantes en jefe, gendarmes necesarios, mesías y salvadores de la patria, sistemáticamente practicada desde que nos hicimos repúblicas independientes a inicios del siglo XIX.

Mausoleo de Néstor Kirchner

La prensa internacional se ha dedicado a describir el mausoleo. Diez metros de alto. Dieciséis de largo. Dos plantas. Una, a la que sólo podrán entrar sus familiares.

Otra, a la que accederá sin restricciones el público en general. En lo alto, una cúpula coronada por un vitral de dos metros de diámetro que deja pasar la luz natural hasta la planta baja donde se halla la urna con los restos del presidente muerto.

El mausoleo no es el único monumento inaugurado.

El mismo día que se abría el panteón, un grupo de mineros venido de Río Turbio instalaba en la Plaza de Mayo, el escenario de las más grandes manifestaciones de masas de la política argentina, una estatua a la que la gente se acercaba, tocaba y besaba con conmovedora devoción.

No es que no haya razones para celebrar a Kirchner, un hombre que dirigió un gobierno que, sin duda alguna, ha significado la recuperación de un país que recibió desgastado por las crisis económicas, los abusos financieros y el descreimiento político. Pero resulta absolutamente desmesurado que un movimiento que se supone demócrata genere un culto típico de liderazgos totalitarios análogos, a otra escala, al que se dedicó a Lenin en la Plaza Roja o a Franco en el Valle de los Caídos.

La tara latinoamericana del hombre fuerte, esa suerte de maldición militarista que reitera una y otra vez que a falta de instituciones y sociedades sólidas son indispensables los salvadores buenos, ataca de nuevo. Pareciera ser que las élites que crearon nuestros países lograron liberarse de la tutela ibérica, promover culturas y naciones autónomas, incluso construir democracias, aunque resulten deficitarias, pero no fueron capaces de quitarse de encima las pesadas figuras coloniales del rey y sus emisarios todopoderosos, los reyezuelos coloniales, en medio de cuyos abusos se cocinaron a fuego lento de tres siglos las culturas, sistemas de jerarquías y nociones del poder y de gobierno sobre los que se edificarían luego los países que hoy conocemos.

Estatua de Néstor Kirchner

El mundo ibérico avanzó hacia liderazgos democráticos pero de este lado del océano mar nos quedamos atrapados en las figuras de superhombres, padrecitos y caporales ­llámense capos del narcotráfico, presidentes o ricos locales­ que aún hoy copan un imaginario de relaciones sociales oligárquicamente anacrónico.

Los venezolanos somos expertos en el tema. Vivimos en una república que ahora se apellida “bolivariana”; a la que se llega por un aeropuerto internacional llamado “Simón Bolívar”; donde la moneda es el “bolívar”; todas las plazas principales de todos los pueblos y ciudades se llaman “plaza Bolívar”; con una capital cuyo municipio más grande se llama “Libertador”, y su avenida central, “avenida Bolívar”; donde una las primeras tiendas por departamento se llamó “Bazar Bolívar”; la más importante productora de cine, “Bolívar Films”; la universidad técnica por excelencia, “Universidad Simón Bolívar”; y una de las mejores orquestas, “Orquesta Sinfónica Simón Bolívar”.

Por eso, a algunos venezolanos nos asusta tanto, y a otros se les hace tan fácil, el culto a la personalidad. Los “algunos” nos preguntamos: ¿si un país sin petróleo pudo hacer el mausoleo de Río Gallego, de cuántos metros de alto sería uno hecho aquí, con un Estado tan atiborrado de petrodólares que cuando sus funcionarios los llevan como obsequio a Argentina, los billetes se les caen en los pasillos del Ezeiza*?


* Referido al famoso maletín de Antonini Wilson, cuyo contenido fue descubierto en Ezeiza, el Aeropuerto de Buenos Aires.

 
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