Impuntualidad

Peter K. Albers

ALBERSIDADES
PETER ALBERS
peterkalbers@yahoo.com 

 

Pensaba escribir sobre la bochornosa agresión de la que fue objeto el alcalde Parra en el estadio de béisbol el miércoles por la noche, condenable desde todo punto de vista. No se puede dirimir la diferencia de opiniones a fuerza de botellazos y pedradas, aun cuando sea el Presidente de la República el primero en incitar a la violencia. Pero tengo algo que me ronda la mente desde antes, y es el problema de nuestra proverbial impuntualidad.

Cierto inglés, gerente de una transnacional, me preguntaba una vez por qué en Venezuela para las reuniones y actos protocolares siempre invitaban a la media hora. “Siempre ponen las ocho y media, las dos y media, las seis y media…” Le expliqué que eso era por nuestra característica impuntualidad: Si se quiere que la reunión comience a las nueve, se convoca para las ocho y media, y así sucesivamente cuando es asunto es a las tres o a las siete. “Esa es la primera lección, Mr. Smith. La próxima vez le daré la segunda, que es cuando a uno le dicen ‘a golpe de’ y esa es un poco más difícil…”

Monseñor Luis Eduardo Henríquez (qepd) era famoso por su estricta observancia de la puntualidad, y la esperaba de los demás. Consideraba, con mucha razón, que el hacer esperar a los invitados era una desconsideración y falta de respeto. Pasados diez o quince minutos de la hora que indicaba la tarjeta, sin que el acto hubiera comenzado, le hacía una señal a su chofer y discretamente se retiraba del recinto. Poco a poco fue obligando a gobernadores, alcaldes, presidentes de gremios y organizadores de “homenajes” y “reconocimientos”, a ser puntuales.

Pero nuevamente, con su ausencia, la cosa se ha relajado nuevamente, y eso de la puntualidad parece no tener la menor importancia para los organizadores de actos protocolares, conferencias o reuniones de cualquier tipo.

Últimamente he estado en dos actos de “homenajes” a ciertas personalidades de la ciudad. La primera fue convocada para las seis de la tarde, y comenzó a las ocho, cuando el otorgante de los “reconocimientos” se dignó a presentarse en el lugar. Algunos de los “homenajeados”, como otrora Monseñor Henríquez, se habían ya marchado mucho antes. La segunda estaba convocada para las siete de la noche, en el Teatro Municipal. Comenzó a las ocho y cuarto, más o menos. Igualmente, a esa hora ya algunos de los “homenajeados” estaban en sus respectivos hogares, pasando el disgusto. La cosa llegó al punto de que uno de los oradores dejara de lado lo que traía escrito, y con indignación, pero con mucha elegancia, manifestó su disgusto por la falta de respeto hacia los asistentes.

 

Otro cliente que una vez tuve, originario de Sudáfrica, igualmente puntual como los ingleses, me llamaba para avisarme que me visitaría en mi oficina a, por ejemplo, las once de la mañana. Cinco minutos antes estaba detrás de la puerta, esperando que el minutero de su reloj llegara al 12 para tocar el timbre. El asunto se convirtió en un juego, con el cual nos divertíamos, pues aprendí a esperarlo detrás de la puerta, para abrirle antes de que su dedo tocara el pulsador. Era una especie de apuesta.

Tal vez algún día aprendamos la lección de quienes sí respetan el tiempo ajeno, y no nos hagan esperar dos horas calentando las sillas y butacas de los salones protocolares y los teatros.

Ese día comenzaremos a ser un mejor país.

 
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