JINETES DEL APOCALIPSIS

Américo Martin

Desde la cima del Avila
Américo Martín
@AmericoMartin
amermart@yahoo.com

Ellos son la fatalidad, son como jinetes del apocalipsis
Hugo Chávez

 

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Aunque no resulte difícil asustar a un hombre que saca continuamente diablos amenazantes de su estrellado sombrero de farsante de feria, el debate de los aspirantes de la alternativa democrática parece una buena razón para entender sus temores. Hablaré de ese acontecimiento, de ese hito en la lucha por la democracia, no sin referirme antes a las irregularidades que están lastrando la conducta presidencial con más intensidad que de costumbre, lo que ya es decir.

No sé si la curación a que está siendo sometido explique su conducta, su obsesiva angustia de hacerse presente en cada acto con el fin de recordarle a todos que la presa es suya y de nadie más. Juega con su salud, canta, baila, le puya la barriga al vecino. Desea que creamos que definitivamente se curó. Si lo dejara ahí, bastaría. No tendríamos por qué dudar de su palabra. No obstante, él mismo sale a decirnos que se aproxima la victoria contra el mal. En otras palabras, se curó pero no se curó. ¿Qué quiere que pensemos los demás, presidente?

No cesa de hablar de magnicidios y golpes en ciernes cada vez que la alternativa democrática hace algo. Nunca precisa ni presenta hallazgos que sirvan para fundamentar sus aburridas reiteraciones. Pues bien, es este hombre con sus dolencias y perturbaciones el que debió resolver qué hacer con el debate de cinco aspirantes opositores convocado brillantemente por los estudiantes universitarios. Y así como las primarias están siendo organizadas con más profesionalismo, transparencia y eficacia que los procesos convocados por el CNE, el debate en la UCAB estuvo mejor presentado que todo cuanto haya hecho el gobierno en 13 años.

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¿Cómo impedir que la excelencia del acto le echara en cara la costosísima ineptitud de los suyos? ¿Cómo evitar que los oradores mostraran un recrecido liderazgo al que no le alcanzan sus epítetos?

Atolondrado, convocó una cadena mientras se tomaba tiempo para hacer algo. La condena nacional y mundial fue inmediata: tienes miedo, atrévete a escuchar a alguien que no seas tú mismo. Sintiéndose arrinconado, reculó y sobre la marcha se asió al resobado arsenal de las descalificaciones. Quiso burlarse del debate con una risa forzada. Para su desgracia el mundo lo había presenciado, de modo que quedó en falsa posición  y a contrapelo le dio más proyección a lo que hubiera querido que pasara desapercibido. Creyéndose profundo comparó a los oradores con los jinetes del apocalipsis. ¿Pero presidente hasta cuándo la manía de citar libros que no ha leído?

El autor de esos jinetes, fue el novelista republicano español Vicente Blasco Ibáñez. Los interfectos son cuatro y no los cinco aludidos por usted, señor. Hasta no falta quien los vea más afines a usted que a ellos. El primer jinete apocalíptico  es el que se hace pasar por Cristo, un falsario disfrazado de divinidad. El segundo es el que destruye la paz con una gran espada (no estoy insinuando que sea una nueva réplica de la de nuestro Libertador) El tercero es la muerte y el cuarto la hambruna, la plaga y la enfermedad.

Los cinco jinetes (los cuatro apocalípticos se los cedo a usted) cumplieron la tarea y ahora la unidad es más sólida, el entusiasmo por el cambio es mayor y el desconcierto en la acera gubernamental toca el cielo. El contraste es impresionante: mientras aquí se puede debatir sin insultar a nadie y sin perjuicio de la amistad y la unidad, allá nadie habla; atemorizados, están sometidos a un jefe caprichoso y algo torpe al que le han entregado el alma.

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Nuestro presidente es inimitable. Su caso es personal. Ha logrado construir un modelo con su recetario primario para uso de algunos de sus aliados, pero su estilo es difícil de transferir. Nadie insulta y degrada a quienes piensan distinto, como lo hace él. Los simplismos escolares que manchan sus discursos no siempre se pueden repetir sin rubor en la cara. Pero su gran problema es intransferible. No está bregando con una oposición biológicamente desunida, como en Nicaragua, Ecuador o incluso Argentina, sino con una unión adversaria que alcanza la fuerza de las religiones. De las religiones, sí, como la que enfrentó a la dictadura de Pérez Jiménez: nadie se atrevía a cuestionarla y menos a romperla. No hay intriga que valga -y menos después del debate- contra la alternativa democrática. Nadie duda que el ganador de las primarias será respaldado hasta por el gato. El 12f el mundo verá como los competidores levantan la mano del vencedor, sin dudar del pronunciamiento de la CEP

¿Una religión la unidad democrática?  No en el sentido de las iglesias, por supuesto. Pero sí entendida como una fuerza estructurada alrededor de la fe. La idea no es mía. Llegó a hacerla suya hasta José Carlos Mariátegui (1894-1930), el más célebre de los comunistas americanos  Comprendiendo que su causa no avanzaría con base en dudosas teorías, soltó el exabrupto de que el comunismo era una religión.

Vamos, José Carlos. Lo que haya sido quedó sepultado debajo de los escombros del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989. En Venezuela, lo que sea el socialismo siglo XXI lo será, modestamente, el 7 de octubre de 2012

¡Cosa más grande le pasa a uno cuando pierde la brújula y el santo se pone de espaldas!

 
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