UN AGUAFIESTAS LLAMADO HENRI PITTIER

Ibsen Martínez

IBSEN MARTÍNEZ

A los pocos venezolanos a quienes les hace tilín ese nombre lo asocian con un parque nacional que alberga un retazo de bosque tropical húmedo amenazado hoy por las invasiones ilegales y por el ecocidio.

Henri Pittier

Henri Pittier

1) ¿Sabe el lector cuál era la productividad del arbusto cafetero promedio en la Venezuela de 1913, año en que comienza la era comercial del petróleo en Venezuela?

Hagamos presente al lector, para dramatizar la comparación, que un arbusto costarricense promedio arrojaba, hace cien años, una cosecha de dos kilogramos. ¿Los nuestros? Menos de… ¡300 gramos!

Tal es el panorama sorprendente y desolador que nos mostró quien fue en vida una suprema autoridad a la hora de justipreciar el estado de nuestra agricultura a principios del siglo XX. Nada menos que un botánico de origen suizo, especializado en fitogeografía y, para colmo de superlativos, cultivador él mismo de café en Centroamérica durante las mejores décadas de uno de los mejores ciclos cafeteros que haya tenido Costa Rica.

Este sabio trabajaba como experto en la Secretaría de Agricultura de los Estados Unidos, en Washington y vino a Venezuela porque lo mandó a buscar expresamente el gobierno de Gómez.

Se llamaba Henri Pittier y los pocos venezolanos a quienes les hace tilín ese nombre lo asocian con un parque nacional que alberga un retazo de bosque tropical húmedo amenazado hoy por las invasiones ilegales y por el ecocidio.

A Pittier le encomendaron justamente que hiciese una evaluación exhaustiva de nuestra agricultura. Encontró la mayoría de nuestros cafetales degenerados a un extremo solo explicable por más de medio siglo de guerras, de incuria y abandono; por bárbaras técnicas de cultivo y de cosecha. Escuchémosle evocar aquella, su primera visita, en carta al doctor Vicente Lecuna:

2) “En 1913, en mi primera visita aquí, tuve la oportunidad de una conversación con el entonces ministro de Instrucción Pública, doctor Guevara Rojas […] Le hice ver lo anticuado de los métodos venezolanos en esta rama de la agricultura y el perjuicio que se infligían a sí mismos los cafetaleros. Tanto entusiasmo despertó nuestra conversación en el ánimo del señor ministro, que en el acto me exigió una conferencia pública sobre la materia. A la salida, estando el ministro y yo parados en el edificio, oímos uno de tres señores plantados frente a nosotros exclamar: ‘¡Ese musiú que quiere venir a enseñarnos a cultivar el café'”.

3) El testimonio del sabio Pittier es sólo uno entre una abrumadora masa de evidencia que señala en dirección del pésimo desempeño de la ¿élite? cafetalera criolla durante la segunda mitad del siglo XIX y no en dirección del petróleo como sospechoso habitual de todo lo que ha salido mal entre (digamos) 1870 y la llegada de la Butch Cassidy Petroleum Co. en 1908.

4) Con sobrada razón, Manuel Caballero, uno de nuestros más perspicaces pensadores, señalaba:

“Se habla de la ruina de la agricultura. Pero ¿de qué ruina se habla?, ¿de cuál agricultura? Venezuela, hasta la aparición del petróleo, era una economía de subsistencia con apenas dos productos que producían excedentes: el café y el cacao. No se puede hablar de la ruina de la agricultura porque eso obliga a suponer que la agricultura se hallaba en una situación próspera, y ese no era el caso”.

Aquella élite de “abogados con ideas generales”, como la describió un embajador europeo de época, que ya había fracasado rotundamente en su empeño de más de ochenta años por instaurar una república pasablemente liberal y por insertarse en el comercio mundial con un producto tropical, se vio de pronto ante un problema que desbordaba sus capacidades: construir un modelo cognitivo de lo que significaba para ella el hallazgo de vastos yacimientos de hidrocarburo bajo sus pies.

Un vástago esclarecido de esas élites fue Arturo Uslar Pietri. El pueblo venezolano lo ha tratado con rara justicia poética: no hizo presidente de la República en 1963 al hombre que se resistió hasta el derrocamiento a que las mayorías venezolanas accedieran al voto universal, directo y secreto, pero lo compensó con creces haciendo suya una frase que resume un programa: “sembrar el petróleo”.

Esa frase informa de manera inconmovible las representaciones que el venezolano hace de sí mismo, de su suerte como nación y hasta de su fortuna moral.

A la muerte de Uslar Pietri, la prensa escrita y radioeléctrica se llenó de notas necrológicas que hablaban de nuestra “orfandad intelectual” y hasta de la necesidad de “sembrar úslares”. Se lamentaban todas de que el autor de Las lanzas coloradas no hubiese logrado hacerse escuchar.

Pero, si se miran bien las cosas, resplandece la paradoja de que el populismo venezolano no ha hecho otra cosa que hacerle caso a su archiadversario de medio siglo. La verdad verdadera es que, a despecho del propio Uslar Pietri, no hemos hecho otra cosa que “sembrar el petróleo”.

Y basta asomarse a la ventana un siglo más tarde para ver los desastrosos resultados.

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