LO QUE SIGUE CON LA MUERTE DE CANO

María Teresa Ronderos


MARÍA TERESA RONDEROS

 

El gobierno de Juan Manuel Santos anunció que el jefe de las Farc, Guillermo León Sáenz, cuyo nombre de guerra fue Alfonso Cano, fue muerto ayer en una operación militar en una zona selvática escarpada,  cercana a Los Farallones, esos empinados riscos entre Cali y la Costa Pacífica colombiana.

Cano es el cuarto miembro del Secretariado, el cuerpo directivo de esta guerrilla de siete miembros,  que cae a manos de las Fuerzas Armadas en apenas tres años. Desde 2008 han matado al Mono Jojoy, Iván Ríos y  Raúl Reyes, y su jefe histórico, Manuel Marulanda, murió de viejo. El Estado colombiano además  diezmó sus fuerzas, y de una guerrillas gordas y boyantes, con unos 30 mil combatientes que tenían amedrentada a la sociedad colombiana a punta de secuestros y extorsión, hace una década, pasamos a los siete mil hombres, mujeres y niños en armas, hoy (la cifra simbólica más usada porque nadie sabe bien cuántos quedan). De una ofensiva exitosa que llegó a ganar combates abiertos con la fuerza pública, las Farc involucionó a una estrategia de guerra de guerrillas clásica, de minas antipersona, emboscadas y francotiradores.

Las Farc,  heridas de gravedad, quedan  con la muerte de Cano en un dilema mortal. Es mortal porque si, aún después de este golpe,  insisten en más de lo mismo,  estarán destinadas a desaparecer en el barro del desprestigio. Si siguen como la guerrilla terca, encerrada en su propio miedo que han sido durante cincuenta años, como si nada hubiera pasado  y anuncian que ‘Bertulfo’ u otro ocupará el asiento de Cano en el Secretariado, y quizás Iván Márquez o Timochenco ocupará su cargo de jefe; y hacen de cuenta de que ahí quedarán completos los siete jinetes de su cruel guerra anacrónica, junto con Joaquín Gómez, el médico Mauricio y Pastor Alape, entonces se condenarán a ser recordadas por nada más que por su insensatez, su inhumanidad, y el costo en vidas, en recursos, en descomposición social que le causaron al país.

Si por el contrario, reaccionan con el campanazo de la muerte de Cano, y su respuesta no es la de volar otros soldados, o atacar a otro pueblo Nasa de dignos resistentes, sino es la de liberar masivamente a los secuestrados aún en su poder y proponer una negociación rápida, sin más exigencias que las de ofrecerle al país verdad y reparación a sus víctimas, su historia será escrita de otra forma. El país podrá algún día, cuando pase la rabia y el dolor, decir que aunque tarde, al final tuvieron el coraje de evitarnos otra década de una guerra inútil.

Podremos estudiar en los libros del futuro que un día las Farc se destaparon los oídos y se quitaron los tapaojos, y vieron con claridad, que lo más revolucionario que podían hacer, era sacar la bandera blanca. Así evitaron que los colombianos desperdiciáramos billones de pesos en máquinas de muerte, y se los invirtiéramos más bien a una vida mejor para los más vulnerables. Y, lo mejor, la gente pudo volver a protestar, y exigir cambio social, y construir igualdad en el país más desigual del continente, sin que nadie pudiera tildarlas por ello de ser amigos de la guerrilla.

 

@ELPAIS

 
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