APOCALIPSIS NOW

Tulio Hernández


TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net  

 

1.

La fotografía de un voluminoso camión de basura literalmente devorado por un hueco de alrededor de 16 metros cuadrados que se ha abierto a sus pies, o mejor a sus ruedas, en medio de una calle del centro de Caracas, sin que haya ocurrido un terremoto o un deslave, es una imagen a un mismo tiempo extravagante, desoladora y triste. Una prueba más, irrefutable, de la debacle física, gerencial e institucional que padece un país desvencijado llamado Venezuela.

Las notas de prensa de algunos diarios locales del miércoles 30 explican lo sucedido. El pavimento, socavado por las aguas negras que desde hace años, sin mantenimiento, circulan bajo la superficie, cede ante el peso del vehículo. El camión, que ha quedado atascado en la grieta con los cauchos delanteros en el aire, al caer revienta las tuberías subterráneas de gas. De inmediato un incendio comienza. Las llamas achicharran rápidamente el vehículo, salvo la basura que viaja herméticamente guardada. 400 vecinos, cuyas viviendas se quedan sin servicio de gas y electricidad, son desalojados en plena madrugada. Y, como regalo adicional, los intentos de sacar el camión de la fosa con grúas comunes fracasan una y otra vez a lo largo del día. 15 horas después, confirman los vecinos, el camión continúa allí creando una tranca descomunal.

 

2.

La imagen no pasaría de extravagante, un accidente, si no fuera porque sucesos como éste se han convertido entre nosotros en monedas de curso común.

Es lo que la torna desoladora y triste. El desastre, en el sentido más técnico del término, forma ya parte de nuestra cotidianidad. Hemos dejado de ser una nación o un país para convertirnos en una inmensa maquinaria de producción de malas noticias y malestar profundo, acoso e incomodidades reiteradas para sus habitantes.

Los marines ­como les gusta predecir a los escasos intelectuales orgánicos de la boliburguesía­ aún no han desembarcado, la fuerza aérea del imperio no ha comenzado a bombardear, pero lo que nos rodea podría hacernos creer que estuviésemos en guerra.

Centenares de ciudades se han acostumbrado a pasar diariamente largas horas sin servicio eléctrico. Es común que el Metro de Caracas suspenda su servicio por causa cualquiera; tan común como que carreteras y autopistas, puentes y viaductos se desmoronen y grandes baches dificulten el flujo.

Por la incapacidad oficial de construir un gran refugio bien acondicionado, miles de damnificados por las lluvias son reubicados al azar y por la fuerza en hoteles, escuelas, cuarteles e, incluso, en el palacio presidencial. Ya nadie se alarma al no encontrar en los mercados leche, huevos, café o toallas sanitarias. Toneladas de comida se pierden cíclicamente ya que los puertos no se dan abasto, atiborrados como están de contenedores con alimentos importados (80% de lo que consumimos) de países vecinos, porque nuestra agroindustria ha sido desmantelada a fuerza de invasiones y estatizaciones.

Decenas de muertos son recogidos en las calles todos los fines de semana asesinados con las mismas balas que el Gobierno fabrica, a cargo de Cavim.

Mientras que, como un gran ejército de la hipocresía, miles de camisas rojas salen periódicamente a las calles a pintar brocales y colocar flores en las calles por donde suelen pasar los presidentes invitados a eventos internacionales para hacerles creer que “tu país está feliz”.

 

 

3.

Miro una y otra vez la fotografía del camión en la fosa y encuentro una contundente alegoría. Parece una instantánea de esas películas hollywoodenses de grandes animales en cautiverio. Pero en vez de un cetáceo, presiento que se trata del país.

Venezuela. Está atrapado. Atascado en un hueco. Lleva una inmensa carga de basura. Tiene la mitad de su cuerpo metido en aguas negras. Las ruedas, que podrían ser los pies, impotentemente en el aire, sin poder apoyarlos para echar a andar de nuevo.

Y la cara, si es que los camiones tienen cara y los faros son los ojos, mirando hacia el cielo como implorando ayuda.

Una fuerte grúa de voluntad política.

@ELNACIONAL

 
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