El ABC de Carlos Cruz Diez – Pintor y maestro del cinetismo

Estamos viviendo una nueva civilización. Pronto va a surgir otro Duchamp que le va a dar una pedrada al vidrio y va a abrir otro camino, dice entre otras reflexiones el artista plástico venezolano en una entrevista publicada originalmente en la revista Cata y que reproducimos para los lectores de ABC de la Semana.

 

Álvaro Benavides La Grecca.

 

“Sueño con mucha frecuencia con la obra” – Carlos Cruz Diez

Acostumbrado como quizá está ya desde hace mucho a que en todos los lugares del mundo que visita se le hagan las mismas preguntas que suelen formularse a las grandes estrellas del universo de los famosos, cuando le pedimos que nos diera una entrevista recientemente en Bogotá, lo primero que hizo el maestro Carlos Cruz Diez fue lanzarnos una advertencia: “No me preguntes lo que le preguntaron a Luis Alfredo”. Se refería al pintor Luis Alfredo López Méndez.

 

– ¿Y qué fue lo que le preguntaron?

– Si volviera a nacer, ¿qué sería?

 

– ¿Y qué dijo él?

– Él mismo, pero más grande.

 

– Comencemos maestro: ¿Cuál es la curva del arte hoy en el mundo? ¿Dónde estamos?

– Lo que estamos viviendo es una nueva civilización. Hay un desconcierto muy grande, todos nos sentimos incómodos porque estamos viviendo el fin de lo que se planteó el siglo XVII. Se culminó la ciencia, la matemática, la filosofía, la música. Y lo hemos llevado a bien y ha surgido algo nuevo: la posibilidad de compactar el tiempo. Hoy compactamos el tiempo, porque se muere un pollo en Sri Lanka y a los 30 segundos todo el planeta lo sabe. No hay cómo gerenciar esas nuevas aperturas que ha dado la sociedad. Y la otra cosa es que surgió la información, la información existente hoy, que está asociada a la velocidad de compactación del tiempo. Cruz Diez se pregunta: “¿Cuál era antes la información? Antes la información era la pintura, era la imagen, era el libro impreso en pocos ejemplares. Hoy en día cualquier persona puede hacerse conocer. Un poeta puede publicar sus libros. Figúrate lo que era antes un poeta: Un tipo con un papelito en el bolsillo pidiéndole a un amigo que escuchara el poema que acababa de componer. Hoy en día ese poeta abre internet, publica sus poemas y el planeta entero se entera”. También la música, “Nunca se había oído tanta música como hoy. Pobre Mozart, que odiaba dirigir porque todas las orquestas entonces desafinaban. ¿Cómo podía afinarse un violín o una viola con cuerdas de tripa de conejo? Imposible. Antes no existía la posibilidad de que yo pudiera hacer música sin necesidad de tener una orquesta. Hoy lo puedo hacer yo solo. También puedo hacer cine”.

 

– ¿Pero que tiene que ver todo eso?

– Ya va, Ya va, para que tú veas dónde vamos a llegar. ¿Qué sucede? Todos esos nuevos componentes han variado. Lo único que no ha variado, y que se ha quedado todavía en el siglo XIX, es el discurso político. El discurso político es incapaz de gerenciar lo que está sucediendo, porque su razonamiento y su logística son totalmente arcaicos. Por eso tenemos los problemas actuales. Algunas ideas formidables y maravillosas han perdido vigencia. Hoy en día el proletariado está en un teclado. Es decir, nosotros podemos cambiar el emblema del partido comunista, de la hoz y el martillo, por el de un dedo y una tecla. No se sabe cómo gerenciar, cómo enfrentar esta nueva situación. Y el arte sufre las mismas consecuencias. ¿Por qué?, porque cuando el arte estaba dedicado a la información, lo utilizaban los monarcas y las religiones para hacerse conocer, para difundir sus ideas. A partir de esas ideas se establecieron códigos de trasposición de la realidad, de transposición de la naturaleza. Había que dibujar muy bien un hombro, había que dibujar muy bien una mano para que se entendiera lo que se estaba diciendo: como una gramática. Cuando ya no es necesario que eso sea lo fundamental del arte, porque ya hay otros medios de difundir las ideas, queda lo que es la esencia del arte, que es lo que siempre ha sido: la necesidad del hombre de comunicar, porque el arte es comunicación. El arte tiene muchos componentes.

 

El artista considera que la perfección es una ilusión.

– Pero como usted dice es una necesidad…

– Es una necesidad inaplazable de decir, de comunicar, de investigar, de descubrir, y de inventar. Y esos componentes nos llevan a que el arte quedó en su esencia, que es comunicar lo que el hombre siente, dar al espíritu de los demás los mensajes de lo que yo he pensado, de lo que yo he descubierto y de lo que yo creo que son nociones fundamentales. Eso es el arte. En el fondo, ¿qué es eso? Inventar. El arte cayó en una academia, como te decía, porque era el mismo sistema que se inventó desde las cavernas, desde Altamira. Un soporte con la esperanza, con la ilusión de detener el tiempo. Allí se contaba una historia para que el futuro la viera. Eso dura hasta el siglo XX, cuando surgen movimientos contestatarios de ese único mecanismo que utilizaba el artista. Es el momento de los Dadá, de Duchamp, que tiran unas pedradas, rompen las vitrinas, se abre un mundo inmenso de nuevas posibilidades, porque se dice ya definitivamente “yo no necesito representar, yo lo que necesito es inventar”. Se le dio la autonomía a la superficie donde el artista se expresaba. En eso fue en lo que se convirtió la pintura, de allí la pintura abstracta, la pintura geométrica, el arte constructivo. Duchamp rompe esas supuestas nuevas academias que se habían creado de formas, colores y manchas sin ninguna referencia a lo real, y abre el mundo de las ideas, de los conceptos, con una idea fundamental: “Todo puede ser arte, yo soy el que decido qué es lo que es arte”. Como todo lo que el hombre genera, tiene un ciclo. Primero, decirle a la gente: esta es la noción de arte. Toma mucho tiempo que la gente termine por aceptar esa verdad que tú le estás diciendo. Después viene la perversión de esas ideas, que es lo que se llama decadencia. Hoy vivimos la decadencia de Duchamp, la cola, el fin de Duchamp. Y estamos de nuevo en una cadena. Estoy convencido de que pronto va a surgir otro Duchamp que le va a dar una pedrada al vidrio y va abrir otro camino.

 

“Yo no me inspiro yo reflexiono”

 

– ¿Qué papel juega la perfección en el arte?

La perfección es una ilusión, porque para los filósofos la perfección es la imagen de Dios, y eso era lo que querían la Academia y los artistas del pasado. Acercarse a Dios haciendo todo lo más perfecto posible.

 

– ¿Usted ha buscado la perfección en su obra?

– No. Yo borré esa palabra de mi vocabulario, porque eso pertenece al pasado. Yo lo llamo eficacia.

 

– Y ¿en qué se diferencia eso de la perfección?

Es cuando los grandes escritores que conocemos llegaron a la eficacia de decir exactamente lo que ellos querían decir, con las palabras puestas en el lugar preciso para emocionar. Eso sería lo que se quedó en el pasado, dibujando bien una mano, dibujando bien un paisaje: imitar lo más posible a lo que Dios creó. Para mí lo importante es ser eficaz en lo que quiero decir, porque toda palabra que tú lanzas tiene muchas interpretaciones. ¿Cómo lograr que esas palabras tengan el significado que tú quieres tengan?

 

– ¿Usted cree que esa necesidad que tiene el artista de comunicar es la misma necesidad que tuvieron los artistas que escribieron las grandes obras de la literatura, o los que compusieron las grandes obras musicales? ¿Sigue siendo el mismo objeto del arte comunicar lo que el artista tiene en la cabeza?

– Porque eso es condición. El arte es condición del hombre. Lo vimos, pues en las cavernas. ¿Por qué lo hizo? ¿Y por qué lo hizo tan bonito?

 

– ¿Quiere eso decir que todos somos artistas?

– No. Somos sensibles a un mensaje que es abstracto. A nociones. El arte es una noción. Muchas cosas son nociones, como la palabra libertad, que es una noción. Tú puedes estar libre y sentirte preso y estar preso y sentirte libre. Son nociones, Y el arte es una noción. Nosotros le damos significados de acuerdo con las necesidades espirituales de cada generación. Lo acabamos de hablar: cuando surge el Dadá y el rechazo a la pintura que se hacía hace siglos, es porque existía la necesidad de decir, de decir con otros instrumentos pudo haber sido la palabra, la música, pero decir y comunicar. Y eso es una constante. La noción de artista, eso es nuevo, eso es del siglo XVIII, eso no existía antes, el artista era como el que hacía el pan, el que hacía zapatos, era un artesano. Hacía, y arte quiere decir hacer. Pero el artista se metía en los talleres porque ese muchachito sentía la necesidad de hacer, de hacer ese tipo de actividades.

 

– ¿Con qué sueña usted? Despierto, dormido.

– Eso me recuerda a José Antonio Ramos Sucre, que era de la generación de mi padre. Era el único que quedó de esa generación. “Era un tipo raro”, me decía mi papá, porque cuando se le preguntaba “¿Cómo estás José Antonio?”, él respondía: “Aquí, disfrutando el inmenso placer de estar solo”.

 

– Insisto, ¿Con qué sueña hoy, en este momento de su existencia?

– Sueño con mucha frecuencia con la obra. Y en el sueño han surgido ideas, que por la mañana las anoto. Y no funcionan. Muchas ideas que en los sueños veo perfectamente realizables, pero cuando en la mañana trato de materializarlas, no funcionan.

 

– ¿Cómo es el proceso de creación de un artista como usted?

– Yo no me inspiro, yo reflexiono, y tú lo sabes. Ten en cuenta que una de las cosas fundamentales del arte es el asombro. El artista es aquél que hace un resumen de la sociedad. Por eso es que hay que pensar mucho, reflexionar.

 

– Yo recuerdo una obra suya en una planta de producción de leche en Caracas. ¿Pensó alguna vez que esa obra tendría algo que ver con producir mejor leche, con la felicidad de las personas que trabajan allí?

– Eso tenía un sentido político, eso estaba dirigido a la gente, a los que allí trabajaban, a los que estaban todo el día allí. Para animar un poco su rutina.

 

– ¿Esa obra tuvo el mismo concepto y sentido que tienen las grandes ambiciones, como por ejemplo la que está en el Aeropuerto de Maiquetía?

– Todo mi trabajo, tú sabes que yo creía, como también me lo has oído decir muchas veces, que haciendo mis cuadritos yo podía darle solución a los problemas circunstanciales de la vida del país. En esa época se confundía el arte panfletario del realismo socialista, y del muralismo mexicano, con el que tú creías darle solución a los problemas sociales pintando un cuadro. Y no es lo mismo decirte que tú eres pobre a solucionarte la pobreza. Esos cuadros lo que te decían es que tú eres pobre, y que vas a seguir pobre. Todo eso me hizo cambiar, y me di cuenta de que yo quería que la gente participara en el arte. Porque de muchacho me preguntaba: ¿Por qué el artista tiene el privilegio de que venga alguien a hacerle honores a algo que él hizo?, entonces el carpintero que fabricó una mesa, el obrero que levantó una pared, también merecen que se les rindan honores. Y también me decía: lo que yo haga debe ser parte de los que lo ven y se sientan partícipes de la obra. Simplificando, que yo era la mitad y que el otro completaría la otra mitad.

 

 
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