La diáspora

JESÚS HERAS – 

La más grave secuela que dejará la “revolución” de Hugo Chávez será la diáspora de la juventud. Opositores o no, chavistas o no, gran parte de nuestros jóvenes talentosos han preferido emigrar.

El deterioro profundo que en el plano de la infraestructura física ha producido la desidia, la negligencia y la corrupción, hablamos de carreteras, de la generación eléctrica, del suministro de agua potable, etc., y en el plano de la producción también, nos referimos al cierre o confiscación de fincas y empresas productivas, se refleja en el plano humano en la pérdida de buena parte de las generaciones que han emergido durante su mandato.

Es inevitable que ello ocurra. Mientras la inseguridad, el caos urbano y el costo de adquirir una vivienda se multiplica,  la posibilidad de obtener un empleo estable y bien remunerado o de tener algo que se pueda denominar simplemente “futuro”, se ha convertido en una quimera.

Con un sector industrial disminuido, y el campo convertido en un erial, los jóvenes al graduarse, cruzan un umbral que los lleva, salvo contadas excepciones, a escoger entre emigrar o utilizar su espíritu empresarial para manejar un taxi o montar un tarantín. Claro, también existe la posibilidad de “buscar una contacto” o de actuar fuera de la Ley.

Graves daños adicionales ha producido la revolución chavista. El índice de asesinatos, por ejemplo, se ha cuadriplicado, y las víctimas son sobre todo jóvenes pobres, envueltos en la lucha armada que se libra por parcelas de comercialización para la droga. Los índices de morbilidad también se han disparado a consecuencia del deterioro de la calidad de las aguas que bebemos o fruto del estrés en que se vive. El cáncer ha aprovechado la coyuntura. Igual ocurre con la mortalidad materna y la mortalidad infantil, secuelas inevitables de la ausencia de saneamiento ambiental en los barrios más humildes… y también del dramático deterioro de la atención médica hospitalaria.

En otro orden de cosas, el tiempo adicional que hoy pierde cada caraqueño (por tomar sólo la ciudad capital), yendo al trabajo y regresando, equivale a dos meses y medio de trabajo al año. Setenta y cinco días que, traducidos en horas disponibles, podrían haber sido dedicados al descanso, a la formación personal o a ganarse el dinerito adicional que buena falta hace.

Pero no hay nada más dañino por irrecuperable o dramático en lo afectivo que la diáspora de nuestra juventud. De esa juventud que nunca más regresará…

Y cuanto le duele esa ausencia a sus padres… cuando se acerca la Navidad.

 
Jesús HerasNo photo

Un Comentario;

  1. Irma Fernández C said:

    Buen artículo, escrito sin aspavientos pero ya no es solamente la clase pobre o humilde o de barrios donde la inseguridad, la delincuencia y todo lo que estos dos términos incluya son los lesionados, ya no existen las clases sociales que una vez fuimos, ahora todos somos objetos propicio para la criminalidad, la inseguridad, etc.

    Es verdad, esta situación reconocida por el régimen como SENSACION, es la causa principal de la diáspora.

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