LA EDAD DEL PAÍS

Alberto Barrera Tyszka


ALBERTO BARRERA TYSZKA
abarrera60@gmail.com  

Con el paso de los años, a casi una década del inicio de este proceso, cada vez parece más difícil poder evaluarlo justamente. Al personalismo se suma la falta de transparencia… y a ésta, nuestra verdadera edad.

Cuando era niño siempre había un momento del año en que alguien llegaba a hablarnos de las misiones. Yo estudiaba en un colegio católico. El hábito de las monjas tenía un olor particular e indescriptible. Como si hubieran sido lavados con un producto único, especial. Olían a monja. Tengo la imagen de una hermana enjuta y delgada hablándonos de las misiones, de los riesgos y de las audacias en las lejanas tierras de China o de Filipinas. Los misioneros eran casi una suerte de Indianas Jones de la fe. Las cruzadas modernas no necesitaban espadas sino dinero.

Sospecho que la elección de ese mismo término, por parte del Gobierno, tuvo más relación con el diccionario militar que con la retórica religiosa.

También los ejércitos tienen misiones. Pero no es, además, azarosa esa estrecha comunión entre las palabras del mundo eclesial y del mundo castrense. Son instituciones que funcionan con órdenes jerárquicos parecidos, que dependen del carisma y que se sustentan en la obediencia. Se alimentan de la devoción del prójimo. Viven de la esperanza y, durante toda la historia, más de una vez han compartido la idea de que la conquista y la salvación son la misma cosa.

El lanzamiento de las llamadas misiones sociales en el año 2003, le dio al Gobierno un nuevo impulso y cambió, de manera importante, el sentido de la relación del Estado con los ciudadanos en la configuración socio-económica del país. El proyecto, sin duda, estuvo ligado al control de Pdvsa que, después del fracaso del paro petrolero, pasó de manera absoluta a manos del Gobierno. A partir de ahí, con esos recursos, se diseñaron unas políticas “orientadas a saldar la enorme deuda social que arrastra la nación luego de décadas de despilfarro y exclusión social”.

De alguna forma, con la entrega directa de recursos, la gente comenzó a sentir que se estaba democratizando la renta petrolera, al tiempo que una suerte de “Estado paralelo”, bajo el control político del Gobierno, comenzaba a surgir intentando gerenciar de otra manera los problemas fundamentales del país. El mensaje era claro: las misiones llegaron para salvarnos. Para salvarnos, sobre todo, de nosotros mismos.

¿Quién podía oponerse? Nadie. ¿Quién podía o puede estar en contra de que el Estado auxilie a los pobres e intente contrarrestar los devastadores efectos de la miseria? Nadie. Menos aún en un país que todavía cree que la riqueza no hay que producirla, que es un don que ya existe, que sólo es necesario saber distribuir bien, equitativamente.

De acuerdo con esta premisa, el Gobierno se blindó y satanizó cualquier crítica, cualquier pregunta. Llegó incluso a amenazar: si no estás con nosotros, perderás los beneficios sociales. Si votas por la oposición, te quitarán todo. Rápidamente, las misiones fueron devoradas por la polarización, se convirtieron en un instrumento político y comenzaron a formar parte del culto religioso que nos define: ya no son un programa del Estado sino un acto de bondad y de generosidad de una sola persona.

 

“Amor con amor se paga”.

Con el paso de los años, a casi una década del inicio de este proceso, cada vez parece más difícil poder evaluarlo y ponderarlo justamente.

Al personalismo se suma la falta de transparencia. Poco o nada se sabe de los alcances reales, de la vida interior, de los costos y de los resultados de muchas de las misiones. ¿Qué pasó con la Misión Guaicaipuro? ¿Cuál es el balance de este trimestre de la Misión Piar? ¿Qué resultados reales, con beneficios para los ciudadanos, ha dado este año la Misión Vuelvan Caras? ¿Cuáles han sido los avances de la Misión Vuelta al Campo? ¿Quién puede decirnos algo de la Misión Identidad?… Ya son tantas que se nos olvidan. Y a cada rato aparece alguna más. Como si ahora dependieran de los sondeos de opinión y no de los planes programáticos del Estado. La revolución se frivoliza: las misiones sociales ya sólo parecen ser material electoral.

No deja de ser tan sorprendente como revelador que la multiplicación de las misiones sociales vaya más o menos a la par de la multiplicación de los ministerios.

El socialismo del siglo XXI no es un sistema. Sólo es una asignación, cada vez mayor, en el presupuesto de un país petrolero. El incremento del gasto público, sin control y sin claridad, parece ser nuestra verdadera utopía.

En el fondo de todo, tristemente, continúa respirando la certeza de que somos ricos. Creemos que todo se puede resolver a realazos.

Seguimos en la fantasía infantil del Estado populista.

El chavismo, más que una ideología, quizás también es eso: la edad de un país.

 

 
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