Pueblo empobrecido

JUAN USLAR GATHMANN

En efecto, el que tanta gente carezca de acceso completo a la canasta básica alimentaria es un hecho escandaloso que ha debido ser objeto de políticas coordinadas desde hace varias décadas

 

El Presidente anunció recientemente la misión “Hijos de mi Pueblo” que en sus palabras brindará  “… previsión y protección social a los más vulnerables. Nosotros tenemos que ir consolidando un sistema de seguridad social que abarque a toda la población, y según la tesis socialista, a cada quien según sus necesidades y capacidades”.

Se trata de un conjunto de subsidios orientados a las mujeres y a los menores de edad que se encuentran en pobreza crítica y que de esta manera tendrían mayor acceso a la canasta básica a la que hoy no llega más de un 7% de la población. Esta misión es inobjetable como ayuda, pero faltan las políticas públicas de combate a las causas del flagelo.

En efecto, el que tanta gente carezca de acceso completo a la canasta básica alimentaria es un hecho escandaloso que ha debido ser objeto de políticas coordinadas desde hace varias décadas. Por supuesto que una acción directa que conduce a lograr disponer de más ingresos con qué comprar comida es necesaria mientras se implantan medidas de largo aliento que ataquen de raíz este fenómeno indeseable de pobreza crítica. Es ese conjunto de políticas públicas el que no se percibe ahora ni se ha implantado en el pasado tampoco y a ello debemos que tanta gente se encuentre en esa penosa situación y que el mal se reproduzca sin frenos.

La definición de pobreza crítica como falta de acceso a una canasta básica conduce frecuentemente a conclusiones inadecuadas e incita a prácticas de corto plazo que se quedan en la superficie. Así pues, su síntoma es el escaso acceso a la alimentación pero su causa es mucho más compleja como apuntan los estudios de la UCAB y que han permanecido como letra muerta para los efectos de eventuales políticas públicas: educación para el trabajo, fortalecimiento de los vínculos familiares, generación abundante de empleos formales y en general el acceso a la modernidad.

Todo esto se encuentra en franco retroceso desde que colapsó el modelo rentista del petróleo hacia finales de los años 70 y que, en lugar de reemplazarlo, numerosos actores políticos y económicos han coincidido en querer prolongarle una vida artificial. La pobreza extrema y la pobreza en general son en Venezuela consecuencia de ello.

Es por estas razones que una misión de ayuda a los más vulnerables, desprovista de políticas que ataquen sus causas profundas, no va a pasar de ser caridad en el mejor de los casos.

 

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