REVIVE LA PERESTROIKA

Elizabeth Burgos


ELIZABETH BURGOS
eburgos@orange.fr 

 

La libertad adquirida por los rusos hace veinte años ya es apenas un recuerdo y la férula de un régimen con eternización de Vladimir Putin en el poder, obliga a los rusos a repetir la gesta emancipadora, anunciando convulsiones y dando la señal de que el proceso de la caída de ese imperio no ha terminado.

Hace veinte años, el 08 de diciembre, la perestroika ponía término a la Unión Soviética.

Cierto, veinte años son nada en el tiempo largo de la historia, en particular, en la de un país con una historia milenaria como la de Rusia.  Sin embargo, ese hecho, no sólo tuvo repercusiones en Rusia y en los países satélites integrantes de la unión que conformaban la URSS.  Debido a su política expansionista, su rivalidad con la otra gran potencia, Estado Unidos, y el haber mantenido al mundo dividido entre dos ideologías que se manifestaban en el mantenimiento de una guerra larvada permanente llamada Guerra Fría, en el fondo, una guerra por países interpuestos que ocasionó millones de muertes en las naciones limítrofes, el desmoronamiento de la URSS emitió sus ondas expansivas a nivel mundial y sus repercusiones continúan aun haciéndose sentir.  La crisis actual político-financiera que golpea a todos los países del planeta es uno de los ejemplos y no la menor de las consecuencias del mundo el desequilibrio que ocasionó la caída de un imperio.

Lo más excepcional en el fin de la URSS fue que su caída no se debió a una agresión exterior proveniente del imperio enemigo, sino de fuerzas que actuaron desde adentro y desde la cima de la pirámide.  Fueron las propias élites políticas las que se encargaron de rematar un poder que parecía inamovible, salvaguardado por un sistema represivo, feroz, afincado sobre un poderío nuclear, y sobre el apoyo internacional de las fuerzas que comulgaban con el comunismo y que actuaban a nivel planetario en función de los intereses de la URSS.  Para Vladimir Putin, el presidente de Rusia que apunta a ser reelegido, la caída de la URSS significó “una catástrofe geopolítica”.

Es cierto, que en términos históricos no deja de ser excepcional que un poder como el soviético se desintegrara como un castillo de naipes.  Las diferentes secuencias que desembocaron en el fin de la URSS comenzaron cuando la élite dirigente decidió emprender reformas para ponerse a la altura del proceso de modernización de EE.UU y de Europa.

Las reformas de modernización del aparato del Estado emprendida por Gorbachov y su equipo, impulsada desde arriba, y sin contar con una mayoría, actuaron como cuando se tira de un tejido un hilo que se ha roto y de pronto, se deshace toda la trama.  En una segunda fase, Gorbachov emprende la era de la glasnost (transparencia) para obligar al aparato de poner en marcha las reformas.  Interviene la catástrofe nuclear de Chernobil que obliga poner término a la política del secreto, precipitando así el fin de la censura.  Hasta se admite la existencia del virus del sida hasta entonces considerado por la propaganda oficial, como una prueba más de la decadencia de los países capitalistas que no tenía incidencia en el reino de la pureza comunista. 

En realidad el tiro de gracia de la URSS fue la recuperación de la libertad de expresión.  La misma prensa oficial, Izvestia y Ogoniok, comienzan tímidamente a realizar reportajes sobre la situación real del país y sobre el resto del mundo, impulsada, es cierto, por una prensa no oficial, hecha de pequeños panfletos que circulaban informando sobre hechos que el poder mantenía en secreto: los movimientos sociales cada vez  más frecuentes como las huelgas de obreros.  En la televisión comienzan a transmitirse emisiones en muchas direcciones, sin control de la censura.

Viendo el desarrollo de esos acontecimientos desde la distancia de los veinte años, se percibe que el sentimiento democrático logró imponerse como algo irreversible en el ámbito de ciertas élites, que fueron escuchadas por una población sedienta de libertad que respondió abriendo el espacio público, expresando su aspiración de independencia.  Se derriban las fronteras del silencio, así es como se escucha la palabra de miles de jóvenes, ex soldados de la invasión soviética a Afganistán, lisiados, en sillas de ruedas, denunciando las aventuras bélicas de Moscú.

El proceso de independencia aún no ha terminado.  Es cierto que los rusos pueden viajar hoy sin limitaciones y adquirir lo que deseen, por supuesto si tienen los medios, pero la libertad de palabra en la televisión ya no existe como en la primera época de la democracia y los rusos que deseen expresarse libremente, tienen que recurrir a Internet y a las redes sociales.  Tras la reciente reelección por “mayoría absoluta” de la candidatura de Vladimir Putin, la población comienza de nuevo a expresar su exasperación ante la corrupción y la dinámica autocrática del régimen, en particular, del presidente y su primer ministro, quienes deciden desde la pirámide el destino del país.

El talante y la presencia mediática del ex oficial de la KGB, Vladimir Putin, dispuesto a ejercer la presidencia vitalicia, secundado por una oligarquía corrupta que ejerce un nivel de corrupción, tal vez mayor que el de la boliburguesía venezolana, están creando una atmósfera de exasperación que puede convertir a Rusia en un foco de conflictos a corto plazo.

La cuestión es que la conciencia, el sentido de la democrática, que  hasta hace poco fue el privilegio de elites esclarecidas, ya ha llegado a la conciencia de las mayorías, y esa sola conciencia puede derribar imperios, como ya fue una vez, el caso de la URSS.

 
Elizabeth BurgosElizabeth Burgos
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