EL FIN DE UNA SAGA

Sergio Dahbar

SERGIO DAHBAR
sdahbar@hotmail.com 

Una de las últimas noticias del año 2011 cayó como balde de agua helado y, aunque tenía olor a joda de la inocencia, ha resultado verdadera: murió Chita, el chimpancé de Tarzán de los monos, a los ochenta años de edad, por culpa de una infección renal. Vivía en Florida, Estados Unidos, en un centro de acogida para primates. Era el último sobreviviente de una saga que se las traía.

Tarzán, encarnado por Johnny Weissmuller y Chita

Quince años atrás fallecía Burne Hogarth, el dibujante que consolidó en el mundo entero la imagen del Rey de la Selva. Desapareció como un suspiro en París el domingo 27 de enero de 1996, a los 84 años de edad, después de recibir una ovación de pie durante largos minutos en el Festival Internacional de Historietas de Angouleme. Todos eran longevos.

 En 1937 Hogarth se liberó de los modelos precedentes, y comenzó a moldear el Tarzán que tenía entre ceja y ceja, más atlético que el de los años veinte, con músculos de adonis, maneras sofisticadas y criaturas voluptuosas que lo atraían con intenciones perversas.

 Las cifras del fenómeno de masas de Tarzán hablan de la elocuencia de un mito que acumuló público desde sus inicios: 20 novelas traducidas a 56 lenguas suman cerca de 20 millones de copias.

 El cine recreó sus aventuras en 35 películas, desde 1918, sin contar un número infinito de aproximaciones, parodias e imitaciones audiovisuales. Sobrevive el Tarzán de Hugh Hudson, protagonizado por Christopher Lambert en 1984. Un prodigio de adaptación.

 El negocio de las historietas merece punto aparte porque desde 1929 se han contabilizado 15.000 comics sobre Tarzán, aparecidos en 212 periódicos de Estados Unidos, alcanzando un tiraje de 15 millones de ejemplares. Esto sin contar otros idiomas.

 Observadores entre los que destaca por supuesto Umberto Eco, y no pocos sociólogos franceses, se han afincado con saña y humor en el mito del superhombre que crece en la selva, con movimientos y costumbres de simio, pero anglosajón al fin, hijo por excelencia de Albión.

 Ubicado en la tradición de las reflexiones de Rousseau y su vuelta a la naturaleza, Tarzán es un ejemplo pródigo (lo rescatan del salvajismo, lo devuelven a su cuna de seda, pero ya lleva adentro el virus de lo natural, la selva lo llama), sí, pródigo, del Robinson (Defoe) abandonado en la isla, pero que además posee habilidades naturales para los idiomas y las imitaciones.

 Tarzán creció entre monos, pero sus destrezas son occidentales y superiores. Con un cuchillo domina su entorno, o sea la naturaleza. Pero cuidado: Tarzán se lleva bien con los monos que lo siguen, los obedientes del rebaño. Aquellos que lo miran con recelo, porque en el fondo saben que es un inglés dominador, terminan colgados de una liana, con la cabeza para abajo.

 Sin duda que Tarzán, al crecer, advierte una misión clara para el resto de su vida: mantener el orden y el equilibrio.

 Como a todo blanco en tierra salvaje, le obsesiona el tema de la justicia. Y la defiende como un gendarme con botas y fuete en una universidad de monos descarriados.

 

Umberto Eco se apoya en Lacassin: tanto el italiano como el francés encuentran un componente homosexual fuerte en Tarzán. El Amo de las Bestias suele moverse con comodidad por las lianas hacia territorios perdidos, imperios olvidados, civilizaciones ocultas, en donde amazonas bellísimas lo esperan para averiguar el verdadero ruido de la selva.

 Pero Tarzán apenas si se detiene para recoger una que otra información. Lo invitan a retozar en la grama, pero se escapa como el agua entre las manos. Ahora, no se pierde una pelea cuerpo a cuerpo con otro contrincante macho desnudo. Se enreda, se abraza, se golpea, como un solo cuerpo los dos.

 Dicho esto, a Tarzán le gusta castigar y que lo castiguen.

De comprobarse semejante teoría, el mono que acaba de morir en Florida a los ochenta años se ha llevado un tesoro a la tumba. La memoria de las andanzas amatorias de Tarzán en la selva.

Una pena. Esa biografía valía un imperio. Y podía darle una nueva vida a este mito que necesitaba reinventarse después de tantos años sin nuevos maquillajes y juguetes tecnológicos. Cosas que pasan a fin de año.

 

 

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