Un boliburgués a la Asamblea

LUIS FERNÁNDEZ MOYANO

 

Me cuenta un asesor del entonces candidato a la presidencia Hugo Chávez la impresión que recibió la noche tormentosa en que bajando del Pent House que el financista de la campaña, Tobías Carrero -elevado a las cumbres del mundo de los seguros y enriquecido de la noche a la mañana gracias a sus habilidosas trapacerías- ha puesto al servicio del esmirriado teniente coronel retirado, pasó junto a un hombrecito encorvado por el diluvio invernal de esa madrugada de octubre de 1998.

Apoyado en el farol que ilumina el pedazo de calle que baja desde las altas colinas del Tamanaco, tirita de frío, el cuello de la chaqueta subido para terminar de cubrirle las espaldas, empapado hasta los huesos. No es más que otro de los guardaespaldas – guaruras, les llaman en México, país en que un político no vale un centavo si no carga una docena de ellos- del candidato, ese grupo de militares golpistas, condenados, encarcelados y amnistiados, como un tal Pedro Carreño, otro de los miembros del grupo por entonces protegido por el arquitecto Leo Panis, ya en retirada ante la presencia de pesos pesados de la conspiración nacional como Luis Miquilena, José Vicente Rangel y el mismo Tobías Carrero, descalzo compañero de correrías del jovenzuelo que vendía las arañas que le preparaba su abuela.

El asesor, llevando en sus entrañas aún la calidez del último escocés y la fragancia del habano regalado por Fidel, enfundado en su chaqueta de gamuza y un suéter de alpaca, protegido de la lluvia implacable por un elegante paraguas, estuvo tentado de acercársele a ofrecerle ayuda. Bajaba las escaleras del espectacular edificio, al que por razones de respeto a las normas y las categorías sociales el bodyguard ni siquiera se atrevía a acercarse, y su chofer ya se aproximaba ronroneando por el sobre el asfalto mojado. Las luces de Caracas refulgían abajo, a lo lejos, en la neblina que dejaba la lluvia y el contraste con la pobre situación del miserable no podía pasar inadvertida para un hombre de buen corazón, como el asesor en cuestión.

Ya se le aproximaba cuando el súbito haz de luz de un automóvil que bajaba a toda velocidad le iluminó por breves instantes el rostro empapado. “Me detuve en seco” -me cuenta el hombre, hoy en el exilio- pues comprendí de inmediato que se trataba de un golpista de cierto renombre, aunque reducido a la más baja y rastrera de las situaciones imaginables. La de un pobre infeliz, condenado a guardarle las espaldas como un perro mojado a quien lo dirigiera en las faenas de conspirar, apropiarse de las armas de la república, engañar a cientos de soldados y tratar de asesinar al Presidente de la República para instaurar una dictadura militar. Era el capitán Diosdado Cabello…”

Ese pobre infeliz, seguramente carcomido por la ambición y el resentimiento, acaba de recibir en premio por tanta humillación, adulación y sometimiento, la presidencia de una cosa corrompida y vergonzante llamada Asamblea Nacional. Ese cargo, ocupado anteriormente por una tinterilla asaltante de bancos y un miserable guerrillero fracasado, borracho y nada de heroico, ambos ciudadanos civiles, pobres de solemnidad y sinceramente convencidos de la necesidad de la revolución mundial, pasa a manos de quien, con habilidad de usurero y decisión de capo di mafia, ha acumulado una muy considerable fortuna que en dólares, en euros o en yen puede sobrepasar el límite de las diez cifras. Controla la facción militarista que respalda al teniente coronel. No debe saber que Marx nació en Treveris y Lenin en Simbirsk, no habrá oído jamás hablar de Rosa Luxemburg o Bela Kun ni tendrá idea de lo que sucedió en aquellos diez gloriosos días que impactaron al mundo. Pero acaba de heredar la llave del Poder, en el caso más que probable que su jefe, al que le resguardaba las espaldas de la babosería de notables, burgueses, empresarios, editores y otros especímenes de la picaresca nacional que se desvelaron desenrollándole la alfombra roja con que lo llevaron al Poder, se viera compelido por el destino a expirar su último suspiro. Asunto que ya es comidilla de brujos, santeros, videntes y señoras del Tarot.

Recordará, desde el estrado que ocupa, los tiempos de pasar arrastrado. Revisará de reojo el último estado de sus abultadas cuentas bancarias. Y ya se estará imaginando sentado en el sillón de aquel que en su inevitable decadencia física y mental no ha tenido más remedio que encargarlo del delfinato. Así son las cosas.

 

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