28 MILLONES DE REHENES

Alex Capriles M.

AXEL CAPRILES M
acaprile@ucab.edu.ve 

 

La pasión de mando blindada mantiene un resquicio de ilusión: las elecciones

 Un Estado diseñado para extorsionar al ciudadano no se puede tomar a la ligera. Somos veintiocho millones de rehenes. Si no estamos en poder del Estado como prenda, lo estamos en el de alguna de sus redes o excrecencias. Nadie se salva. Estamos secuestrados de múltiples maneras. Con 19.336 homicidios y más de 8.500 secuestros exprés en el 2011, no solo los barrios sino la sociedad entera vive en estado de sitio. Es casi imposible ejercer una actividad comercial sin infringir alguna ley. Estamos en manos del Gobierno, atrapados. El poder nos ha cercado con una maraña legal punitiva de la que podemos liberarnos con sumisión política. Pregúntenle a los dueños del Circuito Actualidad de Unión Radio. Pregúnteles al dueño de Televen o a los grandes importadores de alimentos.

 Los propietarios de inmuebles en alquiler con más de 20 años de antigüedad están obligados a vender sus propiedades al precio indicado por el Estado. El problema no es que la venta obligatoria atenta contra el derecho de propiedad, sino que es imposible cumplir la nueva Ley para Regularización y Control de los Arrendamientos de Viviendas porque la Superintendencia Nacional de Arrendamientos no ha hecho los avalúos para poder ofrecer en venta los inmuebles. ¿Cuánto costará un avalúo para poder cumplir la ley?

 En la doctrina política del contrato social, el fundamento del Estado era la defensa de los ciudadanos y la preservación del orden social. Ni Hobbes ni Locke ni Rousseau pudieron imaginar un Estado anillado para capturar y maniatar a los miembros de la sociedad. La pasión de mando está blindada y mantiene un pequeño resquicio de ilusión: las elecciones. Pecamos de ingenuos. El poder es un sistema mucho más amplio y perverso y los mecanismos electorales solo funcionan en las sociedades abiertas. Hay además rehenes que se enamoran de sus captores. Es el síndrome de Estocolmo en el que la víctima del secuestro se hace cómplice, ayuda o se enamora de quien la ha secuestrado.

 

 

 

 
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