El cerebro y el voto

RAQUEL SAN MARTÍN

 

El verdadero poder. Emocional, espontánea e irracional: los avances de las neurociencias demuestran que la decisión del voto tiene que ver, antes que nada, con procesos inconscientes, que luego justificamos con argumentos racionales

¿Cómo decidió usted su último voto? Seguramente responderá que lo hizo después de escuchar ideas y comparar plataformas, de considerar el futuro de su economía familiar o de respetar la ideología de sus votos anteriores, y que terminó de definirlo en discusiones con familiares y amigos.

Sin embargo, es mucho más probable que lo haya decidido en no más de medio segundo, sólo con la primera impresión que le causó la apariencia de un candidato y su forma de hablar, más que lo que concretamente dijo. No es que usted sea un irresponsable cívico; así es como funciona su cerebro.

De acuerdo con las investigaciones de las neurociencias, el voto ­una de las decisiones que en democracia nos gusta pensar como más racionales, fruto del debate colectivo y el intercambio de ideas­ tiene en realidad mucho más que ver con las emociones que nos despiertan los candidatos y que son muy difíciles de modificar. Los debates en televisión, los afiches, las propagandas televisivas de la campaña, según nuestro cerebro, en su mayoría sirven solamente para confirmar una decisión ya tomada mediante impulsos eléctricos incontrolables. 

Estos hallazgos ­que algunos miran con entusiasmo y otros con escepticismo­ provienen de los aportes que las neurociencias han hecho mediante la observación de nuestra actividad cerebral para buscar las bases neuronales de aspectos tan diversos como el amor romántico, el consumo, el prejuicio racial, la mentira o, cada vez con investigaciones más detalladas, la decisión del voto.

Para los más críticos, los hallazgos aplicados al campo político sólo confirman lo que se sabe desde hace varias décadas: en una campaña electoral enumerar cifras y hechos no es tan eficaz como mostrar candidatos con sus familias; es decir, los argumentos racionales y argumentativos han sido mayormente reemplazados por los más rendidores y televisivos estímulos emocionales inmediatos. Los más entusiastas, en cambio, piensan que estos estudios proveen potentes indicios de que muchos candidatos fracasan en conseguir votos no tanto por falta de creatividad, audacia o recursos, sino porque no logran que los cerebros de sus electores tengan la percepción adecuada. Para todos está claro que las neurociencias vienen haciendo un aporte indiscutible para cuestionar la difundida teoría de la “elección racional”, que se utilizó en el último medio siglo para explicar las decisiones humanas en campos tan diversos como el uso del dinero, la delincuencia o la opción religiosa. 

Atajos mentales. “En las últimas dos o tres décadas aprendimos más del cerebro que en toda la historia de la humanidad, por los avances en la genética y en la tecnología de imágenes cerebrales. Hoy las neurociencias dan una matriz científica a problemas fundamentales como el libre albedrío, la conciencia o la memoria”, señala Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva de Argentina y del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, en el que un equipo de investigadores trabaja en este campo. Ambas instituciones, junto con Starke Labs, organizaron en Buenos Aires hace pocas semanas el foro El Cerebro Político en Buenos Aires, al que invitaron a dos de los más nombrados expertos en el área, Alexander Todorov, de la Universidad de Princeton ­que usa resonancia magnética y modelos computacionales y estadísticos para averiguar cómo percibimos a las demás personas­, y Ralph Adolphs, de la Universidad Tecnológica de California, que estudia neuroimágenes y registros electrofisiológicos para saber cómo logramos la empatía y la comunicación con otros. 

De acuerdo con los hallazgos generales de las neurociencias, a nuestro cerebro, para decirlo en términos legos, no le gusta mucho hacer esfuerzos. Es decir, ante decisiones que implican manejar mucha información y que no están en el centro de sus intereses y preocupaciones ­como muchas veces es la elección política­, prefiere simplificar y tomar “atajos mentales”. Votar al candidato del partido que se votó siempre es uno, pero hay otros, igualmente frecuentes, como hacerlo por la apariencia de seriedad, integridad o trayectoria que dan cien milisegundos de mirar su rostro. 

“Sabemos que la toma de decisiones humanas muchas veces no es un proceso lógico, sino guiado por la emoción.

Claro que hay decisiones conscientes y pensadas, pero tomamos miles de decisiones cada día y evolutivamente el cerebro humano tuvo que crear un mecanismo automático, del que no somos conscientes, para poder hacerlo”, describe Manes. 

Aunque, desde Platón en adelante, la cultura occidental ubicó los pensamientos en el cerebro y los sentimientos en algún lugar impreciso entre el corazón y el estómago, lo cierto es que pensamos y sentimos con el cerebro. También cuando votamos. “El cerebro político es un cerebro emocional. No es una desapasionada máquina calculadora que busca objetivamente los hechos correctos y las cifras para tomar una decisión razonada”, escribió en 2007 el psicólogo estadounidense Drew Westen, luego de escudriñar los cerebros de convencidos demócratas y republicanos en la campaña presidencial de 2004. En su libro El cerebro político, que lleva el inquietante subtítulo de El rol de las emociones para decidir el destino de la nación, afirma que aunque el norteamericano medio apoya las ideas demócratas en términos generales, los republicanos ganaron más elecciones en las últimas tres décadas, en buena medida porque supieron llegar al corazón de sus electores. 

“Las emociones y los pensamientos tienen el mismo apoyo físico y orgánico, que es nuestro cerebro. En la decisión del voto actúan tanto pensamientos como sentimientos y, al revés de lo que se cree, los electores se manejan con sensaciones intuitivas a las que después agregan justificaciones racionales”, indica Virginia García Beaudoux, especialista en comunicación política, directora de Communicatio y del Centro de Opinión Pública de la Universidad de Belgrano. “Se sabe que la identificación partidaria es lo que más influye en la decisión del voto. Pero incluso esa variable, que empieza siendo racional porque encuadra con intereses, es un aspecto emocional”.

Las investigaciones más recientes señalan que es el rostro de un candidato lo que le da posibilidades de ganar o lo condena al fracaso. En efecto, Todorov demostró que si se expone a un grupo de personas a fotografías de candidatos a los que no conocen, y se les pide que elijan al más competente, honesto, amenazante o atractivo, se puede predecir el resultado electoral que efectivamente lograron hasta en 70%. Además, se sabe que estos juicios se forman en el cerebro a tanta velocidad como cien milisegundos, y que no cambian si se da más tiempo para la respuesta.

“La cara es el estímulo social más potente y complejo. Hay muchas áreas del cerebro dedicadas a procesar rostros, que distinguen edad, género, componentes afectivos.

En 100 milisegundos se reconoce una cara; en menos de medio segundo se han procesado atributos”, dice Todorov, cuyos difundidos estudios de comparación de rostros se han replicado en Australia, Finlandia, Francia, Irlanda, México, Nueva Zelanda y el Reino Unido, con idénticos resultados.

¿Qué rasgos busca el cerebro? “La gente vota por gente, así que un candidato tiene que generar confianza. Se buscan dos atributos: la competencia para el cargo (su trayectoria, inteligencia y conocimientos), y la integridad y honestidad, que se ve en su vida familiar y sus valores personales”, enumera García Beaudoux. Todorov y su equipo creen que un rostro competente debe verse maduro, no particularmente atractivo ­el cerebro asocia la belleza con cierta incompetencia­, amable pero firme, y emocionalmente estable.

Todorov llegó casi a diseñar una cara ganadora: rostro no demasiado redondo, poca distancia entre cejas y ojos, mejillas altas y mandíbula angular.

Algo así como el identikit del político destinado al triunfo.

“No sólo la percepción del candidato modifica nuestro voto sino que, cuando ya estamos convencidos, nuestro voto modifica la percepción del candidato”, expresa Ezequiel Gleichgerrcht, investigador en neurociencias cognitivas del Ineco. En efecto, en 2004, se mostró a demócratas y a republicanos convencidos discursos en los que los entonces candidatos presidenciales John Kerry y George Bush se contradecían.

Los demócratas minimizaron las ambigüedades de Kerry y enfatizaron las de Bush, al revés de los republicanos. Una vez que el cerebro decidió, parece difícil volverlo atrás.

¿Para qué hacer campaña entonces?, preguntará un político demasiado joven, o muy agraciado, soltero o con poco dominio escénico. Pues porque los pensamientos racionales y los sentimientos coexisten en un diálogo permanente. Y porque no todos los votantes se dejan influir de igual manera por las percepciones inmediatas de los rostros. Todorov y otros investigadores aseguran que las personas menos informadas sobre política y los que miran mucha televisión son las más permeables a las primeras impresiones.

Historias que emocionan. Los hallazgos de las neurociencias han tenido un efecto directo en el modo de diseñar la comunicación política, en campaña y durante una gestión de gobierno. “Se comprendió que es fundamental usar recursos de comunicación que muevan las emociones para estimular ciertos pensamientos o comportamientos de voto o de apoyo posterior. La pregunta clave es qué se desea que el ciudadano sienta cuando recibe una información o una comunicación de campaña”, afirma García Beaudoux. 

Por ejemplo, como se sabe que la estructura básica del pensamiento humano tiene la forma de un relato, en muchas campañas electorales se generalizó el uso del storytelling , es decir, micros que cuentan una historia y, de paso, movilizan emociones. Lo hizo Bill Clinton en 1992, al relatar en una famosa propaganda la concreción de su auténtico “sueño americano”, desde sus orígenes humildes hasta su candidatura.

Más cerca en espacio y tiempo, lo explotó Cristina Fernández de Kirchner en su campaña de 2007 y en la más reciente, en la que “la fuerza” de algunos personajes se utilizaron para humanizar el apoyo a la candidata.

“Para explotar el aspecto emocional que guía nuestras decisiones, un candidato no debe manipular ni mentir porque la gente es tremendamente perceptiva. Hay que ser honesto y comunicarse sinceramente, poniendo énfasis en los aspectos mejores y minimizando los peores. Pero no se puede inventar un candidato”, afirma el asesor de imagen y consultor político ecuatoriano Jaime Durán Barba, para quien, sin embargo, hay un límite en lo que se puede lograr intentando que un candidato se vea competente. “No se le puede decir: ¿Ponga cara de inteligente. Los electores se forman una imagen muy rápida de las personas que tiene que ver más con lo que no se dice, como los zapatos del candidato, cómo maneja sus manos y su mirada, quién lo acompaña en un escenario”.

 ¿Para qué seguir entonces planteando ideas en una campaña? En primer lugar, porque la dimensión ética de la política implica que la democracia se sustenta en el debate de ideas y proyectos, aunque no sea lo más cómodo, neuronalmente hablando. Y porque los votantes también se equivocan. Como dice Durán Barba, “desventuradamente, los electores no eligen siempre a los más capaces ni a los más responsables. 

Hay personajes de la peor calaña que han gobernado nuestros países. La política no es un concurso de merecimientos”.

 Título original: DEL CEREBRO A LAS URNAS

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