El nuevo turno de Diosdado

Vladimir Villegas


VLADIMIR VILLEGAS
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Todo el mundo se pone a hacer lecturas sobre los movimientos de piezas que viene ejecutando el presidente Hugo Chávez como parte de su ya en marcha campaña para la reelección. Y por estos días, luego de la designación de Diosdado Cabello como presidente de la Asamblea Nacional, se multiplican los análisis en torno al “come back” del ex vicepresidente, ex ministro de Infraestructura, ex gobernador de Miranda y ahora primera figura del parlamento.

Hace poco se decía insistentemente que Cabello estaba perdiendo puntos con el jefe del Estado, que ya no era su hombre de confianza, que su estrella venía perdiendo brillo mientras que las de Elías Jaua, Nicolás Maduro y otros dirigentes titilaban incansablemente. Pues bien, ahí está Diosdado, para pesar del gobernador de Monagas, José Gregorio “Gato”, Briceño, que no puede verlo ni en pintura, porque ya es público el enfrentamiento entre ellos.

Tampoco se lo traga Tarek William Saab, quien en el pasado reciente se ha quejado por sentir que el hombre de Furrial encendió la “black and decker” para serrucharlo tanto en Anzoátegui como en el partido oficialista.

En el PSUV no son pocos los que le temen, por el poder que acumuló en el plano interno y nunca dejó de tener, pese a la aparente distancia que durante un tiempo le habría marcado el Presidente. Chávez nunca ha ocultado su preferencia por Cabello, incluso por encima de otros cuadros de su más cercano entorno. Pese a que en la única consulta democrática realizada por la base del partido, a Diosdado la militancia apenas lo eligió como miembro suplente, el Presidente lo impuso como miembro principalísimo de su dirección política y hoy es nada más y nada menos que el primer vicepresidente del partido, el máximo cargo, después de la plenipotenciaria jefatura que ejerce el comandante presidente.

Diosdado Cabello es la línea dura. No es lo que clásicamente se conoce como un hombre de izquierda. No tiene ni la formación ni la práctica ni mucho menos el léxico de un hombre de izquierda. Por mucho que hable de socialismo. Es, eso sí, un militar fiel a Chávez. A lo que diga el comandante, a lo que ordene, a lo que se le ocurra. Es la lealtad ciega. Es el tipo de militante y dirigente que Chávez quiere tener. Hombres y mujeres que ejecuten y no deliberen. Por eso Cabello es el presidente de la Asamblea y no Aristóbulo Istúriz, con todo y su pedigree parlamentario desde los tiempos aquellos de los “tres tanquecitos” de La Causa R. Tal vez la confianza en Aristóbulo no le dé para ponerlo al frente del parlamento, a pesar de los esfuerzos que el ex alcalde caraqueño haga para presentarse ante el líder con la misma carga de lealtad e incondicionalidad que exhibe, con toda razón y empeño, Diosdado.

No es que en algún momento, y para sus adentros, Cabello no haya pensado en que Chávez se fumó una lumpia.

Pero Aristóbulo lo pensó y lo dijo. Allí está la diferencia. El líder perdona pero no olvida.

Por eso la llegada de Diosdado a la cúspide del Poder Legislativo y del PSUV no es sólo un mensaje para la oposición, o una señal de que el Presidente se apoya en él para no entregar el coroto en caso de perder, como lo piensan unos cuantos “mentes brillantes”. Es, sobre todo, una señal a lo interno, en el sentido de que jugará cuadro cerrado con sus más incondicionales, y que avizora, pese a que exhale triunfalismo, una dura batalla de cara al 7 de octubre, para lo cual necesita, sobre todo, orden y cohesión, productos un tanto escasos en el partido de gobierno.

 


 
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