EL TEMPLO Y LA EMBARCACION

Henrique Salas Römer

Henrique Salas Römer

A la memoria de Manuel Fraga

Debemos montarle una embarcación allá arriba, me dijo. Así los cubanos la sentirán más suya, y quizás podamos salvar la iglesia.  Estábamos frente al antiguo Templo de San José de Puerto Cabello. Lo de la embarcación tiene sentido, respondí, pero no por los cubanos. Esa iglesia se construyó con corales que traían de Curacao. Dejaban allá su carga y, de regreso, metían piedras de coral de lastre para estabilizar la nave. Llevaban frutos y hortalizas, también animales vivos, porque no había refrigeración. Pero tienes razón, concluí, montar un barco de vela encima de la catedral tiene sentido.

Me vino a la mente el día en que, a mi lado Fraga, entramos a Puerto Cabello por la puerta de “la cocina”, que fue lo que le quedó al puerto, luego de que la autopista picó en dos la ciudad. Quería mostrarle la restauración del casco colonial. Avanzamos por la calle Puerto Cabello – curioso que tenga el nombre de la ciudad- y a pocas cuadras apareció la silueta del Templo. ¿Qué estilo tiene esa Iglesia? Preguntó Fraga. Porque ni es clásico, ni neoclásico, ni barroco, prosiguió… sólo le faltó agregar – pensé – lo cuadrado y feo que era nuestro templo. En verdad no sé, le respondí, apenado. Fue construida apilando corales.

Mi amigo interrumpió mis cavilaciones. Insistía en montar una goleta encima de la Catedral por lo que seguimos dando vueltas. De pronto nos topamos, viniendo por la misma acera, con una muchacha de pueblo, de rasgos hermosos y vestimenta sencilla. Quizás serviría de modelo para esculpir una Virgen, pensé. Cosas que pasan por la mente.  Nos alejamos, pero más tarde, al dar la vuelta por la esquina de atrás nos la volvimos a encontrar. Estaba sentada en el suelo, como en posición de loto, con otra joven a su lado. Las dos eran muy parecidas. Detrás, jugaba un muchachito de pantaloncitos negros, descalzo y sin camisa. Son hermanas, ¿verdad? Sí, respondieron al unísono, sonriendo abiertamente. Qué lástima, me dije, tan bellas y no tienen dientes. La una tenía tres, la otra apenas dos que se asomaban. Deben arreglarse los dientes les dije, son muy bellas, pero deben arreglarse la boca. Pensé que debían ser de Morón, donde las aguas carcomen la dentadura.

Ahora estábamos de espaldas al mar, mirando al portal del viejo templo. La idea de la embarcación seguía revoloteándonos en la mente. ¿Por qué no? Miré hacia arriba. Me imaginé dos anchas columnas que sobresalían de la estructura. Entre éstas cabría un velero, de esos que tantas veces había visto zarpar hacia Curacao. Pero, ¿allá arriba?

Intenté concentrarme.  Quería visualizarlo. Cerré los ojos y en mi mente, sobre la estructura del templo, me imaginé el casco y las velas. Hacía un gran esfuerzo por mantener la concentración.  Frente a las velas me imaginé a un hombre… pero apenas lograba ver su rostro…

Penetré como en un sueño y ocurrió algo asombroso. La embarcación comenzó a relumbrar y cobró vida. Vi como la brisa del mar soplaba con fuerza sobre su túnica blanca, haciéndola ondear, y vi al hombre de barbas alzar su mano y mirando a lontananza, impartir la bendición.

Mi amigo me sacudió. ¿Qué te pasa? preguntó. ¿Qué te pasa? “¿No lo viste?” Respondí. “Mira la nave, allá arriba, detrás del hombre. El palo mayor se convirtió en una cruz.”

Miramos hacia el templo. Todo seguía igual. Había desaparecido la embarcación.

 

Tomado de Reminiscencias y Alucinaciones II (inédito)
Marzo 2010

 

 
Top