Memorias del gomecismo

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com
Twitter: @manuelfsierra 

Isidro Romero tiene 105 años y jura vencer las traiciones de la memoria.

En el “El Romancero Deportivo” su modesto negocio en el callejón Portillito del barrio San José de Maracay recibe clientes y visitantes que comparten historias de la ciudad y de algunos episodios históricos relevantes. “Claro que conocí al general Gómez y puedo contar muchas cosas de él”, dice. No por casualidad, como locutor con el título número uno de la emisora “La Marconi” de San Jacinto le tocó la presentación en el encuentro del dictador con Carlos Gardel. Además del tango “Pobre Gallo Bataraz” dedicado a Gómez por su afición a las galleras, recuerda que también “El Zorzal del Plata” cantó el tango “Sus ojos se cerraron”, y que el pago se hizo en morocotas. Gómez habría ordenado a Tarazona traer dos bolsas llenas de monedas contantes y sonantes como recompensa por cada una de las interpretaciones. La sola mención de Tarazona le alborota la imaginación. ¿Cómo es el cuento del famoso tesoro enterrado que cabalga en el anecdotario histórico del venezolano?

Romerito asegura que Gómez habría enterrado 100 cajas repletas de morocotas en la hacienda “San Jacinto” donde hoy se ubica la instalación militar de “La Placera”. El relato marcaría con el tiempo la tragedia del obsecuente guardián del “Benemérito”. Alto, enérgico, de color oscuro, Tarazona se había sumado en Cúcuta a la invasión de “Los Sesenta” encabezada por Cipriano Castro en mayo de 1899. Cuando en diciembre de 1908 Gómez se alzó con el poder, Tarazona más que en un edecán se convirtió en su sombra. Dice Rafael Simón Jiménez en el libro “Historias que hicieron historias”: “es ordenanza, mandadero, depositario de secretos y guardián diurno y nocturno del zamarro y desconfiado Presidente, que lo convierte en su confidente y hombre de confianza”.

Juan Vicente Gómez y su guardián Tarazona

A la muerte del dictador, Tarazona se ve envuelto en la conspiración de Eustoquio Gómez, es preso y deportado a Colombia donde regresa a  las faenas agrícolas en Chinácota en el Norte de Santander. Seguramente nunca pensó que ya anciano habría de reaparecer en su vida la leyenda del tesoro de San Jacinto. Cuando Marcos Pérez Jiménez al frente de un grupo militar derroca a Gallegos en 1948 (a éste Romerito también lo conoció: serio, malencarado, de vez en cuando llegaba con un grupo de oficiales para tomar una o dos cervezas y mitigar el calor), Tarazona es visitado por tres agentes de la Seguridad Nacional que le garantizaron total protección si emprendía la búsqueda del milagroso entierro.

Hábil para descubrir las asechanzas y riesgos del poder y con olfato de sabueso, cayó sin embargo en una trampa. Trasladado a Caracas fue recluido en la cárcel del Obispo y sometido a maltratos para que aclarara el largo misterio de las monedas bajo tierra. Se cuenta que le aplicaron sesiones de hipnosis para tratar que en el trance de la inconciencia dijera la verdad. Solo, en el rincón inmundo de un calabozo inventaba historias y construía fábulas hasta que un día fue llevado a Maracay para precisar el lugar exacto del entierro.

“Entonces lo volví a ver, —dice Romerito— y era otro hombre, caminaba con dificultad, le temblaban los dedos” indicando los lugares donde habría sido sembrado el alijo de morocotas. Todo sería inútil porque en el sitio de la búsqueda se había construido el cuartel de San Jacinto. El indio misterioso y zamarro fue regresado a la prisión donde murió en la extrema pobreza el 28 de abril de 1951.

Gardel cobró con morocotas

“Usted no se imagina lo que era aquel hombre”. Romerito explica y cuenta que un día un grupo de amigos del general Gómez le organizaron una ternera aquí mismo, cuando esto era las “Vaqueras del Piñonal”. Gómez llegó y saludó a los presentes, y a los minutos apareció una señora con una enorme bandeja con ensaladas para el dictador. Éste agradeció el obsequio, pero no comía. Al tiempo pidió ir al baño, mientras en los alrededores del lugar se movían perros y gatos, Gómez tardaba en regresar y en un descuido un gato se subió a la mesa y comenzó a comer de la ensalada. Cuando el dictador volvió se produjo la sorpresa mayor: un gato envenenado caía muerto. Gómez ordenó: “¡Qué venga Tarazona!” y nadie se movió hasta que llegó el edecán con la guardia presidencial y colocó en fila a todos los invitados que se decían amigos del dictador y los condujo a prisión. Más de uno habría de morir seguramente en las mazmorras del Castillo Libertador.

Romerito podría contar muchas historias más de su carrera como boxeador que comenzó en los barrios maracayeros hasta obtener el campeonato nacional del peso pluma en tres oportunidades con el nombre de “Kid Romerito”. Hasta Sixto Escobar el boricua ídolo en aquel tiempo cedió a sus puños: “lo noqueé en el sexto round, pero en verdad mi maestro al que más admiré fue al gran Simón Chávez, “El Pollo de La Palmita”.

Romerito invita al interior de su negocio, donde colgados del techo como pendones se apiñan las páginas amarillentas de periódicos y revistas. Están sus hazañas deportivas, noticias sobre artistas famosos, ejemplares de viejos diarios y numerosos ejemplares de revistas extranjeras que forman una curiosa hemeroteca. Ese es su hábitat, allí permanece desde muy temprano de la mañana cuando se abren las puertas de “El Romancero Deportivo” para la tertulia entre café y empanadas, aunque nunca falta un vecino que saluda con un cerveza en la mano.

Esta mañana Romerito se levanta, hace movimientos como si estuviera en el centro del ring, sonríe y dice que ha establecido un largo combate contra la vejez. Es verdad, Romerito todavía tiene fuerza y entusiasmo para seguir desgranando la historia oral del gomecismo y los grandes y pequeños secretos de Maracay.

 
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