Transición en desarrollo

Argelia Rios

ARGELIA RÍOS
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 Algunos para asumir el control del país, si fuera necesario, y otros para un esquema de transición…

 

Nadie conoce las interioridades de las decisiones recién adoptadas. Existe, sin embargo, la certeza de que este 2012 se ha iniciado con cambios importantes en el campo del oficialismo. La dirección de ese giro es un enigma hasta para los rojos. El silencio allí es general: todos prefieren esperar antes de formular valoraciones concluyentes. A primera vista, resalta un reposicionamiento de los factores que hacen vida dentro de la revolución, en donde se está produciendo un forcejeo propio de las transiciones progresivas. El protagonismo militar -representado por Rangel Silva y Diosdado Cabello- es elocuente, aunque el presidente Chávez haya consumido meses, desde que se conociera su enfermedad, en intentar armar un juego dominado por los segmentos civiles del “proceso”.

Los hechos hablan por sí solos. Los nombramientos en el Ministerio de la Defensa y en la Asamblea contradicen de palmo a palmo el norte que llevaban los esfuerzos del Comandante, quien -en la apurada búsqueda de un sucesor- había puesto sus ojos en las figuras que, todavía hoy, conducen la vicepresidencia y la cancillería venezolana. Los motivos íntimos de este reajuste constituyen una interrogante. Si Chávez deseaba -como parecía- que Jaua y Maduro encarnaran el liderazgo futuro de la revolución, es cuando menos extraño que este par de delfines se vea ahora opacado por la potencia de las dos figuras militares que más cotilleo generan dentro y fuera de los cuarteles.

Si se juzgan estas designaciones a partir de las acciones anteriores del Presidente, cualquiera podría decir que Chávez ha cambiado de opinión al decantarse finalmente por una transición conducida por la cúpula militar. Sin embargo, nadie en este momento está en condiciones de negar alguna presión ejercida sobre el mandatario, para obligarle a beneficiar ahora al segmento cuya estampa, en sí misma, transforma por completo las expectativas del país político, incluyendo a la mayoría civil del chavismo, en relación con lo que sobrevendría en Venezuela “después de Chávez”.

Sólo Chávez -y los cubanos- saben a ciencia cierta lo ocurrido en este interregno. El asunto ha quedado bajo las alfombras del “proceso”, en donde están ocultas también las aspiraciones, muy activas, de otros cuatro grupos de la revolución. Sus jefes, todos, se sienten aprestados: algunos para asumir el control del país, si Chávez dejara de estar en condiciones, y otros para contribuir a la construcción de un esquema de transición dominado por la política y no por las bayonetas. Las contradicciones están en pleno desarrollo: nadie se da por vencido, como lo advierten, desde dentro de la revolución, aquellos para quienes Rangel y Cabello representan en realidad, y pese a las apariencias, a la fracción “más débil” del “proceso”.

 

 

 

 
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