EL PAÍS DE LA PASTORA

Tulio Hernández


TULIO HERNÁNDEZ
hernandezmontenegro@cantv.net  

Todo lo que había escuchado y leído sobre la procesión de la Divina Pastora pude corroborarlo el pasado sábado 14 de enero, cuando en horas del mediodía, al final de la cuesta que une la población de Santa Rosa con Barquisimeto, se comenzó a divisar la imagen que se acercaba lentamente, como levitando, sobre la abigarrada multitud que la acompañaba.

Lo que comenzó a ocurrir entre los centenares de personas que desde hacía horas aguardábamos su paso fue una conmoción. Habría que agregar que una dulce y serena conmoción. Algunas personas lloraban. Otras aplaudían entusiastas. Las madres levantaban a sus bebés moviéndoles las manitos en señal de saludo. Jóvenes parejas se abrazaban largamente envueltos por un efluvio de armonía que todo lo impregnaba. Mientras a nuestras espaldas, en una de las tantas tarimas colocadas a lo largo del recorrido, un grupo interpretaba y bailaba con inocultable dejo tropical sevillanas rocieras en ofrenda a la Virgen que llegó.

Para ese momento hacía más de hora y media que los seis canales de la avenida eran atravesados por un incesante río de personas que, cuentan quienes se quedaron en el lugar hasta el final, continuó por dos horas más, repleto de gentes dispuestas en su mayoría a hacer un recorrido que concluye cuando ya la noche ha caído, siete kilómetros más adelante, en la catedral de la ciudad.

Hay muchas cosas que impresionan en esta procesión.

La primera es el sereno y respetuoso comportamiento de una multitud que algunos, los más prudentes, calculan en cerca de 2 millones de personas. En un país donde hemos terminado por resignarnos amargamente ante la polarización y el odio político, la violencia gratuita, los actos de masas con la población uniformada y el comportamiento ruidoso y jactancioso como carnet de identidad, presenciar a miles y miles de venezolanos caminando juntos, serenamente, en un acto religioso, sin alcohol, cada quien vestido con el color de su agrado, despojados plenamente de la pertenencia política y de la clase social, apoyándose y respetándose mutuamente, es algo que genera, por lo menos, optimismo.

La segunda, es el carácter festivo de la procesión. No hay en esta manifestación nada, o muy poco, de la tendencia a la autoflagelación, el sufrimiento y la pena que marca un cierto tipo de catolicismo. Pero tampoco la tentación venezolana de convertir actos religiosos en pretexto de celebración fiestera. Todo lo contrario. Es ésta una manifestación llena de luz, de alegría serena y de música. De mucha música. A lo largo del trayecto se van escuchando las ofrendas de tamunangueros, golperos, mariachis, grupos corales, orquestas sinfónicas, conjuntos de gaitas y, el orgullo local, la Pequeña Mavare, una orquesta con más de un siglo de existencia cuyo encuentro con la Virgen es un momento clímax.

Pero la procesión es sólo la punta del iceberg. Presumo que lo que hace tan particular este acto es el peso de lo local, de lo larense y lo barquisimetano, en torno a este culto iniciado en el siglo XIX que ha ido concentrando una particular forma de celebración de la memoria regional.

La visita es su signo. La Divina Pastora no es de Barquisimeto. Es de Santa Rosa. Ese día, el 14 de enero, viene de visita. La de este año fue la número 156. Y con ella vienen, también de visita, millares de personas de otros lugares, y de larenses que ya no viven en su región natal. Entonces la ciudad abre sus puertas y se convierte en una gran anfitriona, una inmensa sala de recepción y un gran abrazo de bienvenida para recibir a un mismo tiempo, con todas sus galas y su cariño, a la Pastora y a quienes vienen a acompañarla. Y así se produce una triple celebración. La religiosa, la de la Virgen venerada.

La regional, la de la condición larense. Y la de uno de sus rasgos más valorados, la gentileza y el gusto en recibir a los visitantes.

Manuel Caballero, historiador y larense, confesaba pícaramente que no creía en Dios pero sí en la Divina Pastora.

Ahora entiendo por qué. El país multicolor que camina el 14 de enero junto a ella es el que los demócratas quisiéramos que reinara todo el año.

 
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