Un crimen en común

Manuel Felipe Sierra

Fábula Cotidiana
Manuel Felipe Sierra
manuelfsierra@yahoo.com 
Twitter: @manuelfsierra 

 

 

            Aquella mañana del 4 febrero de 1992, cuando  Hugo Chávez admitió en televisión el fracaso de la asonada golpista, estaba lejos de imaginarse que sólo seis años después lograría sus objetivos mediante el voto  de los venezolanos. ¿Que ocurrió para que un militar desconocido, que descollaba por su histrionismo en las veladas cuartelarias, pudiera en tan corto tiempo (prisión incluida), acaudillar un movimiento  que lo llevara al poder mediante las reglas democráticas, para luego en el ejercicio de éste, pulverizarlas en función de un proyecto  distinto? ¿No había sido hasta entonces la democracia venezolana un ejemplo de madurez y de cultura política a lo largo de cuatro décadas? Caso además relevante si se toma en cuenta que en esa época el mapa del continente era poblado por feroces dictaduras.

 

            El 4-F no fue sólo una insurgencia derrotada que expresaba un malestar en los niveles intermedios de la estructura castrense ni tampoco la reacción tardía de trasnochados conspiradores izquierdistas. Era y fue mucho más que todo ello: la aventura de los llamados “comacates”, encabezados por Chávez (que habían jurado un compromiso bolivariano ante el Samán de Güere en Aragua) tuvo el efecto del preinfarto en los humanos. Una primera señal de una dolencia mucho más grave que de no ser atendida a tiempo, normalmente conduce a la muerte. El famoso “por ahora” de Chávez (dicho  para convencer a su compañero Jesús Urdaneta Hernández que depusiera las armas en Maracay) significó sin embargo un certero diagnóstico sobre la salud ya aquejada del modelo político dominante. El Pacto de Puntofijo que inauguró la democracia en el gobierno de Betancourt en 1959, había desembocado luego en la alianza bipartidista AD-Copei llamada “La Guanábana”, y daba señales irreversibles de su agotamiento. De esta manera, la intentona golpista que fracasó, no obstante abrió el camino a un conjunto de eventos, situaciones y episodios que facilitarían finalmente el verdadero propósito del jefe golpista: tomar el poder para perpetuarse enfermizamente en él.

 

            El 27 de noviembre de 1992 se produjo una nueva acción insurreccional encabezada por oficiales de alto rango, pero estimulada por los efectos desatados el 4-F. La posibilidad de una conspiración victoriosa (que parecía negada por la historia) cobraba fuerza en sectores descontentos y opositores intransigentes del gobierno de Carlos Andrés Pérez. A comienzos de 1993 se formalizó una acusación contra el mandatario por el manejo de 250 millones de bolívares para ayudar a la reconstrucción democrática de Nicaragua. Lo que en otro contexto no hubiera pasado de una nueva denuncia de presunta corrupción, se convertía ahora en un elemento de rápida combustión política. En agosto de ese año Pérez debió renunciar a la presidencia como producto de otro golpe, pero ahora pacífico y constitucional. ¿Sin el 4-F hubiera procedido de esa manera la defenestración del mandatario?

 

            Durante veinte años se ha investigado y escrito con interés sobre este proceso que todavía ofrece suficiente espacio para la indagación y la interpretación histórica. Manuel Malaver, periodista, analista político reconocido por su lucidez, y testigo privilegiado del acontecer político venezolano, presenta en estos días “El 4 de Febrero: el día más largo”, en la colección de libros de el diario El Nacional. Un ensayo de exploración sociológica sobre los antecedentes, el desarrollo de la asonada, sus consecuencias inmediatas y posteriores, lo cual condujo al desplome en cámara lenta de una clase dirigente desprevenida, seducida por la fortuna petrolera y víctima del espejismo de la “videocracia”. Sin renunciar a la crónica y al registro anecdótico Malaver insiste en las razones por las cuáles los partidos y sus lideres históricos; las élites económicas y sociales; los medios de comunicación y los círculos intelectuales más influyentes no advirtieron a tiempo que cavaban la fosa del sistema democrático y que creaban de esta manera las condiciones para la emergencia del chavismo, una curiosa forma de anacronismo caudillista, a contracorriente  de la modernidad del siglo XXI.

 

            Culpables de acelerar la caída los hubo; responsables de servir la bandeja de plata a los nuevos beneficiarios de un poder omnímodo también los hubo. Malaver no omite lo juicios críticos ni elude valoraciones que puedan resultar incómodas, pero al final tiende a imponerse la verdad conformista de Antonin Artaud: “La sociedad es un crimen cometido en común”.

 

            En el esclarecedor texto de Malaver también se aportan las claves para entender el fenómeno del “chavismo”, que a lo largo de 13 años ha construido un modelo de inequívoca orientación totalitaria; sus orígenes; su verdaderos objetivos; su vigencia en algún momento y su inviabilidad en el complejo marco histórico de estos tiempos. En el libro “El 4 de Febrero: el día más largo” se da cuenta de hechos y situaciones registradas durante las dos últimas décadas; lo cual sirve para que el autor demuestre sin ninguna duda que en veinte años por lo general, ocurren más cosas que las que suele repetir el tango de Gardel.

 
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