Mito con ciencia

Faitha Nahmens

 

Faitha Nahmens

            Luz esplendente es la vida y obra de Humberto Fernández-Morán. Su pasión por el saber lo encumbra como científico, no sólo por los aportes y descubrimientos que llevan su rúbrica sino por los cargos de envergadura que desempeña. También, sin embargo, bailan en torno de su perfil sombras chinescas, que recuerdan su talante rígido y obsesivo, y su poco desdén por botas y dictadores. En cualquier caso, una exposición que lo descubre está ahora mismo en el Ivic. Ver para creer y asombrarse.

 

 

Humberto Fernández Morán

           Efigie dorada en los altares patrios, pontífice premiado en los remotos templos del saber, el llamado Brujo de Pipe, para algunos endiosado de más, para otros, nunca tan reverenciado como merece -no pocos creen que el Nobel debió coronar su enjundiosa trayectoria-, es, en cualquier caso, un personaje absolutamente vivo. Su deceso, ocurrido en Estocolmo el 17 de marzo de 1999 luce hoy como una lamentable circunstancia de la que se ha librado con astucia, gracias a los afanes de su bien amoblada sesera. Como en aquella fecha, cuando los fanáticos del régimen lo tildaron de “eterna víctima de la escuálida democracia”, ahora, doce años después -y con el mismo régimen- se discute de nuevo lo que hizo o dejó de hacer el celebérrimo científico, y se reabre, en medio de la más absoluta polarización, la diatriba sobre su devenir de eterna doble lectura: una leyenda dorada, bien granjeada, qué duda cabe, y otra negra, aún por asimilar; ambas, eso sí, apenas divididas con escalpelo, o mejor, por uno de sus más famosos inventos, el bisturí de diamante. Con el arribo al país de un tesoro extraordinario, 42 maletas con sus bártulos, ahora mismo convertidas en una sorprendente exposición que tiene lugar en el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, Ivic, el científico Humberto Avelino Fernández-Morán Villalobos, de alguna manera, regresa a la patria. Y, claro, armando jaleo.

 

           En efecto, conserva intacta, en la maniquea escena vernácula actual de idolatrías versus respingos, su rol protagónico: por un lado se elevan las voces incondicionales de quienes mantienen el embeleso ante el brillo de su trayectoria; y por otro, aguan la fiesta quienes señalan con el dedo las polémicas aristas de su perfil. Inquieto e inquietante, tan creativo como productivo, este médico, biofísico, citobiólogo, neurólogo e innovador de las técnicas de microscopía electrónica -el mejor microscopista del país-, cuyo legado -un enjundioso compendio de conquistas que quitan el hipo- lo compone un rimero de extraordinarios aportes en el campo de la neurociencia, la bioquímica, la citobiología, la criobiología, la endocrinología, la física de bajas temperaturas, la genética, la neurofisiología, la ultraestructura celular, la virología y otras disciplinas indispensables para el desarrollo de la medicina moderna -aquí respirar-, reaparece en el ruedo para exhibir, junto al infinito currículo -el que debería escribirse con signos de admiración y con un vaso de agua al lado-, su talante minucioso hasta la manía, su carácter autoritario y egocéntrico, y sus inclinaciones políticas ubicadas en el cuestionable extremo.          

 

Inmortal, nadie podría negarlo, su caso jamás cerrado es ahora mismo, u otra vez, objeto de culto y estudio, tópico de artículos de opinión y tema de biografías. Parece que no atinó en su vaticinio la veterana periodista Rosana Ordóñez cuando en 1999, desde la oficina de prensa del Ivic, dijo que, “por fin, Fernández Morán le ganó la batalla a la opinión pública”. No, no abandona la palestra pero detenta aun un perfil no precisamente delineado. Paradójico. Porque él todo lo calculaba con sentido milimétrico. Para muestra un botón: tras la pista de grandes verdades, con un microscopio sin distorsión -gracias al método de congelamiento de lentes que inventó-, se empeñaría en restringir su campo visual ¡dos millones de veces! hasta ver lo imposible. La percepción que se tiene de él depende del cristal a través del cual lo ve cada bando. Es así como todavía fruncen el ceño algunos -¿y  tendría que tomarse esto como gesto mezquino?-, cuando colegas suyos, políticos y analistas intentan explicarse sus juntas con el poderoso de prácticas acérrimas, léase Marcos Evangelista Pérez Jiménez, e intentan deducir la orientación ideológica dando por cierta la probable influencia del entorno donde estudió y luego con quién trabajó, aquí y en Alemania, ay.

 

           Su hermano menor, Tito Fernández Villalobos, vivo aún, dijo a la revista Exceso en 1999, luego de su muerte, que en él pudieron congeniar su talante prusiano y la típica disciplina del teutón; la verdad, no le hizo nunca ascos el predominio militar, o el estilo predominante del militar. El exitoso workaholic tuvo siempre, amén de talento, talante intransigente, como dijeran sus pares con ejemplos a propósito. En el Instituto Venezolano de Neurocirugía e Investigaciones Científicas, Invic, el instituto que creó -y devino Ivic- nadie podía desayunar luego de las 7 y 45, tampoco salir luego de las 5 de la tarde cuando se cerraba el portón, y menos ausentarse para ir al dentista. Ningún científico podía acercarse a su microscopio y las mujeres no debían usar tacones. Muchos decían que no los consideraban científicos sino soldados. En un país de vocación democrática y que a la vez no tendría -o tiene- bien claros los límites entre el rigor de la norma y la patanería, pues quién sabe.

 

UNA CARRERA ESPACIAL

 

Fernández-Morán fue pionero de la microscopía electrónica en Venezuela.

            Nacido el 18 de febrero de 1924 en el hospital Chiquinquirá de Maracaibo, este zuliano febril pronto cambiará de nombre: el apellido de la madre, Villalobos, quedará de tercero en su identidad, luego que asume los dos apellidos paternos como propios; la influencia de Luis Fernández Morán al parecer será avasallante. Guapísimo, y desde imberbe exitoso entre las niñas, no le rehuiría a una pelea callejera -“era medio gallito”, diría Tito Fernández-, y luego como disciplina, practicaría boxeo en la Alemania para caerse a puños con la nostalgia. Tan irreductible, acaso incompetente para trajinar con las emociones más sutiles, desdeñaría, ya casado, hablar con su propia madre y dejaría a cargo a su esposa, la sueca Anna Browallius con quien mantuvo una relación matrimonial sin grietas, “feliz”, al decir de la sobrina María Elena Fernández Morán; Tito Fernández, añadiría que su cuñada “fue una santa que lidió con paciencia con sus etapas de ostracismo, aquellas en las que se volvía taciturno y no comía”. Ana, por cierto, lamentaría que su sabio esposo quisiera tener siempre a las hijas Brígida Elena y Verónica estudiando lejos: si ellos vivían en Estados Unidos, ellas estaban en Europa, y si ellos se mudaban a Europa, él las enviaba a Estados Unidos. Era un cabeza dura con cerebro prodigioso. “Humberto, por favor, déjalas aquí”. Y el que nones. 

 

De ideas fijas y tan enfocado -viril o, para quienes se arriesgan en honduras, esquizotímico, como habrían sido Goethe y Humboldt- llamará la atención su precoz afán de conocimiento, así como su capacidad para absorber información -“memorizaba ecuaciones larguísimas y podía silbar completa una sinfonía de Mozart”-, y su enorme facilidad para aprender idiomas. Fernández-Morán hablaba perfectamente, además del castellano, inglés, alemán, alemán medieval, francés, sueco -lo habría aprendido en 6 semanas-, noruego y danés. Entendía húngaro, italiano, holandés, latín y griego. Y parloteaba mandarín y sánscrito. Prodigio a todas luces, obtendrá las mejores calificaciones durante la primaria y parte del bachillerato en The Witt Junior School, en Nueva York, donde vivirá desde los 6, luego de un desplante que Gómez, el dictador de entonces, le hiciera a su padre, prefecto de Cabimas -con las dictaduras nunca se sabe-; la familia no regresaría a Venezuela hasta 1936, cuando muere el Bagre. Al llegar, estudiará en el Colegio Alemán, el más reputado.

 

            Por decisión de Luis Fernández Morán -tallaría al hijo con esmero-, el chico que experimentaba con cucarachas -les propinaba corrientazos eléctricos con los que las dejaba turulatas y a la vez las revivía-, y no dejaba nunca de leer -la madre le apagaba la luz de la habitación para que durmiera y él prendía una linterna bajo las sábanas para seguir bebiendo de las enciclopedias- dará un salto gigante en su vida, uno que lo depositará en la Meca: el liceo Schulgemeinde Wichersdorf de Saalfeld, en Baviera. Como se esperaba de él, culmina la secundaria con excelentes notas y siendo un imberbe: a los 15, y, aunque se sentía muy solo -“pero gracias al apoyo tenaz de papá resistirá la distancia, y ello le templará más el carácter”, asienta Tito Fernández- se quedará allá hasta estudiar en la Universidad de Munich y recibirse de médico.

 

No sorprende el dato: se gradúa Summa Cum Laude de Medicina al frisar los 20, en 1944, en la Alemania ya hitleriana. El desolado acto académico se celebraría bajo las el clamor de muerte y ruina de las bombas. Sin embargo, un rector cariacontecido no puede dejar de felicitar al mejor alumno de la camada: él. “Cabe suponer que en los textos que estudió estaría más que insinuado el racismo, la descalificación de los judíos, la raza de flojos”, deduce el ex director del Museo de Ciencias, Sergio Antillano, curador de la muestra que se exhibe ahora mismo en el Ivic. “Y asombra que no haya palabras suyas en contra del régimen en los tantos apuntes suyos esculcados y traducidos; no dice nada al respecto, nada”, confía. “Aunque encontramos una frase peculiar que escribe tras su encuentro con Albert Einstein en Estados Unidos”, acota: “Luego de conocer a Einstein puede uno tener cariño por los judíos”.

 

Hombre de alto vuelo, regresa a la patria para dar inicio a lo que será una carrera descollante que arranca aquí; y aún no termina. Como no había alcanzado la mayoría de edad, tuvo que esperar para ejercer; hará cursos y redactará proyectos hasta el día en que presenta el examen de reválida del título, el mejor de todos los tiempos: su prueba se convirtió en leyenda en la Universidad Central de Venezuela. Vía hacia el cénit se estrena en el Hospital Psiquiátrico de Maracaibo donde realiza las primeras 25 lobotomías que se realizan en el país, que según otras lumbreras de la ciencia local, hoy se consideran como un procedimiento “bárbaro”. Igual que la polémica, los aplausos no cesarán de perseguirlo.

 
  

A los 20 años se gradúa de médico Summa Cum Laude y extiende sus conocimientos en el área de Microscopía Electrónica, Física, especializándose en Necrología y Neuropatología en los Estados Unidos

          Fascinado con el cerebro, ese órgano que, según soñaba, “debería un día conectarse con una computadora” y con la idea entre ceja y ceja de desentrañarlo y acaso conducirlo, no sólo el suyo que tan bien alimentaba, realiza un internado en neurología y neuropatología en la Universidad George Washington (desde 1945 y hasta 1946) y luego (hasta 1948) hace residencia en la clínica de neurocirugía de Estocolmo, en el Hospital Serafimer. Afectado por las muertes causadas por los tumores malignos, se orienta hacia la investigación sobre cómo se organizan las células tumorales. Trabaja como investigador con el profesor Manne Siegbahn (Premio Nobel de Física 1924) en los laboratorios de microscopía electrónica del Instituto Nobel de Física que él dirigía y, por si fuera poco, se las amañará para integrarse al equipo del Instituto de Investigación Celular y Genética del Karolinska Institutet. Así, en 1951 recibió una maestría en biología celular y el año siguiente su doctorado en biofísica de la Universidad de Estocolmo, Eureka. Es entonces cuando inventa el bisturí de diamante, apero empleado mundialmente para cortes ultrafinos de tejidos biológicos, en la producción de lentes ópticos de alta precisión y como escalpelo en microcirugía; asimismo será útil herramienta a la hora de analizar !las muestras lunares traídas a la Tierra por los astronautas. Por ello obtiene la primera de más de una docena de patentes, y, en 1967, el premio John Scott, otorgado también a Jonas Salk por la vacuna antipoliomielítica; a Marie Curie, por el descubrimiento del Radio; a Thomas Edison, por la lámpara incandescente; y a Alexander Fleming, por el descubrimiento de la penicilina. Grupo de lujo con el que se retrata.

 

EL IDEAL

 

            Regresa al país en 1954 con ideas fantásticas con las que seduce al dictador. La historia no suele absolver a los que, en nombre de sus sueños, aun los más promisorios, hayan cometido, desde el convencimiento más tieso e imponiéndose a la fuerza, crímenes contra la humanidad. Fernández-Morán no pareció tener nunca esa   percepción de Pérez Jiménez y, como visionario de postín, asume el riesgo de acompañarlo, acaso en nombre de los avances que anhela para la patria. Convocado para que otorgue brillo al Nuevo Ideal Nacional y colabore con el desarrollo del país que tenía -y tiene- con qué, se incorpora al proyecto. Además de que representa a Venezuela, o al régimen, en eventos diplomáticos, y con la confianza del general golpista, el que confiscaría para sí las elecciones del 2 de diciembre de 1952 y demás libertades, asume el sueño de ubicar a toda costa y en un lugar estratégico de la geopolítica poco ecológica de entonces, a la Venezuela pujante. Es así como se dispone a construir un reactor nuclear.

Fernández-Morán fue el fundador del Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC) y fue Ministro de Educación al final del gobierno de Marcos Pérez Jiménez

 

 
            Recibe 50 millones de dólares para tales fines, recursos que le otorga sin rémoras el gobernante per sé reconocido por su legado de concreto armado -y armado estaba- y sin considerar que la Universidad Central de Venezuela -a la que intervino en su momento-, había solicitado, desde mucho antes, dinero para levantar un centro de investigaciones científicas. Luego de escoger los Altos de Pipe como territorio ideal para levantar el Instituto Venezolano de Investigaciones Neurológicas y Cerebrales (IVNIC), Fernández-Morán se hace cargo del ente gubernamental, cuya construcción comienza de inmediato. En 7 meses se hace la carretera principal y los servicios básicos del Instituto, y al año siguiente, el 2 de Diciembre de 1955 -todo lo hacía Pérez Jiménez un dos de diciembre- se inauguraron los laboratorios de ultraestructura de nervio (con instalaciones de microscopía electrónica en pleno funcionamiento), la unidad de neurofisiología (incluyendo la unidad de cuchillas de diamante que, por cierto, se distribuían sin costo alguno a laboratorios del mundo), la biblioteca y las residencias para el personal y visitantes. Estaría contento, se movía a caballo, cual hacendado en sus previos, impartiendo instrucciones.       

 

El 13 de enero de 1958 Fernández-Morán, sin embargo, cambia de rutina y acepta el cargo de Ministro de Educación, que desempeñará por 10 días: hasta el célebre 23 de enero de 1958; vale decir que fue el único burócrata que no huyó, como hiciera aquel que se instaló en España en el lujoso búnker madrileño que compraron los Beckham a su muerte. Y el 14 de febrero, entregó el IVNIC a Marcel Roche. “El haber pasado por este valle de lágrimas no me ha dejado confuso y desamparado pues intuyo límites incandescentes donde otros ven barreras”, habría dicho.

 

BOTO TIERRITA 

 

           Se va de Venezuela, Fernández-Morán, a los Estados Unidos, para trabajar -lo que siempre hizo y seguiría haciendo sin parar- en el Massachusetts General Hospital de Boston, y en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). Luego asume el cargo de profesor de Biofísica en la Universidad de Chicago, donde luego es designado Director de la División de Ciencias Biológicas. También será profesor en Harvard y luego, en Suecia: en la Universidad de Estocolmo, en la Real Academia y en el Instituto Nóbel de Investigaciones Celulares y Genética. No volverá a vivir en el país aunque mantiene contacto con Venezuela; y resentirá, al parecer, que ningún presidente le encomiende proyecto alguno, “por el contrario, hicieron caso omiso a su propuesta de armar el remedo del instituto tecnológico de Massachusetts en el Humboldt”, diría a Exceso el hace ya rato desaparecido del mapa Hernán Grüber Odreman, quien fungiera de attaché del científico en sus visitas al terruño, exhibiendo el autógrafo de Fernández-Morán tallado con el bisturí de diamante en su reloj de pulsera. “No fuimos generosos con él, es imperdonable que no nos hayamos esforzado por apuntalar su candidatura al Nobel”.

 

            Sergio Antillano sonríe: “Si no lo ganó no sería por desidia nuestra, por lo demás, tengo entendido que siempre se le renovó el pasaporte diplomático, eso no es precisamente un desaire”, intenta poner los hechos en frío. “Sí, se lo renovaban con rémora, para causarle incomodidad”, interpretaría en cambio Grüber quien, en 1999, presidió una comisión sólo de políticos orientada a resarcir, si hiciera falta, el buen nombre del científico que siempre se hospedó en la Viñeta. Entonces, ardió Troya. En las honras que se hicieron por su muerte, se dijo que “…el Ivic ya no es como antes, sólo tiene un reactor nuclear abandonado”, pese a que siempre ha estado funcionando, contra viento y marea, en un terreno que creció 70 por ciento desde su creación. No tiene ciencia la añosa inquina cívico militar.

 

            Y hasta el sol de hoy persiste el toma y daca en torno del caballero que recibió la Orden del Libertador, la Orden Francisco de Miranda, el Grado de Comendador, la Orden doctor Enrique Tejera París, la Orden y Título de Caballero de la Estrella Polar conferida por el rey de Suecia, la medalla Claude Bernard de la Universidad de Montreal, el Honoris Causa de la Universidad de Milton, el Premio Médico del Año, otorgado en Cambridge, y quien recibiera un Reconocimiento Especial otorgado por la NASA, fuera nombrado profesor honorario de la Universidad del Zulia y ocupara el Sillón XXVI de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela. “Si hubiera sido alguien execrado no hubieran designado en su honor el Departamento de Biología Estructural Humberto Fernández-Morán, creado en 1997 por el IVIC”, añade Antillano. “Creo que la madurez es dejar de lado todo fanatismo, ver la realidad sin distorsión, no tenemos que exagerar o alimentar mitos, acaso es ahora cuando vamos a comenzar a conocerlo”.

 

HASTA LA VISTA

 

            Herramientas varias e instrumentos de su autoría como el famoso bisturí de diamante; dos microscopios ópticos, equipos fotográficos, y lupas; objetos personales -afeitadoras y un lápiz roto- y más de tres mil cartas, incluyendo las de amor; millares de libretas de anotaciones escritas de su puño y letra en castellano, inglés y alemán, según el contenido, si revelaciones en tono confesional, si memoriabilia o si fórmulas matemáticas; seis mil diapositivas, unas siete mil fotos en papel, varios cientos de libros, entre ellos, unos 200 que acaso deberían estar en la sección de libros raros de la Biblioteca Nacional, por su condición de incunables, y documentos científicos y revistas especializadas; unas cinco mil cuartillas en las que plasmaría sus teorías, y condecoraciones y títulos académicos componen buena parte -buenísima- del fantástico inventario de su devenir, el cual, tras ser debidamente seleccionado y rotulado -también se digitalizó la cosecha de este acopio en un disco compacto que será obligación poseer- estará a la vista de ojos curiosos y pelados hasta mayo de 2012, cuando culmina la exposición La obsesión por lo invisible, un compendio exquisito que retrata a este hombre sesudo, que tuvo la precaución de embalar su vida hasta que lo sorprendió la muerte; mentira, la veía venir.

 

La viuda pensó que todo aquello debía ser dado a conocer. Fue así como, desde Estocolmo, la residencia última de Fernández-Morán, contactó a la gente del IVIC para acordar la entrega del valioso recuadro. Una delegación viajó a Suecia en 2009, y desde entonces se dio a la tarea de ordenar aquello que tan cuidadosamente había sido empacado por él mismo, se supone, que luego de saber el diagnóstico: tres aneurismas, o lo que es lo mismo, tres coágulos o bombas de tiempo en lugares imposibles de su privilegiado cerebro. Dicen quienes lo toman por infalible que si él hubiera sido el neurocirujano a cargo hubiera hecho un exitoso intento quirúrgico. Se salvó cuando le sobrevino el primer accidente cerebrovascular pero no soportó el segundo; ya para entonces tenía casi todo bajo plástico y tirro. “Encontramos objetos impensados y muchas revelaciones”, consigna Sergio Antillano, persuadido de lo que ha tenido entre manos, y no sale fácilmente de su cabeza, es oro, por lo que promete un libro que ya comenzó a escribir. “Descubrimos todo aquello que conmovió al hombre que vivió desde la razón y algunas evidencian de que no siempre la tuvo…”.

 

            Vida maravillosa y en blanco y negro la de Humberto Fernández-Morán que podía hablar largo y tendido sobre Heráclito de Éfeso o escribir de un tirón un ensayo sobre Antonio Ramos Sucre. Que por afinidad o tragando grueso -como también muchos ahora del arte y la cultura- danzaría en la cuerda floja de la política de carné. Cuya historia tiene páginas memorables, otras no del todo claras, y no pocas por escribirse. La del genio de mal genio que luego de la muerte de su padre, nunca se quitó la corbata negra.

 

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2 Comentarios

  1. efrain felipe said:

    magnìfico artìculo, desde carabobo tierras de libertad

  2. Jesmarys said:

    Wow, interesante artículo! Leyendo e investigando para un trabajo de mi hijo quien está en 5to grado he quedado maravillada con tan magnifica historia.

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